sábado, 30 de mayo de 2026

GOYA Y EL SANTO OFICIO

“LA FANTASÍA DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS”

Cuando Goya nació en 1746, la Inquisición española ya había perdido parte del poder que había ejercido durante los siglos XVI y XVII, y aun así su presencia seguía despertando temor y sumisión en la sociedad española.

El Santo Oficio no solo castigaba las herejías religiosas; actuaba también como una gigantesca maquinaria de vigilancia moral y psicológica. 

Perseguía libros, ideas, conversaciones privadas y comportamientos considerados escandalosos. Su poder residía tanto en la violencia física como en el miedo invisible que inoculaba al pueblo, que se veía incapaz de sobreponerse a un arbitrario fanatismo religioso que lo inundaba todo.

Nadie sabía exactamente quién podía denunciarle; bastaba una sospecha, una enemistad personal o una frase mal interpretada para caer bajo la mirada inquisitorial. El silencio, la simulación y la obediencia formaban parte de la vida cotidiana y Francisco de Goya creció observando ese turbio clima feroz y opresivo.

El pintor aragonés, aunque procedía de una familia humilde y provinciana, poseía una inteligencia extraordinariamente intuitiva y una fuerte sensibilidad para detectar la hipocresía y el sufrimiento ocultos bajo las apariencias sociales.

Desde muy joven comprendió que la España oficial estaba construida sobre una gigantesca contradicción que desgraciadamente siempre ha funcionado: mientras se proclamaban valores cristianos de caridad y virtud, la sociedad vivía dominada por el miedo, la miseria, la ignorancia y el abuso de poder.

A diferencia de otros pintores cortesanos nunca idealizó a quien retrataba, quizás porque conoció el fracaso y la precariedad antes de convertirse en el pintor de cámara de Carlos IV, y esos años moldearon su carácter y lo dotaron de una absoluta consciencia de la fragilidad y las debilidades humanas. El pintor trabajó para la corte española y alcanzó una posición privilegiada como retratista oficial de Carlos IV y de importantes miembros de la aristocracia. Sin embargo, al mismo tiempo mantuvo relación con numerosos intelectuales ilustrados que defendían reformas políticas y culturales.

Personajes como Jovellanos, Moratín o Cea Bermúdez formaban parte de un círculo intelectual que apostaba por una España más moderna y abierta a las ideas europeas. La influencia de estos ambientes ilustrados fue decisiva en la evolución del pensamiento de Goya, especialmente en su visión crítica de la ignorancia, la superstición y el fanatismo religioso.

Goya no era un ateo militante ni un revolucionario anticlerical en el sentido más estricto de la palabra, de hecho, trabajó para instituciones religiosas y realizó importantes pinturas de temática sacra; y quizás fuese ese esto lo que le permitió hacer una distinción clara entre espiritualidad y fanatismo. Lo que le horrorizaba no era la religión en sí misma, era la perversión del sentimiento religioso convertida en instrumento de dominación y terror. Y precisamente eso representaba para él la Inquisición.

El Santo Oficio desarrolló durante siglos un sistema de humillación pública profundamente cruel. Los autos de fe eran ceremonias destinadas no solo a castigar, sino también a destruir psicológicamente al acusado. Las víctimas eran exhibidas ante la multitud con sambenitos y capirotes, y convertidas en objetos de vergüenza colectiva. El castigo no terminaba con la condena física; también buscaba anular la dignidad del individuo y convertir su miedo en espectáculo social.

Las confesiones obtenidas bajo tortura, “someter a cuestión” lo llamaban, condenaban sin remedio a la víctima al más terrible de los calvarios y el pintor supo plasmar magistralmente en su obra la dimensión profundamente perversa de ese mecanismo de perversión.

Esa capacidad de plasmación aparece de forma brutal en sus obras dedicadas a los procesos inquisitoriales. En Auto de fe de la Inquisición, no retrata héroes ni mártires gloriosos, retrata seres humanos derrotados, aterrorizados, humillados públicamente mientras una multitud contempla la escena con indiferencia o morbo. Lo verdaderamente perturbador de la obra no es el sufrimiento de las víctimas, es la normalidad con que el horror es aceptado por quienes lo observan.

Posteriormente, en 1799, el pintor aragonés pinta ochenta grabados bajo el nombre de “Los Caprichos”, en los que hace una crítica atroz a múltiples aspectos de la sociedad española del momento como la ignorancia y la superstición, y de manera indirecta a instituciones como la Inquisición o la Iglesia  a través de una sátira de sus vicios y abusos. El resultado fue el esperado; el inicio de un proceso por parte del Santo Oficio, se conserva en Toledo el expediente Inquisitorial datado en 1803, que le llevó a tener que regalar las ochenta placas de cobre de los grabados al rey para poder librarse de ser condenado. A cambio de esta generosa cesión a la Corona pidió una pensión para su hijo, que obtuvo.

Pero los problemas con el Tribunal de la Fe no acabaron aquí, Goya unos años atrás había recibido un encargo privado de Manuel Godoy, el poderoso y mujeriego primer ministro de Carlos IV, y para él pinto “La Maja Desnuda”.  Godoy tenía la obra colgada en una habitación reservada para estos “menesteres”, junto a otras piezas como “La Venus del espejo” de Velázquez y un par de desnudos de Tiziano. Se llegó a decir que “La maja vestida” se pintó años después, y como pareja de “La maja desnuda”, para poder eludir las consecuencias del Santo Oficio utilizando un sistema de poleas que permitía a primer ministro ocultar o mostrar el desnudo en su gabinete privado.

Tras la Guerra de Independencia y el regreso del rey Fernando VII, el irredento Godoy perdió todo su poder y sus bienes fueron confiscados. Fue entonces cuando la Inquisición aprovechó para incautarse de los cuadros, tildándolos de "profanos" e indecentes, y procedió a interrogar a Goya. Se abrió otro proceso contra este cuadro que debió de resultar profundamente humillante para el pintor, y aunque logró evitar un castigo grave gracias a sus contactos cortesanos y a su amistad con el arzobispo de Toledo Luis María de Borbón, esta vez sí que le faltó un suspiro para ser condenado.

El hecho de ser interrogado por una pintura demuestra hasta qué punto el Santo Oficio seguía controlando incluso la imaginación artística. La desnudez femenina representada por Goya no escandalizaba únicamente por razones morales; escandalizaba porque afirmaba una libertad del cuerpo y del deseo, incompatible con la mentalidad represiva de la época. En La maja desnuda no hay culpa ni vergüenza religiosa, la mujer mira directamente al espectador con tranquilidad y seguridad. Esa mirada desafiante rompe siglos de tradición moral basada en la ocultación y el pecado, y esta ausencia de justificación religiosa o mitológica resultaba especialmente provocadora para la mentalidad conservadora de la época.

