sábado, 28 de febrero de 2026

RODRIGO DÍAZ DE VIVAR “EL CID” ¿MERCENARIO O CAMPEADOR?

 

“DESCLASIFICANDO” MITOS MEDIEVALES

En estos días en los que la desclasificación de documentos cobra especial relevancia, quizás no para todos, me asalta la idea de remozar ciertos mitos de personajes cuya vida y hazañas hemos engullido sin cuestionarlas.

Este puede ser el caso de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido por “El Cid Campeador”, cuyo márquetin medieval ha sido digno de la mejor de las agencias.

Pocas figuras del medievo peninsular han gozado de una proyección tan duradera y eficaz como la del Cid. Héroe nacional, paradigma del caballero cristiano, símbolo de la Reconquista y modelo de virtudes como el honor, la lealtad y el valor. Sin embargo, cuando se examinan con detenimiento las fuentes históricas y se comparan con la imagen transmitida por la tradición literaria y escolar, emerge un personaje más complejo, ambiguo y, en muchos aspectos, más interesante que el héroe sin fisuras que nos han “vendido”.

Nacido en Vivar, cerca de Burgos, en 1048 en el seno de una familia de la pequeña nobleza, no fue heredero de vastos dominios, era segundón, lo que explica en parte su necesidad de labrarse un nombre a través de las armas.

El primer mito a desmontar es que era un guerrero invencible y de gran porte, la realidad es que su figura física era más bien modesta y, aunque fue un líder brillante, los registros de la época apuntan a que era un hombre de pequeña estatura, apenas superaba el metro y medio, imagen bastante lejana a aquella que nos ha presentado el cine de hombre alto y corpulento.

Su ascenso se produce al servicio de la corte castellana, primero bajo el reinado de Sancho II y después bajo el de Alfonso VI.

El joven Rodrigo destacó en estas luchas siendo alférez y abanderado de Sancho II, momento en el que alcanzó el sobrenombre de Campeador, es decir batallador, que le acompañaría toda su vida, hasta el punto de ser habitualmente conocido por él tanto entre cristianos como entre musulmanes.

Tras la muerte de Sancho II en Zamora, su hermano Alfonso VI se convierte en rey y a pesar del resentimiento que tenía hacia Rodrigo Díaz tras las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072), en las que el nuevo monarca se vio obligado a refugiarse en la corte musulmana, lo honró concediéndole la mano de la dama Jimena, al parecer hija del Conde Diego Fernández y pariente del propio monarca.

La Historia nos cuenta sin embargo que el famoso Juramento de Santa Gadea, en el que el Cid obliga a Alfonso VI a jurar que no participó en el asesinato de su hermano Sancho pertenece al terreno de la leyenda. No aparece en las fuentes contemporáneas y responde más bien a una construcción literaria posterior, diseñada para engrandecer la figura del héroe frente al poder real.


«En Santa Gadea de Burgos, do juran los hijosdalgo,

le toman la jura a Alfonso por la muerte de su hermano.

Se la tomaba el buen Cid, ese buen Cid castellano,

sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo

y con unos evangelios y un crucifijo en la mano».


Así comienza uno de los episodios más míticos y poderosos sobre El Cid. Este pasaje nos presenta a un Rodrigo Díaz de Vivar afligido por el asesinato de su señor, Sancho II de Castilla, que obliga al nuevo monarca, Alfonso VI, a jurar ante Dios que no ha tenido nada que ver en el magnicidio, lo que le cuesta según “El Cantar del mío Cid” el primero de sus dos exilios.

«“Villanos te maten, rey, villanos que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo, que no sean castellanos; mátente con aguijadas, no con lanzas ni con dardos” Las palabras son tan fuertes que al buen rey ponen espanto».

Y es que esta obra maestra de la literatura medieval, compuesta varias décadas después de su muerte, no pretendió en ningún momento ser una biografía sino un poema épico, con vocación de epopeya, en el que el Cid aparece como modelo de mesura, justicia y lealtad incluso cuando es injustamente tratado.

El poema elimina o suaviza los aspectos más problemáticos del personaje: su mercenariado, su autonomía política y su ambición personal. A cambio, ofrece una figura ejemplar que encaja perfectamente en el proyecto de legitimación de la monarquía y la nobleza castellanas. El éxito del Cantar fue tal que fijó durante siglos la imagen canónica del Cid en el imaginario colectivo.

Pero lo cierto y verdad, es que esa imagen del vasallo perfecto, eternamente leal a su rey, comienza a resquebrajarse cuando se analizan los destierros que sufrió y las razones políticas que los motivaron.

Alfonso VI era un rey con altas dotes diplomáticas, en una España convulsa y fragmentada, que optó por comportarse como un emperador, consiguiendo con ello someter a prácticamente todo Al Ándalus a través de la guerra y de las relaciones políticas. Logró, por ejemplo, que la taifa de Toledo fuera su aliada.

Sin tener en cuenta nada de esto, y en contestación a un ataque que había sufrido el reino de Castilla por parte musulmana, Rodrigo decidió actuar por su cuenta y lanzó una expedición de castigo contra los territorios que él creía culpables, y resultó que estos pertenecían a dicha taifa. Arrasó dichos territorios en un momento en el que Alfonso ya contemplaba hacerse dueño de ellos utilizando sus dotes diplomáticas. Este fue motivo suficiente para constituir el primer destierro.

No sucede lo mismo con el segundo. En ese caso incumplió la obligación de auxiliar a su señor, y fallar en el auxilio suponía incumplir una de sus dos obligaciones básicas; la otra era la del consejo, convirtiéndose con ello en un traidor.

En noviembre de 1088, Alfonso VI solicitó ayuda al Cid para atacar a los almorávides que sitiaban la fortaleza de Aledo en Murcia. El encuentro entre las tropas de Alfonso y del Cid debía producirse en la zona alicantina de Villena, pero este encuentro nunca llegó a producirse. El rey Alfonso, furioso por no haber recibido la ayuda solicitada, lo declaró traidor, máxima deshonra para un caballero, cuyas consecuencias eran terribles: la pérdida de todos sus bienes y el destierro.

Estos destierros, a pesar de ser considerados en su tiempo una tremenda injusticia, fueron para él una oportunidad porque, libre de ataduras formales, actuó como un mercenario ofreciendo sus servicios tanto a señores cristianos como musulmanes. Combatió al servicio gobernantes musulmanes como al-Muqtadir de Zaragoza, enfrentándose incluso a ejércitos cristianos. Este dato, históricamente incómodo, suele minimizarse o justificarse como una audaz artimaña al servicio de un bien mayor.

