jueves, 5 de febrero de 2026

URRACA I, “LA TEMERARIA”

 

UNA REINA MALTRATADA POR LA HISTORIA QUE PELEÓ POR SU DERECHO AL TRONO Y ENALTECIÓ LA OBLIGACIÓN DE REINAR

 



Urraca I de León y Castilla conocida como “la Temeraria” no fue soberana dócil ni sumisa, ya nos da pista de ello su sobrenombre, sí fue sin embargo una de las mujeres con poder más complejas y humanas de la Edad Media peninsular y la primera reina de pleno derecho en la Historia de España y de Europa.

Nacida en León el 24 de junio de 1081, Urraca Alfónsez era hija de Alfonso VI de León conocido como “el Bravo”, conquistador de Toledo y artífice de uno de los reinos cristianos más influyentes de su tiempo, y de Constanza de Borgoña perteneciente a la Casa Cluny, uno de los linajes más importantes de Francia; y a pesar de ser la primogénita fue educada para ser reina consorte y no soberana.

Su instrucción y formación se apoyó fundamentalmente en protocolo, política, religiosidad y el valor de las alianzas; todo ello convenientemente aderezado con el silencio y la prudencia que se esperaba de una mujer noble.

Durante años su padre buscó desesperadamente un primogénito que asegurara la continuidad de su obra política y llegó a tener hijos varones, pero todos murieron antes de alcanzar el trono.

A los doce años, en 1093, es desposada con el conde Raimundo de Borgoña, mucho mayor que ella, con quien concibe dos hijos: Sancha y Alfonso Raimundez. También ese año nace un medio hermano varón hijo del rey Alfonso y de una cautiva mora convertida al cristianismo de nombre Zaida que fue bautizada con el nombre de Isabel. El nacimiento del infante D. Sancho desplazó sin remedio a Urraca en la línea sucesoria.

Muere el conde de Borgoña en 1107 convirtiendo con ello a Urraca en una joven infanta viuda, pieza muy codiciada en el tablero de ajedrez medieval, pero la muerte de su hermanastro Sancho un año después en la Batalla de Uclés, la coloca donde siempre quiso estar; en la primera en línea sucesoria

A punto de fallecer el rey Alfonso impone a su hija una nueva boda esta vez con Alfonso I de Aragón al que no se le conocían ni amantes ni hijos ni mujer alguna en su vida, circunstancia harto extraña para la época.

Las crónicas cristianas hablaban de un monje guerrero, de ahí el sobrenombre de “el Batallador”; las musulmanas hablaban claramente de la homosexualidad del rey aragonés. Lo cierto y verdad es que Alfonso dio muestras durante toda su vida de odiar a las mujeres en general y a la suya en particular.

Empezó con mal pie el matrimonio pues “el Batallador” hizo introducir una cláusula en las capitulaciones del nuevo enlace en la que se recogía que el heredero al reino sería el nacido de este matrimonio, y no el que ya existía fruto del anterior con Raimundo de Borgoña.

Parece evidente que Alfonso de Aragón se casó con Urraca con el único propósito de usurparle el reino sin ser consciente de a quién se enfrentaba, porque la reina de León y Castilla tenía bastante claro que era ella quien debía ejercer el poder por derecho y con la obligación de hacerlo igual que lo haría un hombre.

Entendía que por ser mujer no debía ser menos regio este ejercicio, pero hemos de apartar de este criterio toda idea de feminismo pues hablar de este concepto político-social en la Edad Media es tan anacrónico como hablar de una hamburguesa, y sin embargo la reina Urraca defendió derechos que entendía debían asistir a las mujeres promulgando varios reales decretos en este sentido.

Su esposo “el Batallador” hizo alarde del sobrenombre para mal en su vida conyugal y la convirtió en una auténtica tortura para su mujer a la que infligió en alguna ocasión malos tratos, que ella relató con un nivel de detalle insólito para la época.

