sábado, 28 de febrero de 2026

RODRIGO DÍAZ DE VIVAR “EL CID” ¿MERCENARIO O CAMPEADOR?

 

“DESCLASIFICANDO” MITOS MEDIEVALES

En estos días en los que la desclasificación de documentos cobra especial relevancia, quizás no para todos, me asalta la idea de remozar ciertos mitos de personajes cuya vida y hazañas hemos engullido sin cuestionarlas.

Este puede ser el caso de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido por “El Cid Campeador”, cuyo márquetin medieval ha sido digno de la mejor de las agencias.

Pocas figuras del medievo peninsular han gozado de una proyección tan duradera y eficaz como la del Cid. Héroe nacional, paradigma del caballero cristiano, símbolo de la Reconquista y modelo de virtudes como el honor, la lealtad y el valor. Sin embargo, cuando se examinan con detenimiento las fuentes históricas y se comparan con la imagen transmitida por la tradición literaria y escolar, emerge un personaje más complejo, ambiguo y, en muchos aspectos, más interesante que el héroe sin fisuras que nos han “vendido”.

Nacido en Vivar, cerca de Burgos, en 1048 en el seno de una familia de la pequeña nobleza, no fue heredero de vastos dominios, era segundón, lo que explica en parte su necesidad de labrarse un nombre a través de las armas.

El primer mito a desmontar es que era un guerrero invencible y de gran porte, la realidad es que su figura física era más bien modesta y, aunque fue un líder brillante, los registros de la época apuntan a que era un hombre de pequeña estatura, apenas superaba el metro y medio, imagen bastante lejana a aquella que nos ha presentado el cine de hombre alto y corpulento.

Su ascenso se produce al servicio de la corte castellana, primero bajo el reinado de Sancho II y después bajo el de Alfonso VI.

El joven Rodrigo destacó en estas luchas siendo alférez y abanderado de Sancho II, momento en el que alcanzó el sobrenombre de Campeador, es decir batallador, que le acompañaría toda su vida, hasta el punto de ser habitualmente conocido por él tanto entre cristianos como entre musulmanes.

Tras la muerte de Sancho II en Zamora, su hermano Alfonso VI se convierte en rey y a pesar del resentimiento que tenía hacia Rodrigo Díaz tras las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072), en las que el nuevo monarca se vio obligado a refugiarse en la corte musulmana, lo honró concediéndole la mano de la dama Jimena, al parecer hija del Conde Diego Fernández y pariente del propio monarca.

La Historia nos cuenta sin embargo que el famoso Juramento de Santa Gadea, en el que el Cid obliga a Alfonso VI a jurar que no participó en el asesinato de su hermano Sancho pertenece al terreno de la leyenda. No aparece en las fuentes contemporáneas y responde más bien a una construcción literaria posterior, diseñada para engrandecer la figura del héroe frente al poder real.


«En Santa Gadea de Burgos, do juran los hijosdalgo,

le toman la jura a Alfonso por la muerte de su hermano.

Se la tomaba el buen Cid, ese buen Cid castellano,

sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo

y con unos evangelios y un crucifijo en la mano».


Así comienza uno de los episodios más míticos y poderosos sobre El Cid. Este pasaje nos presenta a un Rodrigo Díaz de Vivar afligido por el asesinato de su señor, Sancho II de Castilla, que obliga al nuevo monarca, Alfonso VI, a jurar ante Dios que no ha tenido nada que ver en el magnicidio, lo que le cuesta según “El Cantar del mío Cid” el primero de sus dos exilios.

«“Villanos te maten, rey, villanos que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo, que no sean castellanos; mátente con aguijadas, no con lanzas ni con dardos” Las palabras son tan fuertes que al buen rey ponen espanto».

Y es que esta obra maestra de la literatura medieval, compuesta varias décadas después de su muerte, no pretendió en ningún momento ser una biografía sino un poema épico, con vocación de epopeya, en el que el Cid aparece como modelo de mesura, justicia y lealtad incluso cuando es injustamente tratado.