Todo parece indicar que el Cid luchó por quien le pagaba y le garantizaba poder. En esto no fue diferente de muchos otros líderes militares de su tiempo. La frontera entre “lo cristiano” y “lo musulmán” se volvió permeable, y las lealtades se redefinían constantemente. La épica posterior necesitaba valiente batallador, pero la realidad histórica nos muestra a un profesional de la guerra.

Pero la culminación de la carrera del Cid fue la conquista y el gobierno de Valencia, lo que puso de manifiesto hasta qué punto su proyecto era personal. En 1093 cercó la capital que, como consecuencia de ello, empezó a sufrir privaciones. Su ejército emplazó máquinas de guerra que provocaron grandes destrozos en los muros de la ciudad, y tras un año de sitio, por fin Valencia cayó en sus manos proclamándose por ello “príncipe Rodrigo el Campeador” el 17 de junio de 1094.

A pesar de la victoria, los intentos almorávides por recuperar la ciudad no cejaron, y a mediados de septiembre de ese mismo año un ejército al mando de Abu Abdalá Muhammad fue derrotado por el Cid en una batalla campal a cinco kilómetros de la ciudad, tras un intento de asedio.

A pesar del empeño de Alfonso VI, Valencia no había sido incorporada a la corona castellana; funcionaba como un señorío prácticamente independiente. Rodrigo Díaz la gobernó con mano firme, manteniendo estructuras administrativas musulmanas y permitiendo la permanencia de la población islámica siempre que aceptara su autoridad.

Este gobierno más pragmático que ideológico contrasta con la imagen de cruzado fervoroso que se le atribuyó más tarde, pero si parece cierto que el Cid fue un gobernante eficaz que supo gobernar con eficacia una ciudad compleja. Su viuda, Jimena, mantuvo el control tras su muerte durante un tiempo, lo que demuestra que el proyecto valenciano no fue una simple aventura militar, sino una empresa política consciente.

Hemos de aceptar que él mismo, con sus eufemismos, fue su mayor defensor porque desde el principio habló de su “cruzada” contra la República y se hizo llamar caudillo, cargo medieval que llegó a calar tan hondo históricamente que fue incluso recogido en las partidas de Alfonso X.

También se ha hablado hasta la saciedad de sus espadas Colada y Tizona y de su caballo Babieca, recogidos tanto unas como otro en “El Cantar del mío Cid”. Nadie duda que el Campeador poseyera colosales espadas y magníficos caballos; pero también es muy posible que “el aura épico-medieval”, con fines claramente literarios, jugase aquí un papel relevante puesto que no ha quedado históricamente acreditado que el caballo o las espadas existieran realmente con esos nombres, y es muy posible que formen parte de una magnífica leyenda que ha sobrevivido con inoxidable dignidad al paso histórico del tiempo. He de reconocer que, como lectora amante de la Historia, he sufrido cierta decepción al saber que se cuestiona su existencia.

Si hemos de seguir desmotando mitos de este controvertido personaje histórico, uno de los más clamorosos es la victoria después de muerto narrada, como no, en “El Cantar del mío Cid”.

La leyenda de su cadáver ganando una batalla montado a caballo denota un claro interés de elevarlo a la categoría de heroico mártir, para poder reutilizar su figura según las necesidades del momento histórico; y prueba de ello es que durante la Edad Moderna, fue exaltado como defensor de la fe, en el siglo XIX, el romanticismo lo convirtió en símbolo de la nación española, y en el siglo XX, el cine y la educación franquista reforzaron su papel como símbolo de la patria junto con Pelayo, Covadonga o Agustina de Aragón en la lucha contra “el infiel” o “el enemigo”.

Fueron los musulmanes los únicos que se atrevieron desde el principio a cuestionarlo y a perfilar la “cara B” del batallador. A finales del S. XIX un arabista holandés habló de torturas y asesinatos como armas utilizadas por el Cid para debilitar moralmente al enemigo. Menéndez Pidal, gran defensor del controvertido personaje, tachó por ello al historiador de “Cidófobo”.

En definitiva, “desclasificar” la imagen del Cid no significa destruirla, sino comprenderla. Reconocer que fue un hombre de su tiempo, con virtudes y contradicciones, lo hace más humano y, paradójicamente, más relevante. Su capacidad de adaptación, su inteligencia política y su ambición personal, explican mejor su éxito que cualquier ideal abstracto de cruzada o patriotismo.

Quizás el verdadero legado del Cid no sea el del caballero perfecto, sino el del individuo que supo moverse con habilidad en un mundo fragmentado y violento. Al retirar el velo del mito, no perdemos al héroe; ganamos una lección histórica sobre cómo se construyen las leyendas y para qué sirven.

En tiempos en los que la revisión crítica del pasado genera incomodidad, la figura del Cid Campeador nos recuerda que la historia no es un conjunto de relatos intocables, sino un archivo siempre abierto a nuevas lecturas. Y que, a veces, desclasificar es la única forma honesta de comprender.







jueves, 5 de febrero de 2026

URRACA I, “LA TEMERARIA”

 

UNA REINA MALTRATADA POR LA HISTORIA QUE PELEÓ POR SU DERECHO AL TRONO Y ENALTECIÓ LA OBLIGACIÓN DE REINAR

 



Urraca I de León y Castilla conocida como “la Temeraria” no fue soberana dócil ni sumisa, ya nos da pista de ello su sobrenombre, sí fue sin embargo una de las mujeres con poder más complejas y humanas de la Edad Media peninsular y la primera reina de pleno derecho en la Historia de España y de Europa.

Nacida en León el 24 de junio de 1081, Urraca Alfónsez era hija de Alfonso VI de León conocido como “el Bravo”, conquistador de Toledo y artífice de uno de los reinos cristianos más influyentes de su tiempo, y de Constanza de Borgoña perteneciente a la Casa Cluny, uno de los linajes más importantes de Francia; y a pesar de ser la primogénita fue educada para ser reina consorte y no soberana.

Su instrucción y formación se apoyó fundamentalmente en protocolo, política, religiosidad y el valor de las alianzas; todo ello convenientemente aderezado con el silencio y la prudencia que se esperaba de una mujer noble.

Durante años su padre buscó desesperadamente un primogénito que asegurara la continuidad de su obra política y llegó a tener hijos varones, pero todos murieron antes de alcanzar el trono.

A los doce años, en 1093, es desposada con el conde Raimundo de Borgoña, mucho mayor que ella, con quien concibe dos hijos: Sancha y Alfonso Raimundez. También ese año nace un medio hermano varón hijo del rey Alfonso y de una cautiva mora convertida al cristianismo de nombre Zaida que fue bautizada con el nombre de Isabel. El nacimiento del infante D. Sancho desplazó sin remedio a Urraca en la línea sucesoria.

