“LA UNIÓN
ENTRE LAS LETRAS, LA RELIGIÓN Y LA CABALLERÍA”
Cuando
hablamos de Lope de Vega hemos de trasladarnos al teatro del Siglo de Oro y ser
conscientes de su inmensa producción literaria que alcanzó más de mil quinientas
comedias, centenares de autos sacramentales, novelas, epopeyas, romances y miles
de sonetos.
Nacido en
Madrid el 25 de noviembre de 1562 en el seno de una familia hidalga modesta
pero no pobre, su tío abuelo Miguel de Carpio fue Inquisidor de Sevilla, Lope Félix
de Vega y Carpio creció durante los años de la monarquía de Felipe II que fue
una época en la que el honor constituía el principal patrimonio de un hombre y
donde las órdenes militares conservaban el prestigio heredado de las Cruzadas.
En aquel ambiente profundamente religioso y caballeresco se formó el joven
Lope, cuya inteligencia deslumbró desde muy temprana edad. Las crónicas cuentan
que siendo apenas un niño escribía versos con sorprendente facilidad y dominaba
el latín antes de alcanzar la adolescencia. Estudió con los jesuitas en el
Colegio Imperial de Madrid y cursó estudios universitarios en la Universidad de
Alcalá, aunque nunca llegó a concluirlos.
Desde muy
joven frecuentó los círculos literarios madrileños donde su ingenio llamó la
atención de escritores y aristócratas, sin embargo Lope nunca fue un
intelectual encerrado entre libros. Como muchos hombres de su tiempo, quiso
experimentar la guerra y el servicio a la Corona por lo que en 1583 participó
en la expedición organizada por don Álvaro de Bazán para conquistar la isla
Terceira, en las Azores, y cinco años después formó parte de la Armada
Invencible enviada por Felipe II contra Inglaterra. Aquellas campañas
alimentaron su espíritu épico y dejaron una profunda huella en su producción
literaria.
Podríamos
afirmar sin temor a errar que las cuatro grandes pasiones de Lope fueron las
mujeres, la literatura, la patria y Dios y no necesariamente por ese orden. Su vida sentimental fue especialmente intensa.
Sufrió destierros por cuestiones amorosas, contrajo matrimonio en dos ocasiones
y mantuvo relaciones que escandalizaron a muchos de sus contemporáneos. Esa
mezcla de fervor religioso y pasión terrenal constituye una de las
características más humanas de Lope. Es por eso por lo que en sus versos
aparecen tanto la exaltación amorosa como el arrepentimiento, la gloria como el
dolor, el triunfo y la pérdida. Ningún escritor español reflejó con tanta
sinceridad las contradicciones del alma barroca.
Podría decirse que con Lope surgió el
teatro nacional español porque frente a las rígidas normas clásicas heredadas
de Aristóteles, defendió una nueva forma de escribir que respondía a los gustos
del público. Su famoso Arte nuevo
de hacer comedias revolucionó la escena al mezclar lo trágico y lo
cómico, alternar personajes nobles y populares y otorgar al honor un papel
central en los conflictos dramáticos. Obras como Fuenteovejuna, El
caballero de Olmedo, La
dama boba, Peribáñez
y el comendador de Ocaña o El
perro del hortelano siguen representándose cuatro siglos después,
prueba evidente de la extraordinaria vitalidad de su teatro.
Su
fama fue tan inmensa que incluso Miguel de Cervantes, con quien mantuvo una
relación entre la admiración y la rivalidad, primando los segundo, lo definió
como un “Monstruo de la Naturaleza”, expresión con la que pretendía describir
una capacidad creadora fuera de toda medida humana. Sin embargo, el apelativo
que terminaría identificándolo para siempre sería el de “Fénix de los
Ingenios”, símbolo perfecto de un hombre capaz de renacer continuamente
mediante nuevas obras y nuevos éxitos.
No obstante, existe un aspecto menos
conocido de su biografía que resulta especialmente interesante para comprender
la mentalidad de la España del siglo XVII: su vinculación con la Orden de Malta.
La Orden de San Juan de Jerusalén tenía sus orígenes en las Cruzadas
medievales. Nacida inicialmente para asistir a los peregrinos cristianos en
Tierra Santa, pronto se transformó en una poderosa orden militar dedicada a la
defensa de la Cristiandad. Tras la pérdida de Jerusalén se estableció
sucesivamente en Rodas y, desde 1530, en la isla de Malta, donde alcanzó enorme
prestigio por su resistencia frente al Imperio Otomano, especialmente durante
el célebre Gran Sitio de 1565.