El cuadro fue confiscado por considerarse obsceno y pornográfico, y se puso bajo custodia durante varios años, por lo que no llegó al Museo del Prado hasta 1901. Como curiosidad comentar que se ha reiterado durante siglos que esta maja tanto la vestida como la desnuda representaba a Cayetana Álvarez de Toledo, Duquesa de Alba y se dice que amante de Goya, y sin embargo no puede afirmarse con rotundidad que fuera ella, pues hay quien sostiene que se trataba de Pepita Tudó, mujer que llegó a ser esposa de Godoy.

Las experiencias personales de Goya, junto con los acontecimientos históricos que le tocó vivir, contribuyeron a hacer su visión cada vez más pesimista. La Guerra de Independencia contra las tropas napoleónicas mostró al artista la brutalidad humana en toda su dimensión. Sus grabados de Los desastres de la guerra representan escenas de violencia, hambre y sufrimiento con una crudeza desconocida hasta entonces en la pintura europea.

En los últimos años de su vida, Goya realizó las inquietantes Pinturas negras, que decoraban las paredes de su casa conocida como “la Quinta del Sordo”. En estas pinturas aparecen figuras monstruosas, escenas de locura y visiones sombrías de la condición humana. Obras como Saturno devorando a su hijo o El aquelarre reflejan una visión desencantada y angustiosa del mundo y aunque el significado exacto de estas imágenes sigue siendo objeto de debate, muchos historiadores consideran que representan el resultado de una vida marcada por la sordera, la guerra, la intolerancia y la decepción política.

La importancia del pintor de Fuendetodos en la historia del arte radica precisamente en esta capacidad para convertir su experiencia personal y su contexto histórico en una reflexión universal sobre la libertad, el miedo y la condición humana.

Francisco de Goya y Lucientes fue mucho más que un pintor de corte o un maestro del grabado; su vida y su obra representan el retrato más descarnado de una España atrapada entre la oscuridad del fanatismo y el despertar de la razón.


 "La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida con ella, es madre de las artes y origen de sus maravillas" 

[Frase que escribió el autor en el ángulo inferior izquierdo de su célebre aguafuerte y aguatinta número 43, perteneciente a la serie “Los Caprichos, publicada en 1799.]




Nota de la autora: Para ilustrar este artículo recomiendo ver la película “Los Fantasmas de Goya” donde Javier Bardem interpreta de manera magistral al monje inquisidor Lorenzo Casamares.



sábado, 25 de abril de 2026

SAN JORGE Y LA LEYENDA DEL DRAGON:

 

CRÓNICA DE UN HÉROE ENTRE LA REALIDAD Y EL MITO



Cuando hablamos del concepto de héroe medieval todos tenemos imaginamos al caballero de armadura brillante y magnífico caballo peleando contra un sinfín de peligros para salvar a la princesa. Pues esa podría ser perfectamente la representación de San Jorge; sin embargo, su historia real dista mucho de ser esa. Ni caballero de armadura reluciente, ni caballo, ni dragón ni princesa; y aun así, su figura, mítica o real, se ha convertido en universal.

Jorge de Capadocia, actual Turquía, nació a finales del siglo III. Era hijo de un oficial y fue educado en la fe cristiana pero su destino no sería el de un simple soldado. Convertido en tribuno al servicio del emperador Diocleciano, su devoción por el cristianismo lo situó en un conflicto directo con las autoridades romanas. La Historia nos habla de un hombre que, en el año 303, se negó a renunciar a su fe durante la persecución imperial. Su resistencia lo condujo a extremas y espeluznantes torturas para acabar siendo decapitado un 23 de abril, fecha que marcaría para siempre su festividad. Pero su valentía frente a la opresión religiosa le valió el reconocimiento de la Iglesia, que lo convirtió en mártir y, posteriormente, en santo patrón de numerosos países y regiones.

Con el paso de los siglos, la figura de víctima sufriente se transformó en la del caballero, lanza en mano, enfrentándose a un dragón que exigía sacrificios humanos en una ciudad aterrorizada. Esta versión, nacida en plena Edad Media, se convirtió en una de las narraciones más influyentes del imaginario europeo; especialmente a partir del siglo XIII con la inclusión de este relato en un conjunto de leyendas medievales conocidas como "Las Leyendas Doradas".

Se trata de un compendio de vidas de santos escrito por Jacobo de la Vorágine en el que se narra como que en Silca, ciudad legendaria situada en Libia, sus habitantes vivían bajo la opresión de tener que alimentar a un dragón que vivía en un lago cercano. Todos los días echaban un par de ovejas al agua para que no ser atacados por la bestia. Cuando no quedó ganado, decidieron alimentar al monstruo con jóvenes mujeres elegidas por sorteo. Hasta que llegó el día en que fue seleccionada la hija del rey para ser alimento del dragón. Justo antes del bocado que hubiera matado a la joven, apareció San Jorge montado sobre un magnífico caballo y clavó su lanza en el dragón. Lo atrapó y lo llevó hasta la ciudad, donde pidió a los ciudadanos que se bautizaran para después acabar con la vida de la criatura.

Existe otra versión de la esta misma leyenda en la que tras herir al dragón, no lo mata de inmediato: pide a la princesa que le ate su cíngulo al cuello, y la bestia, sometida, la sigue como un animal domesticado. Solo ante la mirada del pueblo, Jorge remata al monstruo, devolviendo la paz a la ciudad

Los historiadores coinciden en que este dragón no representa un animal real, sino que es una figura metafórica símbolo del mal, el paganismo y la opresión que amenazaba a la sociedad cristiana medieval.

Este tipo de transformación de personaje real a mito no fue algo excepcional. En la Edad Media, era habitual que figuras históricas se reinterpretaran para adaptarse a los valores de la época. La sociedad necesitaba modelos, y los relatos se moldeaban para cumplir esa función; y así, en un abrir y cerrar de ojos, San Jorge tornó en héroe legendario, como ejemplo para el ciudadano del medievo.

La difusión de esta historia fue rápida y efectiva. A través de manuscritos, relatos orales y representaciones artísticas, su figura se extendió por toda Europa. En la península ibérica, su presencia adquirió especial relevancia, sobre todo en Cataluña, donde fue adoptado como patrón y símbolo cultural. En esta región, la festividad de Sant Jordi se convirtió en una tradición emblemática que combina elementos religiosos y culturales. Cada 23 de abril es tradición regalar un libro y una rosa, uniendo así elementos de la leyenda con valores culturales modernos. La rosa se asocia con el relato del dragón, ya que, según la tradición, brotó una de la sangre del dragón derrotado. El libro representa el conocimiento y la cultura, y se incorporó posteriormente, reforzando el carácter simbólico de la festividad. Regalar una rosa y un libro este día se ha transformado en un gesto de amor y conocimiento, vinculando la leyenda con valores de cultura y afecto. Cataluña tomó el mito de San Jorge como un símbolo de identidad y de protección de la comunidad. Su imagen de caballero que defiende a los inocentes se adaptó a la narrativa local, convirtiéndose en referente de coraje, caballerosidad y justicia.