Muere el conde de Borgoña en 1107 convirtiendo con ello a Urraca en una joven infanta viuda, pieza muy codiciada en el tablero de ajedrez medieval, pero la muerte de su hermanastro Sancho un año después en la Batalla de Uclés, la coloca donde siempre quiso estar; en la primera en línea sucesoria

A punto de fallecer el rey Alfonso impone a su hija una nueva boda esta vez con Alfonso I de Aragón al que no se le conocían ni amantes ni hijos ni mujer alguna en su vida, circunstancia harto extraña para la época.

Las crónicas cristianas hablaban de un monje guerrero, de ahí el sobrenombre de “el Batallador”; las musulmanas hablaban claramente de la homosexualidad del rey aragonés. Lo cierto y verdad es que Alfonso dio muestras durante toda su vida de odiar a las mujeres en general y a la suya en particular.

Empezó con mal pie el matrimonio pues “el Batallador” hizo introducir una cláusula en las capitulaciones del nuevo enlace en la que se recogía que el heredero al reino sería el nacido de este matrimonio, y no el que ya existía fruto del anterior con Raimundo de Borgoña.

Parece evidente que Alfonso de Aragón se casó con Urraca con el único propósito de usurparle el reino sin ser consciente de a quién se enfrentaba, porque la reina de León y Castilla tenía bastante claro que era ella quien debía ejercer el poder por derecho y con la obligación de hacerlo igual que lo haría un hombre.

Entendía que por ser mujer no debía ser menos regio este ejercicio, pero hemos de apartar de este criterio toda idea de feminismo pues hablar de este concepto político-social en la Edad Media es tan anacrónico como hablar de una hamburguesa, y sin embargo la reina Urraca defendió derechos que entendía debían asistir a las mujeres promulgando varios reales decretos en este sentido.

Su esposo “el Batallador” hizo alarde del sobrenombre para mal en su vida conyugal y la convirtió en una auténtica tortura para su mujer a la que infligió en alguna ocasión malos tratos, que ella relató con un nivel de detalle insólito para la época.

Así, existe un documento político de la época recogido en el libro de Isabel San Sebastián en el que Urraca habla en primera persona de vejámenes, cautiverio y violencia física y en el que literalmente dice:

“«Cuáles y cuántas deshonras, dolores y tormentos padecí mientras estuve con él, nadie mejor que tu prudencia lo sabe. Pues no solo me deshonraba continuamente con torpes palabras, sino que toda persona noble ha de lamentar que muchas veces mi rostro haya sido manchado con sus sucias manos y que yo haya sido golpeada con su pie.»

También habla del encierro y cautiverio impuesto por su marido:

«Es él quien ha hecho pedazos ese acuerdo al prenderme y encerrarme en este infame calabozo. Presume de haberme repudiado, sin contar con el consejo de los hombres sabios… Me ha deshonrado.»

Y de humillación pública cuando dice:

“Alfonso no volverá a humillarme delante de mis súbditos …”

En este orden de cosas, el matrimonio real tornó insostenible porque Alfonso se negó a reinar junto a su mujer, y Urraca se negó a desaparecer tras la figura de su marido por lo que optó por tomar una decisión inusitada: prescindir de él.

Buscó apoyos entre la nobleza leonesa y castellana, se alió con el clero cuando fue necesario y defendió con firmeza su legitimidad por lo que fue acusada de todo aquello que una mujer poderosa no podía permitirse: ser caprichosa, inmoral e inestable.

Se forjó así una leyenda negra que durante siglos oscureció su figura, pero detrás de esas acusaciones se escondía una verdad incómoda; Urraca no obedecía, reinaba y para ello hubo de pagar el precio de un matrimonio roto y un reino dividido.

En 1114, el enlace fue declarado nulo, y la reina quedó sola frente a enemigos internos y externos, repudiada por su esposo y cuestionada por sus súbditos.

A pesar de todo ejerció el poder con plenitud. Firmaba diplomas con la fórmula solemne:

“Ego Urraka, Dei nutu totius Yspanie regina”,

proclamándose reina por la gracia de Dios de toda Hispania.

Afrontó rebeliones urbanas en Santiago y Sahagún, y supo maniobrar con inteligencia para mantener la legitimidad de su hijo como heredero. Su reinado fue un campo de batalla político donde se puso a prueba la capacidad femenina de ejercer autoridad, pero en medio de ese caos demostró un talante político notable. Supo castigar y perdonar, pactar y resistir. Cabalgó por sus dominios, se vistió de hierro, presidió cortes, otorgó fueros y defendió la autoridad real con una firmeza que muchos reyes varones no habrían soportado. Su vida personal fue utilizada como arma política, sus relaciones sentimentales fueron exageradas y juzgadas con una severidad que nunca se aplicó a los hombres. Lo que en un rey era pasión o estrategia, en ella era pecado y táctica.

Pero el golpe más doloroso estaba por llegar; su propio hijo, Alfonso Raimundez, fue utilizado por sus rivales y enemigos en contra suya al ser proclamado rey de Galicia siendo ella aún reina, por lo que se vio obligada a enfrentarse a él políticamente para no perder el trono.

Murió Urraca I de León y Castilla en Saldaña el 8 de marzo 1126 agotada por años de lucha ininterrumpida. No pasemos por alto la caprichosa casualidad de que en la actualidad ese día en España es el día de la mujer,

Tenía poco más de cuarenta años. Dejó un reino más estable del que había recibido y un heredero preparado para gobernar. Alfonso VII heredó la corona, pero también una enseñanza fundamental: el poder no se concede, se defiende.

Durante siglos, la reina leonesa fue recordada más por el escándalo que por su obra.

Hoy, la Historia empieza a rescatarla del prejuicio y a reconocerla como lo que fue: una pionera, una reina que gobernó en solitario cuando casi ninguna mujer podía o no sabía hacerlo, y lo hizo en un mundo de espadas, silencios impuestos y obediencias forzadas.

martes, 6 de enero de 2026

BERENGUELA DE CASTILLA LA REINA QUE NO QUISO SERLO

 

“LA ESTRATEGA INVISIBLE QUE UNIÓ DOS CORONAS”

Es Berenguela ejemplo claro de otra forma de poder más discreta pero igualmente poderosa y decisiva; hablo de la diplomacia, la negociación y la inteligencia política; y en este terreno ella destacó de manera excepcional porque gobernó sin alardes y en la sombra, porque reinó sin querer reinar y porque cambió el rumbo de la Historia de España sin empuñar una espada. Lo hizo en un reino donde el poder lo ostentaban los hombres, y dónde su única ambición fue la de mantener unido a su pueblo y ser la mejor madre.