Es
conocido por todos el que durante los siglos XVI y XVII, pertenecer a una orden
militar constituía una de las mayores distinciones que podía recibir un
caballero. Las órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa y San Juan
representaban no solo la nobleza, sino también la defensa de la fe católica y
el servicio a la Corona. La cruz blanca de ocho puntas de Malta simbolizaba las
ocho bienaventuranzas y las virtudes que debían adornar a un caballero
cristiano: lealtad, justicia, humildad, fortaleza, misericordia, sinceridad,
paciencia y caridad.
Fue en este contexto donde Lope de Vega
recibió el hábito de la Orden de San Juan en 1627, una merced honorífica que
incrementó notablemente su prestigio social; discutiéndose si para ello aportó
una probanza de nobleza por la rama paterna y se le eximió de aportar los otros
tres cuarteles preceptivos o si fue a instancias del papa Urbano VIII, que dio las
instrucciones pertinentes al Gran Mestre.
El reconocimiento no respondía únicamente a
sus méritos literarios, sino también a los servicios prestados a grandes
señores vinculados con la institución y al elevado concepto que la nobleza
tenía de su figura. Aunque no llegó a caballero profeso ni llevó la vida
militar propia de los miembros combatientes de la Orden, pudo lucir la cruz de
Malta como signo de honor y de pertenencia a una de las instituciones más
prestigiosas de la cristiandad.
La
concesión del hábito coincidía además con una etapa de profunda transformación
espiritual ya que en 1614 Lope había recibido las órdenes sacerdotales y dedicó
buena parte de sus últimos años a la literatura religiosa, sin abandonar por
ello completamente la creación teatral. Sus poemas místicos, sus autos
sacramentales y numerosas composiciones muestran a un hombre afanado en
reconciliar la intensidad de su pasado con una vida más orientada hacia Dios.
La cruz de Malta adquiría así un significado que iba mucho más allá del
reconocimiento nobiliario: representaba también el ideal del caballero
cristiano que servía a la fe mediante la palabra y el ejemplo.
No
deja de ser significativo que muchas de las virtudes defendidas por esta Orden
aparezcan constantemente en sus obras. El honor, la fidelidad, el sacrificio,
la justicia y la defensa de los más débiles constituyen algunos de los pilares
de su teatro. Incluso cuando los protagonistas pertenecen al pueblo llano, como
sucede en Fuenteovejuna,
obra en la que el autor le concede una dignidad moral comparable a la de los
grandes caballeros. Para Lope, la verdadera nobleza residía de igual manera en
las acciones que en el linaje.
Los últimos años de su existencia
estuvieron marcados por las desgracias familiares. La muerte de varios de sus
hijos, la pérdida de seres queridos y el dolor provocado por los infortunios
personales imprimieron a su obra un tono más reflexivo y espiritual. A pesar de
ello, nunca dejó de escribir; quizás la literatura fuera para él una forma de
comprender el mundo y de poder soportar el sufrimiento.
Un golpe certero a su ya maltrecha salud emocional
fue el propinado por su hija Antonia Clara, conocida como “Clarilis” la menor
de toda su descendencia y la alegría de su vejez, al fugarse del hogar paterno con
don Cristóbal Tenorio, caballero de la Orden de Santiago y protegido del
Conde-Duque de Olivares. Lope nunca se recuperó de este, muriendo un año
después.
Cuando
falleció en Madrid el 27 de agosto de 1635, la ciudad entera se volcó en la
despedida del hijo de un modesto bordador madrileño. Cronistas de la época
relatan que miles de personas acompañaron su cortejo fúnebre, conscientes de
que desaparecía uno de los mayores genios que había dado España. Su prestigio
trascendía ya las fronteras del reino y comenzaba a extenderse por toda Europa.
Cuatro
siglos después, la figura de Lope de Vega continúa siendo un símbolo de la
cultura española. Ningún otro escritor supo representar con tanta intensidad el
espíritu del Siglo de Oro, donde convivían el fervor religioso, la vocación
caballeresca, la pasión humana y el genio artístico.
El
“Fénix de los Ingenios” no solo revolucionó el teatro universal; también
encarnó un ideal profundamente español: el del hombre que une la pluma con el
honor, la fe con la creación y la palabra con el servicio. Su vinculación con
la Orden de Malta añade una dimensión histórica y simbólica a una vida
extraordinaria, recordándonos que, en la España barroca, la gloria literaria y
el ideal caballeresco podían marchar bajo una misma cruz.