En Aragón sin embargo la leyenda adquirió un matiz propio. Allí, San Jorge no solo venció al dragón, sino que también ayudó en la batalla de Alcoraz, en 1096, a las tropas cristianas a conquistar Huesca. Este episodio también convirtió al santo en símbolo identitario de la región. En este caso el dragón representaba el miedo, el caos, la amenaza que parecía imposible de vencer. San Jorge encarnaba la valentía, la fe y la esperanza. Por eso su historia ha sobrevivido quince siglos, transformándose en un relato fundacional para pueblos enteros.

Pero donde esta leyenda adquiere su mayor dimensión es en Inglaterra, apoyada en la figura de “Jorge el Verde” venerada por la población local que celebraba la fiesta “del hombre verde” personaje que aparece en las ya citadas “las leyendas doradas”. Y apoyada en esta figura, el 23 de abril celebra la nobilísima Orden británica de la Jarretera, la más antigua e importante del Reino Unido, la ceremonia de investidura de los nuevos miembros. Se celebra en esa fecha por ser San Jorge el santo patrono de la Orden y también de Inglaterra. Este ritual tiene lugar en el Castillo de Windsor, imponiéndole a cada uno de los nuevos miembros una venera a modo de medalla; es dorada y en ella está representada, como no, la figura del santo. Es conocida esta pieza con el nombre de “Lesser George”, Jorge menor, para diferenciarla del collar que es conocido como “Great George”, Jorge mayor o gran Jorge, que es de oro macizo, pesa casi un kilogramo, y es lucido alrededor del cuello por los miembros eméritos. Pende de este una figura esmaltada del santo patrono matando el dragón con la espada.

Podemos afirmar, por todo lo anterior, que durante la Edad Media la figura de San Jorge se difundió profusamente en cantares de gesta, romances y manuscritos iluminados. Su historia servía de ejemplo moral y de modelo de conducta para caballeros y ciudadanos. Este proceso de reinterpretación muestra cómo los mitos medievales eran utilizados como instrumentos para transmitir valores universales.

La historia de este santo comparte muchas características con otros héroes legendarios españoles. Ejemplo de ello es del Cid cuya historia también combina lo real con la leyenda, o Bernardo del Carpio un héroe legendario que luchó contra los enemigos del reino, y cuya historia se popularizó en los romances medievales.

La presencia de estas figuras en relatos y leyendas, muestra la importancia de los héroes míticos en la Edad Media porque sirvieron como modelos de conducta, símbolos de identidad y referentes culturales. San Jorge encaja perfectamente en este patrón, aunque su origen histórico le da un plus de autenticidad que lo hace más fascinante. La mezcla de realidad y fantasía es un rasgo distintivo de los mitos medievales: los héroes son humanos, pero sus hazañas se magnifican, convirtiéndose en ejemplos universales, y aunque sepamos que la historia del dragón es una leyenda, el mito de este santo permanece vigente, y su figura sigue inspirando libros, películas, obras de teatro y festividades populares; convirtiéndose con ello en un símbolo eterno de la cultura europea.

Es su figura un ejemplo claro de cómo la historia puede transformarse en mito sin perder su valor. Su leyenda nos permite comprender mejor la mentalidad medieval y la forma en que las sociedades construyen sus referentes. Entre el hecho histórico y la leyenda, San Jorge permanece como un símbolo duradero, capaz de adaptarse a distintas épocas sin desaparecer.

martes, 31 de marzo de 2026

INÉS DE CASTRO, LA “REINA CADÁVER”

LA DESPIADADA Y SALVAJE VENGANZA DE PEDRO I DE PORTUGAL



No sé si definir este tremendo relato como la historia de una amistad verdadera entre dos mujeres que se truncó por un amor infinito, o la de una mujer cuyo destino estuvo marcado en idénticas proporciones por la gloria y por tragedia. Quizás la segunda opción sea más acertada, pero lo cierto y verdad es que de lo que aquí se narra, ni la más exhaustiva de las investigaciones podría separar con absoluta certeza lo histórico de lo mítico.

En tierras orensanas bañadas por el río Limia, nació en 1320 Inés en el seno de una de las familias más ilustres y poderosas de Galicia. Se trataba de la familia Castro, emparentada con los antiguos reyes de Galicia y los primeros de Castilla y Portugal.

Huérfana de madre desde temprana edad, creció bajo la tutela de su pariente, el infante don Juan Manuel, el célebre autor de “El Conde Lucanor”, en el imponente castillo de Peñafiel. Allí, entre muros lúgubres y juegos de infancia, se forjó una amistad aparentemente indestructible con Constanza Manuel de Villena, hija de don Juan Manuel y de la infanta Constanza de Aragón.

De todos es conocido que en las casas reales y nobiliarias los matrimonios se concertaban desde la infancia, y tal fue el caso de Constanza que fue desposada con nueve años con el infante Alfonso, futuro Alfonso XI, siendo ratificado el enlace por las Cortes de Valladolid en 1325. Y aunque el matrimonio no llegó a consumarse, dada la minoría de edad de Constanza, sí pasó a titularse la desposada como reina consorte de Castilla.

En 1327 fue repudiada por el monarca castellano, interesado en su prima la infanta María, y en 1335 don Juan Manuel la promete al heredero de la Corona portuguesa, el infante Pedro, futuro Pedro I de Portugal, por lo que, en 1339, las dos jóvenes parten hacia la corte lusa: Constanza como futura reina e Inés como su dama de compañía.

No se sabe a ciencia cierta como era físicamente Constanza, pero sí como era Inés y su llegada a Portugal no pasó desapercibida. Los cronistas de la época la describieron como una mujer de belleza extraordinaria, de piel clara y ojos luminosos.

El príncipe Pedro quedó prendado de ella al instante sin embargo, cumplió su promesa y se casó con Constanza; y aunque cumplió con sus deberes sucesorios, mantuvo una relación clandestina con Inés que era un secreto a voces, y que por supuesto llegó a oídos de Constanza.

Esta en un intento desesperado por frenar el romance, utilizó una astuta maniobra religiosa: nombró a Inés madrina de uno de sus hijos. Según el Derecho Canónico de la época, el padrinazgo creaba un parentesco espiritual que convertía cualquier relación posterior en pecado de incesto. Pero ni siquiera esta táctica consiguió terminar con la pasión existente entre los amantes, e Inés pasó a convertirse en un problema para la Corona.

La muerte de Constanza, después de un parto complicado, en 1345, no hizo sino acrecentarlo porque Pedro, ahora viudo, se negó a contraer nuevas nupcias declarando abiertamente su amor por Inés, lo que provocó el rechazo de la nobleza y del propio monarca Alfonso IV de Portugal, que desterró a Inés en el pueblo extremeño de Alburquerque. El rey intentó casar de nuevo a Pedro, pero este rechazó cualquier matrimonio, alegando que no se casaría con nadie que no fuera Inés, ya que era su verdadero amor; y desafiando abiertamente a su padre se fue a vivir con ella a Coimbra donde concibieron cuatro hijos, lo que encendió todas las alarmas en la Corte.