Se desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque todo apunta a que fue en los primeros meses del año 1180 en Burgos.  El hecho de que fuera nieta de Leonor de Aquitania, era hija de Leonor de Plantagenet también conocida por Leonor de Inglaterra y de Alfonso VIII de Castilla y por tanto abuela de Alfonso X “el Sabio”, la colocan en un lugar preferente de la Historia de España, y a nosotros de nuevo ante el rancio linaje de los Plantagenet. Pero ella por sí misma fue una figura relevante cuya personalidad marcó la vida de sus hijos y la de su nieto “el rey Sabio”, ya que se encargó personalmente de su educación y formación, y sin embargo es un personaje desconocido para el gran público más habituado a fijarse en personajes como “Los Reyes Católicos”, Juana “La Loca”La Beltraneja” o Felipe “el Hermoso”. Quizás sea una cuestión de márquetin medieval, pero ella también recibió un sobrenombre: fue el de Berenguela “La grande”.

El hecho de ser la primogénita de los reyes de Castilla la colocaba en primer lugar en la línea de sucesión al trono, pero el posterior nacimiento de un hermano varón la desplazó sin remedio al segundo lugar en esta línea sucesoria tal y como pasaría con Leonor de Borbón y Ortiz, actual princesa de Asturias y por tanto heredera al trono español, si tuviera un hermano varón, aunque fuera menor que ella(1). Y aunque las razones sucesorias no fueran exactamente las mismas, Berenguela es anterior a Las Siete Partidas de su nieto Alfonso X y Leonor de Borbón es posterior, las consecuencias sucesorias si lo son.

Sin obviar que en el reino de Castilla reinaban las mujeres en ausencia de varón; en el de Aragón directamente no reinaban, ni siquiera en ausencia de varón.

Su nombre le fue impuesto en honor a su bisabuela, esposa de Alfonso VII e hija de Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y, de la misma manera que sus hermanas Urraca y Blanca de Castilla, recibió una esmerada educación basada en la lectura, el latín, estudios de Derecho y administración que sería el baluarte de su vida.

A la edad de ocho años su madre la promete con el joven duque Conrado hijo del emperador alemán quien acepta el compromiso por tratarse de la princesa heredera del reino de Castilla, pero tras el nacimiento de un hermano varón este enlace pierde todo el interés para los germánicos, pues el acontecimiento desbanca sin remedio a Berenguela de la posibilidad de alcanzar el trono español.

Tras ese primer intento, su madre inicia conversaciones nuevamente, pero esta vez dentro del territorio español, y propone como esposo para Berenguela a Alfonso IX rey de León. La unión entre tío y sobrina, pues él era primo hermano de su padre, se produce en 1197. Alfonso IX otorga su mujer ciertas plazas y castillos para disfrute propio, a cambio Castilla devuelve a León todos los territorios usurpados en momentos de guerra. Del matrimonio nacen cinco hijos y parece quererse, sin embargo, en 1204 el enlace es anulado por el papa Inocencio III por existir lazos de consanguinidad demasiado cercanos por lo que Berenguela vuelve a Castilla, quedando sus cinco hijos legitimados, pero en León.  Desde ese momento el único propósito de “la Grande” será que su hijo primogénito Fernando llegue a reinar.

Y es que el papel de madre de Berenguela fue antepuesto por ella a cualquier otro. Cuentan las monjas que habitaban el Monasterio de la Virgen de Valparaíso, también conocido por Monasterio de Peleas, que el primogénito Fernando llegó al mundo en 1199 en circunstancias que hicieron temer lo peor desde el primer momento. Este nacimiento estuvo marcado por la profunda debilidad del vástago, un niño frágil y casi sin fuerzas cuya vida pendía de un hilo.

Berenguela plenamente consciente de ello, tomó al niño en brazos convencida de que no sobreviviría y empezó a acunarlo en silencio, sin lamentos ni aspavientos; con la serenidad de quien acata la voluntad divina sin cuestionarla. Las religiosas que la acompañaban, preparaban su ánimo para el cercano y fatal desenlace y dispusieron el rito para bautizarlo de urgencia si fuese necesario. La madre no cambió el gesto y permaneció firme toda la noche meciendo y encomendando a Dios a su recién nacido que ya apenas respiraba.

Pasaban las horas y no parecía que nada hubiese cambiado. Ya irrumpían los primeros rayos de la mañana cuando la abadesa se acercó a Berenguela alarmaba ante la falta de movilidad del niño y, contra todo pronóstico, cuando abrieron el arrullo para comprobar su estado observaron estupefactas cómo el infante Fernando había recuperado el color, su respiración se había estabilizado y dormía plácidamente en los brazos de su madre. Para las monjas que habían asistido al parto aquello no tenía explicación humana, por lo que el hecho fue interpretado como un milagro. Las religiosas afirmaron sin dudarlo que Dios había protegido al niño porque estaba destinado a grandes cosas, no sólo a ser un heredero real, era un elegido.

Este episodio encaja perfectamente con la imagen que siglos más tardes se construiría en torno al ya rey Fernando III conocido como “el Santo”, padre de Alfonso X, que fue canonizado en 1671 y recordado como un rey justo y piadoso.

Para Berenguela aquel momento debió quedar grabado en su alma para siempre. La madre que había acunado s su hijo en la convicción de que iba a morir es la misma mujer que años más tarde renunciaría a la Corona para colocarla en la cabeza de aquel niño frágil al que había llevado suavemente de la mano hasta el trono unificador de Castilla y León. Sin duda la vida de Fernando III estaría siempre ligada a la figura firme y silenciosa de su madre.

Desde el momento en que volvió a Castilla, después de la anulación de su matrimonio, tuvo la determinación de proteger los derechos de sus hijos frente a las tensiones sucesorias que se avecinaban. Y así fue, pronto empezaron los problemas porque su hermano, el joven rey Enrique I de Castilla, murió accidentalmente en 1217 abriéndose con ello una grave crisis sucesoria. Berenguela como hermana mayor y heredera legítima fue proclamada reina de Castilla, pero todos sabía que había aceptado la Corona por deber y no por ambición. Era plenamente consciente de las dificultades a las que iba a enfrentarse siendo una mujer sola, en una sociedad feudal dominada por una nobleza hostil y guerrera. Por ello, apenas unos meses después de ser proclamada reina tomó una decisión histórica: abdicó la Corona en su hijo Fernando. Este gesto insólito para la época tenía dos intenciones claras, asegurar el trono a su hijo, y gobernar desde la sombra, asesorando, mediando y garantizando la estabilidad del reino de Castilla con un gesto que el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, cronista y testigo de los hechos, calificó como:

“Da gran prudencia y sabiduría, anteponiendo el bien de su reino a su propio honor”

Pero no fue este un gesto aislado porque siguió haciendo alarde de ambos dones y su mayor logro llegaría en 1230, cuando tras la muerte de Alfonso IX de León, su esposo, el trono leonés debía pasar a las hijas que este tuvo con su primera mujer, Teresa de Portugal, Sancha y Dulce. La situación amenazaba con reabrir el viejo conflicto entre ambos reinos. Berenguela desplegó entonces toda su habilidad diplomática y negoció directamente con las infantas, alcanzando con ellas un acuerdo histórico: “El Tratado de las Tercerías de Benavente” gracias al cual Fernando III fue reconocido como rey de León a cambio de una compensación económica a sus hermanastras.  Es muy probable que para convencerlas se pusiera ella misma como ejemplo de renuncia.