El poema elimina o suaviza los aspectos más problemáticos del personaje: su mercenariado, su autonomía política y su ambición personal. A cambio, ofrece una figura ejemplar que encaja perfectamente en el proyecto de legitimación de la monarquía y la nobleza castellanas. El éxito del Cantar fue tal que fijó durante siglos la imagen canónica del Cid en el imaginario colectivo.

Pero lo cierto y verdad, es que esa imagen del vasallo perfecto, eternamente leal a su rey, comienza a resquebrajarse cuando se analizan los destierros que sufrió y las razones políticas que los motivaron.

Alfonso VI era un rey con altas dotes diplomáticas, en una España convulsa y fragmentada, que optó por comportarse como un emperador, consiguiendo con ello someter a prácticamente todo Al Ándalus a través de la guerra y de las relaciones políticas. Logró, por ejemplo, que la taifa de Toledo fuera su aliada.

Sin tener en cuenta nada de esto, y en contestación a un ataque que había sufrido el reino de Castilla por parte musulmana, Rodrigo decidió actuar por su cuenta y lanzó una expedición de castigo contra los territorios que él creía culpables, y resultó que estos pertenecían a dicha taifa. Arrasó dichos territorios en un momento en el que Alfonso ya contemplaba hacerse dueño de ellos utilizando sus dotes diplomáticas. Este fue motivo suficiente para constituir el primer destierro.

No sucede lo mismo con el segundo. En ese caso incumplió la obligación de auxiliar a su señor, y fallar en el auxilio suponía incumplir una de sus dos obligaciones básicas; la otra era la del consejo, convirtiéndose con ello en un traidor.

En noviembre de 1088, Alfonso VI solicitó ayuda al Cid para atacar a los almorávides que sitiaban la fortaleza de Aledo en Murcia. El encuentro entre las tropas de Alfonso y del Cid debía producirse en la zona alicantina de Villena, pero este encuentro nunca llegó a producirse. El rey Alfonso, furioso por no haber recibido la ayuda solicitada, lo declaró traidor, máxima deshonra para un caballero, cuyas consecuencias eran terribles: la pérdida de todos sus bienes y el destierro.

Estos destierros, a pesar de ser considerados en su tiempo una tremenda injusticia, fueron para él una oportunidad porque, libre de ataduras formales, actuó como un mercenario ofreciendo sus servicios tanto a señores cristianos como musulmanes. Combatió al servicio gobernantes musulmanes como al-Muqtadir de Zaragoza, enfrentándose incluso a ejércitos cristianos. Este dato, históricamente incómodo, suele minimizarse o justificarse como una audaz artimaña al servicio de un bien mayor.

Todo parece indicar que el Cid luchó por quien le pagaba y le garantizaba poder. En esto no fue diferente de muchos otros líderes militares de su tiempo. La frontera entre “lo cristiano” y “lo musulmán” se volvió permeable, y las lealtades se redefinían constantemente. La épica posterior necesitaba valiente batallador, pero la realidad histórica nos muestra a un profesional de la guerra.

Pero la culminación de la carrera del Cid fue la conquista y el gobierno de Valencia, lo que puso de manifiesto hasta qué punto su proyecto era personal. En 1093 cercó la capital que, como consecuencia de ello, empezó a sufrir privaciones. Su ejército emplazó máquinas de guerra que provocaron grandes destrozos en los muros de la ciudad, y tras un año de sitio, por fin Valencia cayó en sus manos proclamándose por ello “príncipe Rodrigo el Campeador” el 17 de junio de 1094.

A pesar de la victoria, los intentos almorávides por recuperar la ciudad no cejaron, y a mediados de septiembre de ese mismo año un ejército al mando de Abu Abdalá Muhammad fue derrotado por el Cid en una batalla campal a cinco kilómetros de la ciudad, tras un intento de asedio.