El problema no era solo moral; también lo era de Estado. Los hermanos de Inés, Fernando y Álvaro de Castro, empezaron a ejercer una influencia desmedida sobre el príncipe Pedro. La nobleza portuguesa temía que, si este se casaba con ella sus hijos bastardos fueran legitimados desplazando al legítimo heredero, el débil infante Fernando. Además, los derechos de los Castro sobre la corona de Castilla amenazaban con arrastrar a Portugal a un juego sucesorio peligroso que ponía en riesgo su independencia. Se trataba de impedir que Galicia fuera un solo reino con Portugal, y que siguiera encadenada y sometida a Castilla.

Había que tomar una decisión drástica por lo que en 1354 el rey Alfonso IV, presionado por su consejo, inició una conspiración para impedir esa boda. Decidió que la única solución era dar muerte a Inés. Los encargados de ejecutar la sentencia fueron tres malvados castellanos; González, Coello y Pacheco.

El 7 de enero de 1355, aprovechando que Pedro estaba de cacería, los verdugos rodearon la Quinta de las Lágrimas en Coimbra, parece ser que acompañados del propio Rey Alfonso que quiso estar presente. Inés, que se encontraba rodeada de sus hijos, suplicó por su vida; y aunque el monarca se conmovió momentáneamente, acabó por abandonar la estancia pronunciando al salir una frase lapidaria: «hagan lo que les plazca».

Fue apuñalada delante de sus hijos y finalmente decapitada, "privilegio" reservado a la nobleza para evitar suplicios mucho más cruentos como eran la quema en la pita, el ahorcamiento o el desmembramiento. Cuenta la leyenda que su sangre quedó marcada para siempre en las piedras de la fuente de la Quinta y que cuando Pedro supo del brutal asesinato juró vengar el asesinato de su amada, y no abandonar este mundo sin dar despiadada muerte a los ejecutores, Coello, Pacheco y González, que al enterarse huyeron despavoridos de Portugal

Se levantó en armas contra su padre e intentó derrocarlo sin éxito. Tras la muerte de este, dos años después, uno de sus primeros actos como Pedro I de Portugal fue declarar que se había casado en secreto con Inés por lo que, a pesar de estar muerta, esto le hacía legítima reina y por tanto legitimaba también a sus hijos como herederos.

El siguiente acto como monarca fue de justicia poética, porque aprovechando un intercambio de fugitivos con Castilla logró capturar a dos de los tres asesinos. Pacheco se había refugiado en la corte de Aviñón y se libró, pero Coello y González fueron ejecutados por la propia mano del rey de forma brutal.

Al primero le arrancó el corazón por el pecho y al segundo por la espalda, los dos estando vivos, “ellos han destruido mi corazón y los de mis hijos”, alegó.

Después ordenó erigir en el Monasterio de Alcobaça, dos tumbas de mármol blanco, talladas con una perfección exquisita, para enterrar los restos de su adorada Inés y los suyos propios. Los sarcófagos fueron colocaron frente a frente, pies con pies. Su deseo era que el día del Juicio Final, al resucitar de entre los muertos, lo primero que vieran fuera el rostro del otro. En la base de la tumba de Inés fueron tallados los cuerpos de sus tres verdugos con formas animales, soportando por toda la eternidad el peso de la mujer que intentaron destruir.

Y aunque parezca que esta tremenda historia acaba aquí, el episodio más macabro está aún por llegar porque Pedro I mandó desenterrar y colocar el cadáver de la reina, ya en avanzado estado de descomposición, en el trono; y en una ceremonia que podría superar cualquier ficción gótica o el guion de una película de Tim Burton, obligó a la nobleza, al clero y al pueblo a besar la mano inerte de la difunta y a rendirle pleitesía. Fue la primera y única vez que una mujer reinó después de muerta.

No hemos de olvidar, no obstante, que por encima de lo macabro el legado de esta pareja también fue dinástico. La unión entre Inés de Castro y el rey Pedro I de Portugal no solo fue un romance trágico de tintes góticos; fue, en términos genéticos y políticos, una de las alianzas más influyentes de la historia europea. Aunque su amor terminó de manera trágica, sus descendientes se sentaron en los tronos más poderosos de la cristiandad

Tras la muerte de Pedro I fue Fernando, el hijo primogénito fruto del matrimonio con Constanza Manuel, quien heredó el trono portugués. Sin embargo, el destino tenía preparado un camino más largo para la sangre de Inés. Es fascinante contemplar como “la reina póstuma" terminó siendo la antepasada de los monarcas más gloriosos de España.

Beatriz de Portugal, Hija de Pedro e Inés, fue pieza clave en la conexión con la nobleza castellana pues se casó con Sancho de Castilla, Conde de Alburquerque. De esta unión nació Leonor de Alburquerque, conocida con el sobrenombre de “la rica hembra”, que se casó con Fernando I de Antequera, quien llegaría a ser rey de Aragón. De la unión de Leonor y Fernando nació Juan II de Aragón que fue el padre de Fernando el Católico, y por tanto abuelo de Juana la Loca, bisabuelo de Carlos V y tatarabuelo de Felipe II.

Es justo decir por todo lo aquí contado, que Inés de Castro no fue solo una víctima de la política medieval; fue la protagonista de una gesta de amor que desafió la biología, la ley y la propia muerte. Es de entender que su historia trascendiera las fronteras portuguesas para convertirse en un mito europeo. Luis de Camões la inmortalizó en “Os Lusíadas”, y en el Siglo de Oro español, Vélez de Guevara escribió la inmortal obra “Reinar después de morir”.

Incluso Giuseppe Verdi proyectó una ópera sobre su tragedia.















sábado, 28 de febrero de 2026

RODRIGO DÍAZ DE VIVAR “EL CID” ¿MERCENARIO O CAMPEADOR?

 

“DESCLASIFICANDO” MITOS MEDIEVALES

En estos días en los que la desclasificación de documentos cobra especial relevancia, quizás no para todos, me asalta la idea de remozar ciertos mitos de personajes cuya vida y hazañas hemos engullido sin cuestionarlas.

Este puede ser el caso de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido por “El Cid Campeador”, cuyo márquetin medieval ha sido digno de la mejor de las agencias.

Pocas figuras del medievo peninsular han gozado de una proyección tan duradera y eficaz como la del Cid. Héroe nacional, paradigma del caballero cristiano, símbolo de la Reconquista y modelo de virtudes como el honor, la lealtad y el valor. Sin embargo, cuando se examinan con detenimiento las fuentes históricas y se comparan con la imagen transmitida por la tradición literaria y escolar, emerge un personaje más complejo, ambiguo y, en muchos aspectos, más interesante que el héroe sin fisuras que nos han “vendido”.