Este acuerdo selló definitivamente la unión entre Castilla y León bajo una sola Corona, una unión que ya no volvería a romperse y que fue obtenida gracias a la inteligencia y las dotes diplomáticas de una mujer que sin ni siquiera sentarse en el trono había conseguido lo que generaciones de reyes no supieron obtener empuñando una espada.  

Sin duda Berenguela “la Grande” representa un modelo de poder muy distinto al que suele aparecer en los relatos medievales. No fue reina, no fue guerrera, no fue una figura pasiva o beligerante; fue una arquitecta de la política de la España medieval, una dirigente a la sombra que supo adaptarse a las limitaciones de su tiempo y convertirlas en ventajas políticas.

 

¡Qué bien nos vendría una figura política como la suya en estos tiempos de tan poca vocación y tanto desatino!



 (1) Leer artículo ¿Por qué podrá reinar la princesa Leonor sin que sea necesario reformar la Constitución? (10 de febrero del 20222)

https://lapuertaama.blogspot.com/2022/02/por-que-la-princesa-leonor-podra-reinar.html


martes, 9 de diciembre de 2025

RICARDO "CORAZÓN DE LEÓN" Y JUAN "SIN TIERRA".

      

LOS DOS BRAVOS HIJOS DE LEONOR DE AQUITANIA ENFRENTADOS POR EL TRONO DE INGLATERRA


A los cincuenta años Leonor seguía encerrada en Salisbury y aun así no había perdido la esperanza de volver a reinar. Su hijo Ricardo acababa de convertirse en rey, muerto su padre en 1189, bajo el nombre de Ricardo I y ella sabía que la primera orden de su reinado sería la de excarcelar a su madre. Así fue,

—¡Por fin voy a poder desempeñar el papel para el que he estado esperando tantos años!, ¡espero con ansiedad que mi hijo me lo pida! 

le dijo esa mañana al monje confesor que la visitaba dos veces por semana.

Mandó también Ricardo organizar su coronación como rey de Inglaterra con grandes fastos en la Abadía de Westminster y pidió que quedara prohibida la entrada a esta solemne ceremonia a judíos y mujeres; sus detractores quisieron ver en este gesto una muestra de su ocultada homosexualidad.

Coronado ya como Ricardo I, embarcó inmediatamente en una Tercera Cruzada, pero no sin antes dejar a alguien de absoluta confianza como regente de Inglaterra, no dudó un momento. Nadie mejor que su madre para hacerlo.

No se equivocaba el nuevo soberano, Leonor de Aquitania supo hacerse con las riendas de Inglaterra, casi con maestría, ganándose el beneplácito de los ingleses con facilidad en un tiempo en los que la mujer no gozaba de autoridad alguna.

Defendió sus tierras y consolidó el reinado de su hijo hasta el punto de negociar su liberación con inteligencia y audacia cuando, en su objetivo por liberar Jerusalén de las manos musulmanas en la Tercera Cruzada, este fue hecho prisionero por el soberano del Sacro Imperio Germánico Enrique VI, pidiendo para su liberación un cuantioso rescate que Leonor, removiendo cielo y tierra, logró obtener.

No pudo evitar sin embargo, a pesar de su ingente y acertada labor diplomática para mantener la fidelidad de los nobles, que su hijo pequeño Juan, apodado “sin Tierra”, destronase a su hermano mientras este se encontraba en cautiverio; estuvo apoyado en esta contienda por el rey de Francia Felipe II Augusto.

Tras su liberación Ricardo volvió a ocupar el trono inglés, por lo que fue coronado por segunda vez, pero Leonor no cesó en su empeño de reconciliar a sus hijos. Después de obtener la ansiada paz entre ellos se retiró a la Abadía de Fontevraud donde recibió la noticia de que el rey había sido herido por un flechazo en un hombro al tomar el Castillo de Châlus, y reclamaba su presencia.

No dudó un momento Leonor en abandonar su retiro, a pesar de haber cumplido ya los setenta y cinco años, para acudir a la presencia de su hijo. Se temía lo peor.

Se tornaron ciertas las terribles sospechas de la duquesa de Aquitania y sus peores presagios se cumplieron porque su hijo murió el 6 de abril de 1199, apenas llegó a socorrerlo, dejándola en la más absoluta de las desolaciones, pero siendo consciente de que debía posponer su dolor porque, a pesar de que el rey Ricardo había muerto sin descendencia, su hijo Juan no tenía asegurado ni el trono de Inglaterra ni los dominios de la familia,

—¡Qué terrible desgarro el de mi alma! No me siento capaz de sobreponerme a la muerte de otro de mis hijos, mascullaba Leonor entre sollozos.

—Ninguna madre debería pasar por tal desdicha y sin embargo debo postergar mi dolor, mi hijo Juan me necesita.

—Partiré en su auxilio una vez haya dado tierra a mi otro hijo, el rey Arturo.

—Es mi voluntad que sus entrañas sean enterradas en Aquitania, su cuerpo reciba sepultura en la Abadía de Fontevrault, a mi lado y en mi compañía, y su inconmensurable y valiente corazón de león repose eternamente en la Catedral de Rouen.

Y arrodillándose con esfuerzo frente a su cadáver, acarició lentamente con el dedo la divisa de su escudo de monarca en la que podía leerse:

“Dieu et mon droit”

“Dios y mi voluntad”


que pasaría a ser la leyenda heráldica de los escudos de los monarcas ingleses desde este fallecimiento.

Volvió Leonor a la Abadía de Fontevrault terriblemente triste pero tranquila por ver que su hijo había sido coronado como Juan I de Inglaterra.