Así, existe un documento político de la época recogido en el libro de Isabel San Sebastián en el que Urraca habla en primera persona de vejámenes, cautiverio y violencia física y en el que literalmente dice:

“«Cuáles y cuántas deshonras, dolores y tormentos padecí mientras estuve con él, nadie mejor que tu prudencia lo sabe. Pues no solo me deshonraba continuamente con torpes palabras, sino que toda persona noble ha de lamentar que muchas veces mi rostro haya sido manchado con sus sucias manos y que yo haya sido golpeada con su pie.»

También habla del encierro y cautiverio impuesto por su marido:

«Es él quien ha hecho pedazos ese acuerdo al prenderme y encerrarme en este infame calabozo. Presume de haberme repudiado, sin contar con el consejo de los hombres sabios… Me ha deshonrado.»

Y de humillación pública cuando dice:

“Alfonso no volverá a humillarme delante de mis súbditos …”

En este orden de cosas, el matrimonio real tornó insostenible porque Alfonso se negó a reinar junto a su mujer, y Urraca se negó a desaparecer tras la figura de su marido por lo que optó por tomar una decisión inusitada: prescindir de él.

Buscó apoyos entre la nobleza leonesa y castellana, se alió con el clero cuando fue necesario y defendió con firmeza su legitimidad por lo que fue acusada de todo aquello que una mujer poderosa no podía permitirse: ser caprichosa, inmoral e inestable.

Se forjó así una leyenda negra que durante siglos oscureció su figura, pero detrás de esas acusaciones se escondía una verdad incómoda; Urraca no obedecía, reinaba y para ello hubo de pagar el precio de un matrimonio roto y un reino dividido.

En 1114, el enlace fue declarado nulo, y la reina quedó sola frente a enemigos internos y externos, repudiada por su esposo y cuestionada por sus súbditos.

A pesar de todo ejerció el poder con plenitud. Firmaba diplomas con la fórmula solemne:

“Ego Urraka, Dei nutu totius Yspanie regina”,

proclamándose reina por la gracia de Dios de toda Hispania.

Afrontó rebeliones urbanas en Santiago y Sahagún, y supo maniobrar con inteligencia para mantener la legitimidad de su hijo como heredero. Su reinado fue un campo de batalla político donde se puso a prueba la capacidad femenina de ejercer autoridad, pero en medio de ese caos demostró un talante político notable. Supo castigar y perdonar, pactar y resistir. Cabalgó por sus dominios, se vistió de hierro, presidió cortes, otorgó fueros y defendió la autoridad real con una firmeza que muchos reyes varones no habrían soportado. Su vida personal fue utilizada como arma política, sus relaciones sentimentales fueron exageradas y juzgadas con una severidad que nunca se aplicó a los hombres. Lo que en un rey era pasión o estrategia, en ella era pecado y táctica.

Pero el golpe más doloroso estaba por llegar; su propio hijo, Alfonso Raimundez, fue utilizado por sus rivales y enemigos en contra suya al ser proclamado rey de Galicia siendo ella aún reina, por lo que se vio obligada a enfrentarse a él políticamente para no perder el trono.

Murió Urraca I de León y Castilla en Saldaña el 8 de marzo 1126 agotada por años de lucha ininterrumpida. No pasemos por alto la caprichosa casualidad de que en la actualidad ese día en España es el día de la mujer,

Tenía poco más de cuarenta años. Dejó un reino más estable del que había recibido y un heredero preparado para gobernar. Alfonso VII heredó la corona, pero también una enseñanza fundamental: el poder no se concede, se defiende.

Durante siglos, la reina leonesa fue recordada más por el escándalo que por su obra.

Hoy, la Historia empieza a rescatarla del prejuicio y a reconocerla como lo que fue: una pionera, una reina que gobernó en solitario cuando casi ninguna mujer podía o no sabía hacerlo, y lo hizo en un mundo de espadas, silencios impuestos y obediencias forzadas.