Nacido en Vivar, cerca de Burgos, en 1048 en el seno de una familia de la pequeña nobleza, no fue heredero de vastos dominios, era segundón, lo que explica en parte su necesidad de labrarse un nombre a través de las armas.

El primer mito a desmontar es que era un guerrero invencible y de gran porte, la realidad es que su figura física era más bien modesta y, aunque fue un líder brillante, los registros de la época apuntan a que era un hombre de pequeña estatura, apenas superaba el metro y medio, imagen bastante lejana a aquella que nos ha presentado el cine de hombre alto y corpulento.

Su ascenso se produce al servicio de la corte castellana, primero bajo el reinado de Sancho II y después bajo el de Alfonso VI.

El joven Rodrigo destacó en estas luchas siendo alférez y abanderado de Sancho II, momento en el que alcanzó el sobrenombre de Campeador, es decir batallador, que le acompañaría toda su vida, hasta el punto de ser habitualmente conocido por él tanto entre cristianos como entre musulmanes.

Tras la muerte de Sancho II en Zamora, su hermano Alfonso VI se convierte en rey y a pesar del resentimiento que tenía hacia Rodrigo Díaz tras las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072), en las que el nuevo monarca se vio obligado a refugiarse en la corte musulmana, lo honró concediéndole la mano de la dama Jimena, al parecer hija del Conde Diego Fernández y pariente del propio monarca.

La Historia nos cuenta sin embargo que el famoso Juramento de Santa Gadea, en el que el Cid obliga a Alfonso VI a jurar que no participó en el asesinato de su hermano Sancho pertenece al terreno de la leyenda. No aparece en las fuentes contemporáneas y responde más bien a una construcción literaria posterior, diseñada para engrandecer la figura del héroe frente al poder real.


«En Santa Gadea de Burgos, do juran los hijosdalgo,

le toman la jura a Alfonso por la muerte de su hermano.

Se la tomaba el buen Cid, ese buen Cid castellano,

sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo

y con unos evangelios y un crucifijo en la mano».


Así comienza uno de los episodios más míticos y poderosos sobre El Cid. Este pasaje nos presenta a un Rodrigo Díaz de Vivar afligido por el asesinato de su señor, Sancho II de Castilla, que obliga al nuevo monarca, Alfonso VI, a jurar ante Dios que no ha tenido nada que ver en el magnicidio, lo que le cuesta según “El Cantar del mío Cid” el primero de sus dos exilios.

«“Villanos te maten, rey, villanos que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo, que no sean castellanos; mátente con aguijadas, no con lanzas ni con dardos” Las palabras son tan fuertes que al buen rey ponen espanto».

Y es que esta obra maestra de la literatura medieval, compuesta varias décadas después de su muerte, no pretendió en ningún momento ser una biografía sino un poema épico, con vocación de epopeya, en el que el Cid aparece como modelo de mesura, justicia y lealtad incluso cuando es injustamente tratado.

El poema elimina o suaviza los aspectos más problemáticos del personaje: su mercenariado, su autonomía política y su ambición personal. A cambio, ofrece una figura ejemplar que encaja perfectamente en el proyecto de legitimación de la monarquía y la nobleza castellanas. El éxito del Cantar fue tal que fijó durante siglos la imagen canónica del Cid en el imaginario colectivo.

Pero lo cierto y verdad, es que esa imagen del vasallo perfecto, eternamente leal a su rey, comienza a resquebrajarse cuando se analizan los destierros que sufrió y las razones políticas que los motivaron.

Alfonso VI era un rey con altas dotes diplomáticas, en una España convulsa y fragmentada, que optó por comportarse como un emperador, consiguiendo con ello someter a prácticamente todo Al Ándalus a través de la guerra y de las relaciones políticas. Logró, por ejemplo, que la taifa de Toledo fuera su aliada.

Sin tener en cuenta nada de esto, y en contestación a un ataque que había sufrido el reino de Castilla por parte musulmana, Rodrigo decidió actuar por su cuenta y lanzó una expedición de castigo contra los territorios que él creía culpables, y resultó que estos pertenecían a dicha taifa. Arrasó dichos territorios en un momento en el que Alfonso ya contemplaba hacerse dueño de ellos utilizando sus dotes diplomáticas. Este fue motivo suficiente para constituir el primer destierro.

No sucede lo mismo con el segundo. En ese caso incumplió la obligación de auxiliar a su señor, y fallar en el auxilio suponía incumplir una de sus dos obligaciones básicas; la otra era la del consejo, convirtiéndose con ello en un traidor.

En noviembre de 1088, Alfonso VI solicitó ayuda al Cid para atacar a los almorávides que sitiaban la fortaleza de Aledo en Murcia. El encuentro entre las tropas de Alfonso y del Cid debía producirse en la zona alicantina de Villena, pero este encuentro nunca llegó a producirse. El rey Alfonso, furioso por no haber recibido la ayuda solicitada, lo declaró traidor, máxima deshonra para un caballero, cuyas consecuencias eran terribles: la pérdida de todos sus bienes y el destierro.

Estos destierros, a pesar de ser considerados en su tiempo una tremenda injusticia, fueron para él una oportunidad porque, libre de ataduras formales, actuó como un mercenario ofreciendo sus servicios tanto a señores cristianos como musulmanes. Combatió al servicio gobernantes musulmanes como al-Muqtadir de Zaragoza, enfrentándose incluso a ejércitos cristianos. Este dato, históricamente incómodo, suele minimizarse o justificarse como una audaz artimaña al servicio de un bien mayor.

Todo parece indicar que el Cid luchó por quien le pagaba y le garantizaba poder. En esto no fue diferente de muchos otros líderes militares de su tiempo. La frontera entre “lo cristiano” y “lo musulmán” se volvió permeable, y las lealtades se redefinían constantemente. La épica posterior necesitaba valiente batallador, pero la realidad histórica nos muestra a un profesional de la guerra.

Pero la culminación de la carrera del Cid fue la conquista y el gobierno de Valencia, lo que puso de manifiesto hasta qué punto su proyecto era personal. En 1093 cercó la capital que, como consecuencia de ello, empezó a sufrir privaciones. Su ejército emplazó máquinas de guerra que provocaron grandes destrozos en los muros de la ciudad, y tras un año de sitio, por fin Valencia cayó en sus manos proclamándose por ello “príncipe Rodrigo el Campeador” el 17 de junio de 1094.

A pesar de la victoria, los intentos almorávides por recuperar la ciudad no cejaron, y a mediados de septiembre de ese mismo año un ejército al mando de Abu Abdalá Muhammad fue derrotado por el Cid en una batalla campal a cinco kilómetros de la ciudad, tras un intento de asedio.