Contra todo pronóstico, porque nadie esperaba que Juan fuese a heredar nada y menos la Corona siendo el menor de los hijos de Leonor y Enrique II, se hallaba sentado, y esta vez por derecho, en el trono inglés a pesar de que el mítico, y quizás inexistente, personaje de Robin Hood hubiera desprestigiado sin piedad ni mesura su reputación en favor de la de su hermano; o al menos eso era lo que contaba el pueblo llano al abrigo y bajo el espíritu de unas cervezas calientes en las tabernas locales.

Lo cierto y verdad es que el nuevo rey no destacó por su buen hacer y su reinado estuvo plagado de conflictos, tanto internos como externos, que lo llevaron a perder algunos territorios franceses, incluido Normandía, y esto debilitó su posición y provocó un terrible descontento entre sus nobles.

Juan era conocido por tener un carácter autoritario, probablemente heredado de su padre, y una tendencia a imponer su voluntad por encima de cualquier consejo que provocaba continuas tensiones en su reinado sobre todo con la Iglesia, llegando a ser excomulgado por el papa Inocencio III.

Estas tiranteces y su predisposición a sobrecargar de impuestos a los ingleses culminaron en la rebelión de un grupo de nobles que le obligaron a firmar una Carta Magna en Runnymede, el 15 de junio de 1215, que limitaba su poder y reconocía una serie de derechos fundamentales para “los hombres libres” de Inglaterra.

Lo paradójico de esta firma fue que, a pesar de que le fuera impuesta, rubricaba un documento que fue uno de los logros más significativos de su reinado pues sentó precedentes importantes para el desarrollo del Estado de Derecho y las libertades individuales en Inglaterra.

Incapaz de reconocer las bondades de esta Carta, el rey Juan I intentó desacreditarla, llegando a repudiarla, lo que provocó la “Primera Guerra de los Barones” y un descontento generalizado que acabó pasándole factura deteriorando gravemente su salud hasta llevarlo a la muerte, que se produjo el 19 de octubre de 1216. Le sucedió en el trono su hijo que fue coronado como Enrique III.

Hacía ya catorce años que había fallecido su longeva madre a la edad de ochenta y dos años y había pedido ser enterrada al lado de su hijo predilecto.

Él sin embargo quiso que se le diera sepultura en la Catedral de Worcester, junto al río Severn, alejado de los honores que se le dedicaron, incluso después de muertos, a los Plantagenet, su familia.

Quizás lo hizo en un último y consciente deseo de no volver a ser comparado con su hermano “lionheart”.

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

LEONOR DE AQUITANIA, LA GRAN DAMA DE EUROPA.

 

LA REINA QUE REINÓ DOS VECES

Aquella sala, aunque pequeña, resultaba acogedora; los primeros rayos de sol de la mañana se colaban entre las gruesas cortinas color vino del gran ventanal que coronaba la estancia.

Leonor había madrugado y se encontraba sentada en una silla de respaldo alto ricamente ornamentado en marfil al lado de la ventana, sus ojos parecían perderse entre los árboles del jardín.

—¡Quizás debí decírselo!  Pensaba.

El hecho de haber solicitado la anulación de su matrimonio con el rey Luis VII de Francia la intranquilizaba porque temía la reacción del monarca. Él siempre se había mostrado totalmente enamorado de ella, a pesar de que fue el suyo un matrimonio impuesto y motivado por la muerte de su padre, Guillermo X.

Sabía Leonor del dolor que se siente al perder a seres tan queridos porque su único hermano varón y su madre habían muerto en la primavera de 1130, siendo ella aún una niña.

En 1137 cuando Guillermo X, último conde de Poitiers y duque de Aquitania, partió en peregrinación a Santiago de Compostela dejando a ella y a su hermana Petronila al cuidado del arzobispo de Burdeos; no pensó ni por un momento que era su último viaje, que jamás volvería a verlas.

Tornó Leonor, con tan sólo quince años, en la heredera de Poitou y Aquitania, dominios franceses más grandes incluso que los del propio rey, y este hecho la convertía en una de las mujeres más poderosas de Europa, pero también en una tan indefensa como deseada presa a los ojos de cualquier noble depredador sediento de poder, capaz de cualquier cosa por alcanzar estatus, título y propiedades. 

Su padre que había previsto que esto pudiera suceder, la dejó bajo la tutela del rey Luís VI de Francia, conocido como Luis “el Gordo”, hasta que encontrara el marido adecuado.

No quiso el monarca desaprovechar la oportunidad, pues sabía que el encontrarse ya postrado permanentemente en el lecho debido a su obesidad lo abocaba sin piedad a una muerte cercana, y casó a la recién estrenada duquesa de Aquitania con su hijo el príncipe Luís, pasando con ello los vastos dominios de la joven a la Corona francesa.

No contó el soberano francés con que Leonor lejos de ser sumisa y callada era una joven rebelde, inteligente y segura que dominaba la historia y la aritmética, hablaba latín perfectamente y cabalgaba y cazaba como un varón. Había sido educada para mandar y por tanto iba a necesitar a su lado un marido fuerte y con criterio.

Quedo perdidamente enamorado el piadoso príncipe Luís desde el mismo momento en que Leonor irrumpió en su vida, quizás supo ver desde el principio que ella iba a ser fuerte donde él era débil y segura cuando él sintiera inseguridad, y esta circunstancia hizo que le consintiera todos sus caprichos y la dejara hacer y deshacer a su conveniencia.

Murió el obeso monarca poco después de celebrado el matrimonio convirtiéndose con ello el príncipe en Luís VII de Francia y Leonor en la reina de los francos, pero su energía y entusiasmo no fueron bien recibidos en la Corte francesa siendo la primera detractora de la nueva reina su suegra, la madre del rey, que pensaba que ejercía demasiada influencia sobre su hijo.

Leonor paseaba inquieta por la habitación, sus faldas de grueso brocado de seda crujían levemente al rozar a su paso con los muebles de la estancia. Sentía las manos frías, a pesar de lo soleado de la mañana, y buscó abrigarlas al calor del manto de lana que cubría la “chemise” corta de manga acampanada que había cosido para ella la más anciana de sus damas.

Estaba nerviosa, el proporcionar consuelo a su hermana la había ocasionado problemas y había despertado las iras de la Corte francesa. Quizás fue tomado por osadía el hecho de haber convencido a su marido para que apoyase a su hermana Petronila en sus amores con Raúl I “el Valiente”, casado con la hija del poderoso Esteban II de Blois, sin prever las consecuencias de este amparo.

¡Quién podía pensar que el apoyo a mi hermana iba a generar un conflicto de tal magnitud! murmuró en voz baja mientras se asomaba levemente al ventanal.