A pesar del empeño de Alfonso VI, Valencia no había sido incorporada a la corona castellana; funcionaba como un señorío prácticamente independiente. Rodrigo Díaz la gobernó con mano firme, manteniendo estructuras administrativas musulmanas y permitiendo la permanencia de la población islámica siempre que aceptara su autoridad.

Este gobierno más pragmático que ideológico contrasta con la imagen de cruzado fervoroso que se le atribuyó más tarde, pero si parece cierto que el Cid fue un gobernante eficaz que supo gobernar con eficacia una ciudad compleja. Su viuda, Jimena, mantuvo el control tras su muerte durante un tiempo, lo que demuestra que el proyecto valenciano no fue una simple aventura militar, sino una empresa política consciente.

Hemos de aceptar que él mismo, con sus eufemismos, fue su mayor defensor porque desde el principio habló de su “cruzada” contra la República y se hizo llamar caudillo, cargo medieval que llegó a calar tan hondo históricamente que fue incluso recogido en las partidas de Alfonso X.

También se ha hablado hasta la saciedad de sus espadas Colada y Tizona y de su caballo Babieca, recogidos tanto unas como otro en “El Cantar del mío Cid”. Nadie duda que el Campeador poseyera colosales espadas y magníficos caballos; pero también es muy posible que “el aura épico-medieval”, con fines claramente literarios, jugase aquí un papel relevante puesto que no ha quedado históricamente acreditado que el caballo o las espadas existieran realmente con esos nombres, y es muy posible que formen parte de una magnífica leyenda que ha sobrevivido con inoxidable dignidad al paso histórico del tiempo. He de reconocer que, como lectora amante de la Historia, he sufrido cierta decepción al saber que se cuestiona su existencia.

Si hemos de seguir desmotando mitos de este controvertido personaje histórico, uno de los más clamorosos es la victoria después de muerto narrada, como no, en “El Cantar del mío Cid”.

La leyenda de su cadáver ganando una batalla montado a caballo denota un claro interés de elevarlo a la categoría de heroico mártir, para poder reutilizar su figura según las necesidades del momento histórico; y prueba de ello es que durante la Edad Moderna, fue exaltado como defensor de la fe, en el siglo XIX, el romanticismo lo convirtió en símbolo de la nación española, y en el siglo XX, el cine y la educación franquista reforzaron su papel como símbolo de la patria junto con Pelayo, Covadonga o Agustina de Aragón en la lucha contra “el infiel” o “el enemigo”.

Fueron los musulmanes los únicos que se atrevieron desde el principio a cuestionarlo y a perfilar la “cara B” del batallador. A finales del S. XIX un arabista holandés habló de torturas y asesinatos como armas utilizadas por el Cid para debilitar moralmente al enemigo. Menéndez Pidal, gran defensor del controvertido personaje, tachó por ello al historiador de “Cidófobo”.

En definitiva, “desclasificar” la imagen del Cid no significa destruirla, sino comprenderla. Reconocer que fue un hombre de su tiempo, con virtudes y contradicciones, lo hace más humano y, paradójicamente, más relevante. Su capacidad de adaptación, su inteligencia política y su ambición personal, explican mejor su éxito que cualquier ideal abstracto de cruzada o patriotismo.

Quizás el verdadero legado del Cid no sea el del caballero perfecto, sino el del individuo que supo moverse con habilidad en un mundo fragmentado y violento. Al retirar el velo del mito, no perdemos al héroe; ganamos una lección histórica sobre cómo se construyen las leyendas y para qué sirven.

En tiempos en los que la revisión crítica del pasado genera incomodidad, la figura del Cid Campeador nos recuerda que la historia no es un conjunto de relatos intocables, sino un archivo siempre abierto a nuevas lecturas. Y que, a veces, desclasificar es la única forma honesta de comprender.