A pesar del empeño de Alfonso VI, Valencia no había sido incorporada a la corona castellana; funcionaba como un señorío prácticamente independiente. Rodrigo Díaz la gobernó con mano firme, manteniendo estructuras administrativas musulmanas y permitiendo la permanencia de la población islámica siempre que aceptara su autoridad.

Este gobierno más pragmático que ideológico contrasta con la imagen de cruzado fervoroso que se le atribuyó más tarde, pero si parece cierto que el Cid fue un gobernante eficaz que supo gobernar con eficacia una ciudad compleja. Su viuda, Jimena, mantuvo el control tras su muerte durante un tiempo, lo que demuestra que el proyecto valenciano no fue una simple aventura militar, sino una empresa política consciente.

Hemos de aceptar que él mismo, con sus eufemismos, fue su mayor defensor porque desde el principio habló de su “cruzada” contra la República y se hizo llamar caudillo, cargo medieval que llegó a calar tan hondo históricamente que fue incluso recogido en las partidas de Alfonso X.

También se ha hablado hasta la saciedad de sus espadas Colada y Tizona y de su caballo Babieca, recogidos tanto unas como otro en “El Cantar del mío Cid”. Nadie duda que el Campeador poseyera colosales espadas y magníficos caballos; pero también es muy posible que “el aura épico-medieval”, con fines claramente literarios, jugase aquí un papel relevante puesto que no ha quedado históricamente acreditado que el caballo o las espadas existieran realmente con esos nombres, y es muy posible que formen parte de una magnífica leyenda que ha sobrevivido con inoxidable dignidad al paso histórico del tiempo. He de reconocer que, como lectora amante de la Historia, he sufrido cierta decepción al saber que se cuestiona su existencia.

Si hemos de seguir desmotando mitos de este controvertido personaje histórico, uno de los más clamorosos es la victoria después de muerto narrada, como no, en “El Cantar del mío Cid”.

La leyenda de su cadáver ganando una batalla montado a caballo denota un claro interés de elevarlo a la categoría de heroico mártir, para poder reutilizar su figura según las necesidades del momento histórico; y prueba de ello es que durante la Edad Moderna, fue exaltado como defensor de la fe, en el siglo XIX, el romanticismo lo convirtió en símbolo de la nación española, y en el siglo XX, el cine y la educación franquista reforzaron su papel como símbolo de la patria junto con Pelayo, Covadonga o Agustina de Aragón en la lucha contra “el infiel” o “el enemigo”.

Fueron los musulmanes los únicos que se atrevieron desde el principio a cuestionarlo y a perfilar la “cara B” del batallador. A finales del S. XIX un arabista holandés habló de torturas y asesinatos como armas utilizadas por el Cid para debilitar moralmente al enemigo. Menéndez Pidal, gran defensor del controvertido personaje, tachó por ello al historiador de “Cidófobo”.

En definitiva, “desclasificar” la imagen del Cid no significa destruirla, sino comprenderla. Reconocer que fue un hombre de su tiempo, con virtudes y contradicciones, lo hace más humano y, paradójicamente, más relevante. Su capacidad de adaptación, su inteligencia política y su ambición personal, explican mejor su éxito que cualquier ideal abstracto de cruzada o patriotismo.

Quizás el verdadero legado del Cid no sea el del caballero perfecto, sino el del individuo que supo moverse con habilidad en un mundo fragmentado y violento. Al retirar el velo del mito, no perdemos al héroe; ganamos una lección histórica sobre cómo se construyen las leyendas y para qué sirven.

En tiempos en los que la revisión crítica del pasado genera incomodidad, la figura del Cid Campeador nos recuerda que la historia no es un conjunto de relatos intocables, sino un archivo siempre abierto a nuevas lecturas. Y que, a veces, desclasificar es la única forma honesta de comprender.







jueves, 5 de febrero de 2026

URRACA I, “LA TEMERARIA”

 

UNA REINA MALTRATADA POR LA HISTORIA QUE PELEÓ POR SU DERECHO AL TRONO Y ENALTECIÓ LA OBLIGACIÓN DE REINAR

 



Urraca I de León y Castilla conocida como “la Temeraria” no fue soberana dócil ni sumisa, ya nos da pista de ello su sobrenombre, sí fue sin embargo una de las mujeres con poder más complejas y humanas de la Edad Media peninsular y la primera reina de pleno derecho en la Historia de España y de Europa.

Nacida en León el 24 de junio de 1081, Urraca Alfónsez era hija de Alfonso VI de León conocido como “el Bravo”, conquistador de Toledo y artífice de uno de los reinos cristianos más influyentes de su tiempo, y de Constanza de Borgoña perteneciente a la Casa Cluny, uno de los linajes más importantes de Francia; y a pesar de ser la primogénita fue educada para ser reina consorte y no soberana.

Su instrucción y formación se apoyó fundamentalmente en protocolo, política, religiosidad y el valor de las alianzas; todo ello convenientemente aderezado con el silencio y la prudencia que se esperaba de una mujer noble.

Durante años su padre buscó desesperadamente un primogénito que asegurara la continuidad de su obra política y llegó a tener hijos varones, pero todos murieron antes de alcanzar el trono.

A los doce años, en 1093, es desposada con el conde Raimundo de Borgoña, mucho mayor que ella, con quien concibe dos hijos: Sancha y Alfonso Raimundez. También ese año nace un medio hermano varón hijo del rey Alfonso y de una cautiva mora convertida al cristianismo de nombre Zaida que fue bautizada con el nombre de Isabel. El nacimiento del infante D. Sancho desplazó sin remedio a Urraca en la línea sucesoria.

Muere el conde de Borgoña en 1107 convirtiendo con ello a Urraca en una joven infanta viuda, pieza muy codiciada en el tablero de ajedrez medieval, pero la muerte de su hermanastro Sancho un año después en la Batalla de Uclés, la coloca donde siempre quiso estar; en la primera en línea sucesoria

A punto de fallecer el rey Alfonso impone a su hija una nueva boda esta vez con Alfonso I de Aragón al que no se le conocían ni amantes ni hijos ni mujer alguna en su vida, circunstancia harto extraña para la época.

Las crónicas cristianas hablaban de un monje guerrero, de ahí el sobrenombre de “el Batallador”; las musulmanas hablaban claramente de la homosexualidad del rey aragonés. Lo cierto y verdad es que Alfonso dio muestras durante toda su vida de odiar a las mujeres en general y a la suya en particular.

Empezó con mal pie el matrimonio pues “el Batallador” hizo introducir una cláusula en las capitulaciones del nuevo enlace en la que se recogía que el heredero al reino sería el nacido de este matrimonio, y no el que ya existía fruto del anterior con Raimundo de Borgoña.

Parece evidente que Alfonso de Aragón se casó con Urraca con el único propósito de usurparle el reino sin ser consciente de a quién se enfrentaba, porque la reina de León y Castilla tenía bastante claro que era ella quien debía ejercer el poder por derecho y con la obligación de hacerlo igual que lo haría un hombre.