El hecho de que el soberano respaldase a Petronila y a Raúl, influido por Leonor, en unas relaciones ilícitas ocasionó un tumulto en la ciudad de Vitry que propició que la muchedumbre buscara refugio en una iglesia que acabó ardiendo; se perdieron más de mil vidas en el terrible incendio.

Sabía que el rey se sentía profundamente culpable por lo sucedido y que había buscado una manera solvente de expiar sus culpas. Quería limpiar su conciencia y nada mejor para ello que aceptar la proposición que le había hecho el papa Eugenio III de dirigir una Segunda Cruzada a Tierra Santa para recuperar el reino de Jerusalén.

Había decidido acompañarlo en la aventura cruz en mano, pero esta determinación no había hecho sino incomodar a la rígida moral de los miembros de la Iglesia de la época que empezaron desde entonces a considerarla una mujer libertina incapaz de acatar el papel de sumisión a su marido para el que, entendían, estaba destinada.

Tras un largo viaje el matrimonio decidió parar y alojarse en Antioquía, y allí empezó a forjarse una leyenda negra sobre ella debido a las frecuentes entrevistas que mantenía con su bien parecido tío Raimundo, príncipe de esta ciudad, que hicieron pensar a las intransigentes cabezas de la Corte que entre ellos existía una incestuosa relación, más allá de lo meramente familiar.

Llegados los rumores a oídos del rey, este se dispuso a abandonar con premura la ciudad turca, sin embargo la reina se negó a acompañar a su esposo por no entender lo apresurado de tal decisión incrementando y consolidando con ello su fama de mujer libertina y lujuriosa.

De regreso a Francia en el año 1152 la relación de la pareja estaba herida de muerte, reinaba el desconcierto y los reproches entre ellos, y  no contribuía a mejorarla el hecho de que hubieran tenido sólo hijas, dos; pero ningún hijo varón que pudiera heredar el trono.

La situación se volvió tan insostenible que Leonor solicitó la nulidad matrimonial, aun a riesgo de ser excomulgada.

Tengo treinta años y vuelvo a ser una de las mujeres más codiciadas de Europa, no debo permanecer mucho tiempo sola, mascullaba mientras miraba distraídamente el trasegar de la servidumbre en el patio colindante al jardín.

Necesito encontrar un marido acorde a mi linaje y mi posición y he de apresurarme en encontrarlo.

Y dicho y hecho; A los dos meses de su nulidad matrimonial contraía segundas nupcias en Poitiers con Enrique Plantagenet, duque de Normandía, futuro rey de Inglaterra y miembro de la familia rival de la monarquía francesa.

La unión era poderosa y Leonor lo sabía; con ella pasaba de ser reina de Francia a futura reina de Inglaterra en la misma primavera.

Hubo de esperar poco nuestra aspirante a soberana porque en 1154 Enrique se convirtió en Enrique II de Inglaterra, a la muerte de su padre.

Pronto empezaron las desavenencias entre los reyes porque eran dos personas de formidable carácter con el agravante de que la reina tenía once años más que su nuevo marido y no estaba dispuesta a obedecer las órdenes de un rey colérico y dominante, pero a pesar de sus frecuentes desencuentros Enrique era un hombre apasionado y tuvieron cinco hijos y tres hijas, y aun así todavía tuvo tiempo el monarca para mantener relaciones con numerosas amantes a las que alternaba con su mujer.

No aguantó la reina la última y cacareada relación de su marido con Rosamund Clifford y decidió marchar a Aquitania con algunos de sus hijos, los que habían heredado el carácter de su madre y no estaban dispuestos a permitir que su padre con sus continuas infidelidades la humillase ni un minuto más; también la acompañó en este viaje para apoyarla su hijo preferido, Ricardo.

Pronto vio el rey Enrique II cómo sus hijos se sublevaban contra él y empezó a sospechar que Leonor tenía un papel determinante en estas rebeliones por lo que, una vez sofocada la última de ellas, mandó encarcelar a su mujer en la Torre de Salisbury, en Old Sarum donde permaneció en cautiverio casi diez y seis años.

Durante su encierro forzoso se enteró de la muerte de dos de sus hijos; la del primogénito Enrique y también la de su amado Godofredo, el tercero de ellos. Con estas muertes se convierte en heredero a la Corona su predilecto hijo Ricardo que asciende al trono en 1189 a la muerte de su padre.

Empieza con ello la epopeya de Ricardo Corazón de León, rey guerrero que prefirió el campo de batalla a la afabilidad del trono.

 

Próximamente:

RICARDO CORAZÓN DE LEÓN Y JUAN SIN TIERRA.

LOS DOS BRAVOS HIJOS DE LEONOR DE AQUITANIA ENFRENTADOS POR EL TRONO DE INGLATERRA.


sábado, 25 de octubre de 2025

LA PROMISCUIDAD DE LA MONARQUIA ESPAÑOLA

 

HISTORIAS DE LA DOBLE MORAL REAL


Es atávica la imperiosa necesidad que ha tenido la monarquía desde que el mundo es mundo de perpetuar su dinastía proporcionando lo antes posible un heredero a La Corona, pero quizás esta no sea razón suficiente para justificar el “peregrinar de cama en cama” de algunos reyes españoles, porque no en todos los casos ha sido por verse inmersos en matrimonios de conveniencia. No olvidemos que cuando el resto de los mortales debía mantener un “código moral” la monarquía se levantaba sin pudor sus reales faldas ajena totalmente al mismo.

Si empezamos a hacer una crónica anterior a la dinastía Trastámara, sabremos que Pedro I de Castilla, hermanastro de Enrique II, fue un rey mujeriego que tuvo numerosas amantes destacando entre todas ellas María Padilla. Su medio hermano Enrique, fundador de la Casa Trastámara, sin embargo pasaría a la Historia más por su ambición que por su promiscuidad, aunque tuvo varias esposas y amantes, y es que la vida amorosa de este linaje no tuvo especial relevancia hasta llegar a Enrique IV, hijo de Juan II de Castilla y nieto de Enrique III que a su vez era nieto de Enrique II.

Pues bien, nuestro Enrique IV, siendo aún príncipe de Asturias, se casó a la edad de 15 años con Blanca de Navarra y pronto empezó a correr el rumor de que era impotente, aunque algunas prostitutas segovianas afirmaron que esto no era cierto, provocado este probablemente por su incapacidad para dejar a su esposa embarazada después de tres años de matrimonio.

No hubo duda, Blanca fue repudiada por el rey que ya había puesto los ojos en Juana de Portugal, catorce años menor que él, pero aun así sus detractores cuestionaron la paternidad de su hija Juana más por los rumores de la homosexualidad del monarca que por una posible impotencia, llegando el cronista Alonso de Palencia a afirmar que la inclinación sexual del soberano había sido heredada de su padre Juan II de Castilla, y que tanto el rey Enrique como su hija eran hijos ilegítimos.