Entendía que por ser mujer no debía ser menos regio este ejercicio, pero hemos de apartar de este criterio toda idea de feminismo pues hablar de este concepto político-social en la Edad Media es tan anacrónico como hablar de una hamburguesa, y sin embargo la reina Urraca defendió derechos que entendía debían asistir a las mujeres promulgando varios reales decretos en este sentido.

Su esposo “el Batallador” hizo alarde del sobrenombre para mal en su vida conyugal y la convirtió en una auténtica tortura para su mujer a la que infligió en alguna ocasión malos tratos, que ella relató con un nivel de detalle insólito para la época.

Así, existe un documento político de la época recogido en el libro de Isabel San Sebastián en el que Urraca habla en primera persona de vejámenes, cautiverio y violencia física y en el que literalmente dice:

“«Cuáles y cuántas deshonras, dolores y tormentos padecí mientras estuve con él, nadie mejor que tu prudencia lo sabe. Pues no solo me deshonraba continuamente con torpes palabras, sino que toda persona noble ha de lamentar que muchas veces mi rostro haya sido manchado con sus sucias manos y que yo haya sido golpeada con su pie.»

También habla del encierro y cautiverio impuesto por su marido:

«Es él quien ha hecho pedazos ese acuerdo al prenderme y encerrarme en este infame calabozo. Presume de haberme repudiado, sin contar con el consejo de los hombres sabios… Me ha deshonrado.»

Y de humillación pública cuando dice:

“Alfonso no volverá a humillarme delante de mis súbditos …”

En este orden de cosas, el matrimonio real tornó insostenible porque Alfonso se negó a reinar junto a su mujer, y Urraca se negó a desaparecer tras la figura de su marido por lo que optó por tomar una decisión inusitada: prescindir de él.

Buscó apoyos entre la nobleza leonesa y castellana, se alió con el clero cuando fue necesario y defendió con firmeza su legitimidad por lo que fue acusada de todo aquello que una mujer poderosa no podía permitirse: ser caprichosa, inmoral e inestable.

Se forjó así una leyenda negra que durante siglos oscureció su figura, pero detrás de esas acusaciones se escondía una verdad incómoda; Urraca no obedecía, reinaba y para ello hubo de pagar el precio de un matrimonio roto y un reino dividido.

En 1114, el enlace fue declarado nulo, y la reina quedó sola frente a enemigos internos y externos, repudiada por su esposo y cuestionada por sus súbditos.

A pesar de todo ejerció el poder con plenitud. Firmaba diplomas con la fórmula solemne:

“Ego Urraka, Dei nutu totius Yspanie regina”,

proclamándose reina por la gracia de Dios de toda Hispania.

Afrontó rebeliones urbanas en Santiago y Sahagún, y supo maniobrar con inteligencia para mantener la legitimidad de su hijo como heredero. Su reinado fue un campo de batalla político donde se puso a prueba la capacidad femenina de ejercer autoridad, pero en medio de ese caos demostró un talante político notable. Supo castigar y perdonar, pactar y resistir. Cabalgó por sus dominios, se vistió de hierro, presidió cortes, otorgó fueros y defendió la autoridad real con una firmeza que muchos reyes varones no habrían soportado. Su vida personal fue utilizada como arma política, sus relaciones sentimentales fueron exageradas y juzgadas con una severidad que nunca se aplicó a los hombres. Lo que en un rey era pasión o estrategia, en ella era pecado y táctica.

Pero el golpe más doloroso estaba por llegar; su propio hijo, Alfonso Raimundez, fue utilizado por sus rivales y enemigos en contra suya al ser proclamado rey de Galicia siendo ella aún reina, por lo que se vio obligada a enfrentarse a él políticamente para no perder el trono.

Murió Urraca I de León y Castilla en Saldaña el 8 de marzo 1126 agotada por años de lucha ininterrumpida. No pasemos por alto la caprichosa casualidad de que en la actualidad ese día en España es el día de la mujer,

Tenía poco más de cuarenta años. Dejó un reino más estable del que había recibido y un heredero preparado para gobernar. Alfonso VII heredó la corona, pero también una enseñanza fundamental: el poder no se concede, se defiende.

Durante siglos, la reina leonesa fue recordada más por el escándalo que por su obra.

Hoy, la Historia empieza a rescatarla del prejuicio y a reconocerla como lo que fue: una pionera, una reina que gobernó en solitario cuando casi ninguna mujer podía o no sabía hacerlo, y lo hizo en un mundo de espadas, silencios impuestos y obediencias forzadas.

martes, 6 de enero de 2026

BERENGUELA DE CASTILLA LA REINA QUE NO QUISO SERLO

 

“LA ESTRATEGA INVISIBLE QUE UNIÓ DOS CORONAS”

Es Berenguela ejemplo claro de otra forma de poder más discreta pero igualmente poderosa y decisiva; hablo de la diplomacia, la negociación y la inteligencia política; y en este terreno ella destacó de manera excepcional porque gobernó sin alardes y en la sombra, porque reinó sin querer reinar y porque cambió el rumbo de la Historia de España sin empuñar una espada. Lo hizo en un reino donde el poder lo ostentaban los hombres, y dónde su única ambición fue la de mantener unido a su pueblo y ser la mejor madre.

Se desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque todo apunta a que fue en los primeros meses del año 1180 en Burgos.  El hecho de que fuera nieta de Leonor de Aquitania, era hija de Leonor de Plantagenet también conocida por Leonor de Inglaterra y de Alfonso VIII de Castilla y por tanto abuela de Alfonso X “el Sabio”, la colocan en un lugar preferente de la Historia de España, y a nosotros de nuevo ante el rancio linaje de los Plantagenet. Pero ella por sí misma fue una figura relevante cuya personalidad marcó la vida de sus hijos y la de su nieto “el rey Sabio”, ya que se encargó personalmente de su educación y formación, y sin embargo es un personaje desconocido para el gran público más habituado a fijarse en personajes como “Los Reyes Católicos”, Juana “La Loca”La Beltraneja” o Felipe “el Hermoso”. Quizás sea una cuestión de márquetin medieval, pero ella también recibió un sobrenombre: fue el de Berenguela “La grande”.

El hecho de ser la primogénita de los reyes de Castilla la colocaba en primer lugar en la línea de sucesión al trono, pero el posterior nacimiento de un hermano varón la desplazó sin remedio al segundo lugar en esta línea sucesoria tal y como pasaría con Leonor de Borbón y Ortiz, actual princesa de Asturias y por tanto heredera al trono español, si tuviera un hermano varón, aunque fuera menor que ella(1). Y aunque las razones sucesorias no fueran exactamente las mismas, Berenguela es anterior a Las Siete Partidas de su nieto Alfonso X y Leonor de Borbón es posterior, las consecuencias sucesorias si lo son.

Sin obviar que en el reino de Castilla reinaban las mujeres en ausencia de varón; en el de Aragón directamente no reinaban, ni siquiera en ausencia de varón.

Su nombre le fue impuesto en honor a su bisabuela, esposa de Alfonso VII e hija de Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y, de la misma manera que sus hermanas Urraca y Blanca de Castilla, recibió una esmerada educación basada en la lectura, el latín, estudios de Derecho y administración que sería el baluarte de su vida.

A la edad de ocho años su madre la promete con el joven duque Conrado hijo del emperador alemán quien acepta el compromiso por tratarse de la princesa heredera del reino de Castilla, pero tras el nacimiento de un hermano varón este enlace pierde todo el interés para los germánicos, pues el acontecimiento desbanca sin remedio a Berenguela de la posibilidad de alcanzar el trono español.

Tras ese primer intento, su madre inicia conversaciones nuevamente, pero esta vez dentro del territorio español, y propone como esposo para Berenguela a Alfonso IX rey de León. La unión entre tío y sobrina, pues él era primo hermano de su padre, se produce en 1197. Alfonso IX otorga su mujer ciertas plazas y castillos para disfrute propio, a cambio Castilla devuelve a León todos los territorios usurpados en momentos de guerra. Del matrimonio nacen cinco hijos y parece quererse, sin embargo, en 1204 el enlace es anulado por el papa Inocencio III por existir lazos de consanguinidad demasiado cercanos por lo que Berenguela vuelve a Castilla, quedando sus cinco hijos legitimados, pero en León.  Desde ese momento el único propósito de “la Grande” será que su hijo primogénito Fernando llegue a reinar.

Y es que el papel de madre de Berenguela fue antepuesto por ella a cualquier otro. Cuentan las monjas que habitaban el Monasterio de la Virgen de Valparaíso, también conocido por Monasterio de Peleas, que el primogénito Fernando llegó al mundo en 1199 en circunstancias que hicieron temer lo peor desde el primer momento. Este nacimiento estuvo marcado por la profunda debilidad del vástago, un niño frágil y casi sin fuerzas cuya vida pendía de un hilo.

Berenguela plenamente consciente de ello, tomó al niño en brazos convencida de que no sobreviviría y empezó a acunarlo en silencio, sin lamentos ni aspavientos; con la serenidad de quien acata la voluntad divina sin cuestionarla. Las religiosas que la acompañaban, preparaban su ánimo para el cercano y fatal desenlace y dispusieron el rito para bautizarlo de urgencia si fuese necesario. La madre no cambió el gesto y permaneció firme toda la noche meciendo y encomendando a Dios a su recién nacido que ya apenas respiraba.

Pasaban las horas y no parecía que nada hubiese cambiado. Ya irrumpían los primeros rayos de la mañana cuando la abadesa se acercó a Berenguela alarmaba ante la falta de movilidad del niño y, contra todo pronóstico, cuando abrieron el arrullo para comprobar su estado observaron estupefactas cómo el infante Fernando había recuperado el color, su respiración se había estabilizado y dormía plácidamente en los brazos de su madre. Para las monjas que habían asistido al parto aquello no tenía explicación humana, por lo que el hecho fue interpretado como un milagro. Las religiosas afirmaron sin dudarlo que Dios había protegido al niño porque estaba destinado a grandes cosas, no sólo a ser un heredero real, era un elegido.

Este episodio encaja perfectamente con la imagen que siglos más tardes se construiría en torno al ya rey Fernando III conocido como “el Santo”, padre de Alfonso X, que fue canonizado en 1671 y recordado como un rey justo y piadoso.

Para Berenguela aquel momento debió quedar grabado en su alma para siempre. La madre que había acunado s su hijo en la convicción de que iba a morir es la misma mujer que años más tarde renunciaría a la Corona para colocarla en la cabeza de aquel niño frágil al que había llevado suavemente de la mano hasta el trono unificador de Castilla y León. Sin duda la vida de Fernando III estaría siempre ligada a la figura firme y silenciosa de su madre.

Desde el momento en que volvió a Castilla, después de la anulación de su matrimonio, tuvo la determinación de proteger los derechos de sus hijos frente a las tensiones sucesorias que se avecinaban. Y así fue, pronto empezaron los problemas porque su hermano, el joven rey Enrique I de Castilla, murió accidentalmente en 1217 abriéndose con ello una grave crisis sucesoria. Berenguela como hermana mayor y heredera legítima fue proclamada reina de Castilla, pero todos sabía que había aceptado la Corona por deber y no por ambición. Era plenamente consciente de las dificultades a las que iba a enfrentarse siendo una mujer sola, en una sociedad feudal dominada por una nobleza hostil y guerrera. Por ello, apenas unos meses después de ser proclamada reina tomó una decisión histórica: abdicó la Corona en su hijo Fernando. Este gesto insólito para la época tenía dos intenciones claras, asegurar el trono a su hijo, y gobernar desde la sombra, asesorando, mediando y garantizando la estabilidad del reino de Castilla con un gesto que el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, cronista y testigo de los hechos, calificó como:

“Da gran prudencia y sabiduría, anteponiendo el bien de su reino a su propio honor”

Pero no fue este un gesto aislado porque siguió haciendo alarde de ambos dones y su mayor logro llegaría en 1230, cuando tras la muerte de Alfonso IX de León, su esposo, el trono leonés debía pasar a las hijas que este tuvo con su primera mujer, Teresa de Portugal, Sancha y Dulce. La situación amenazaba con reabrir el viejo conflicto entre ambos reinos. Berenguela desplegó entonces toda su habilidad diplomática y negoció directamente con las infantas, alcanzando con ellas un acuerdo histórico: “El Tratado de las Tercerías de Benavente” gracias al cual Fernando III fue reconocido como rey de León a cambio de una compensación económica a sus hermanastras.  Es muy probable que para convencerlas se pusiera ella misma como ejemplo de renuncia.

Este acuerdo selló definitivamente la unión entre Castilla y León bajo una sola Corona, una unión que ya no volvería a romperse y que fue obtenida gracias a la inteligencia y las dotes diplomáticas de una mujer que sin ni siquiera sentarse en el trono había conseguido lo que generaciones de reyes no supieron obtener empuñando una espada.  

Sin duda Berenguela “la Grande” representa un modelo de poder muy distinto al que suele aparecer en los relatos medievales. No fue reina, no fue guerrera, no fue una figura pasiva o beligerante; fue una arquitecta de la política de la España medieval, una dirigente a la sombra que supo adaptarse a las limitaciones de su tiempo y convertirlas en ventajas políticas.

 

¡Qué bien nos vendría una figura política como la suya en estos tiempos de tan poca vocación y tanto desatino!



 (1) Leer artículo ¿Por qué podrá reinar la princesa Leonor sin que sea necesario reformar la Constitución? (10 de febrero del 20222)

https://lapuertaama.blogspot.com/2022/02/por-que-la-princesa-leonor-podra-reinar.html