Su medio hermana Isabel, también hija de Juan de II de Castilla, que con el tiempo y mucha tenacidad llegaría a reinar como “Isabel la Católica”, contrajo nupcias con Fernando II de Aragón que lo haría como “Fernando el Católico”; pero muy católico no es que fuera nuestro atractivo rey y aunque en este matrimonio no sólo hubiera política y también hubiera amor, quizás no fue el suficiente para evitar las infidelidades que estoicamente hubo de soportar la reina. Dicen que muerta Isabel víctima de lo que pudo ser un cáncer de útero en 1504, Fernando no tardo en casarse con Germana de Foix, treinta y seis años menor que él, lo que le obligó a emplearse a fondo en “los quehaceres conyugales”; tanto que empezó a abusar de un afrodisíaco conocido como “cantárida” que tuvo nefastas consecuencias para su salud.

Su yerno Felipe “El hermoso”, duque de Borgoña, se casó con su hija Juana pero este matrimonio no hizo sentar la cabeza al tarambana y promiscuo Felipe de Habsburgo que sometió a su mujer al mismo calvario ya sufrido por su madre, la reina “Católica”, aunque con peores consecuencias porque Juana sufrió tremendos arrebatos de ira ante tanta infidelidad que la llevaron incluso a agredir a una de sus damas de compañía o a acechar a su marido en una fiesta de la Corte estando en avanzado estado de gestación, lo que propició que diera a luz en un retrete al futuro emperador Carlos V.

No perdió la afición al sexo Felipe a pesar de este incidente y la mantuvo intacta hasta su muerte, que se produjo en 1506, dicen que por una indigestión, aunque hubo quien sostuvo que fue víctima de un envenenamiento propiciado por su suegro. A la reina Juana, conocida por estos arrobamientos como “La Loca”, esta repentina muerte le provocó un estado de enajenación mental de tal envergadura que no permitió que enterraran a su amado y pasó toda la noche del duelo paseando, o más bien arrastrando, el cadáver de su esposo por las habitaciones de palacio gritando que ya había perdonado a su amado Felipe por tanta humillación y que no se creía capaz de vivir sin su compañía. No sabía Juana que estaba embarazada de la que sería la hija póstuma de Felipe, Catalina de Aragón.

Siguieron los miembros varones de la dinastía Habsburgo dando muestras de satiriasis y prueba de ello fue la hipersexualidad del rey Felipe IV, “El rey Pasmado” para Torrente Ballester” que lo hizo desde muy pequeño.

El príncipe desarrolló una gran obsesión por el sexo en la pubertad que lo llevó a visitar de incógnito muchos de los teatros de Madrid en los que tuvo gran cantidad de furtivos y ardientes encuentros con las actrices del momento y entre ellas su preferida fue María Calderón, conocida por “La Calderona”, cantante y actriz en el teatro de comedias El Corral de la Cruz. El fruto de esa relación fue el bastardo real Juan José de Austria. Dijeron las malas lenguas que a la vez que con María también se entendía con Juana, su hermana.

La dinastía cambia de Austrias a Borbones con Felipe V, pero no la afición al sexo de los soberanos españoles. Las dotes amatorias y la obsesión por los placeres sexuales del primer monarca Borbón pronto pasaron a estar en boca de todos, llegándose a comentar que el rey obligó a su primera mujer, Maria Luisa de Saboya, a cumplir con sus “obligaciones conyugales” estando enferma de tuberculosis y prácticamente moribunda, hecho que desató en él unos terribles remordimientos “a posteriori” que lo arrastraban desolado al confesionario del que “salía” eufórico al ser absuelto de sus pecados, y esta euforia volvía a provocarle unas terribles ganas de practicar sexo sometiendo a su segunda mujer, la parmigiana Isabel de Farnesio, a inacabables sesiones de lujuria que la llevaban al paroxismo llegando a poner en peligro su salud mental. Tan largas llegaron a ser algunas de estas sesiones que hubo de convocar algún Consejo de ministros en su alcoba.

Carlos IV, hijo de Carlos III y María Amalia de Sajonia, no fue un rey promiscuo pero su esposa sí. Dijeron que el rey pasaba la mayor parte de su tiempo cazando, pues era un gran aficionado, y su mujer, María Luisa de Parma, también; y mientras él se encargaba de adornar el pabellón de caza de palacio con espléndidas cuernas de venados, su mujer le adornaba la cabeza con no menores cuernos que los que lucían en su pabellón. Todos en palacio, y fuera de él, eran conocedores de las “dotes amatorias” de la reina. Todos menos él, que no alcanzó a ver el indecoroso parecido del infante Francisco de Paula con el bien parecido Manuel Godoy, su mano derecha, porque estaba demasiado ocupado regateando el tamaño de las astas de sus último trofeos, mientras todos en la Corte regateaban el tamaño de las suyas.

Su hijo, el rey Fernando VII, también fue célebre por sus capacidades amatorias y su adicción al sexo, pero lo fue más por el tamaño de su miembro viril, padecía macrosomía genital. Tal era el tamaño de este que se cuenta que su tercera esposa, Maria Josefa de Sajonia, huyó aterrorizada de la alcoba real la noche de bodas y se negó a yacer con su marido. Hubo de intervenir el papa ante la obstinada cerrazón de la reina para recordarle sus “obligaciones maritales”.

Pero la que “se llevó la palma” en lo que a promiscuidad se refiere fue la hija de este monarca y de María Cristina de Borbón Dos Sicilias, la reina Isabel II conocida como “La reina Castiza” por sus “populares” aficiones. De ella se dijo que tuvo doce hijos sin consumar su matrimonio porque se casó con su primo Francisco de Asís y Borbón, aunque ninguno de los dos quería, conocido como “la Paquita”, “Paquita natillas” o “Paquito Mariquito” por su evidente homosexualidad aderezada con una no menos evidente “pluma” y su gusto por los perfumes y las joyas.

—¿Qué se puede esperar de alguien que llevaba más encajes que yo la noche de bodas?

Exclamó sin pudor la reina en alguna ocasión ante sus íntimos.

La paternidad de los doce hijos de la reina fue asumida con docilidad por Francisco de Asís que era plenamente conocedor de la ninfomanía de su mujer, y parece ser que la aceptaba con alivio.

Él era más discreto en sus andanzas amorosas, pero esto no evitó, a pesar de ello, el ser objeto de cotilleos, pasquines y versos satíricos como aquellos en los que de él se mofaban cruelmente cuando decían:

“Gran problema es en la Corte

averiguar si el Consorte

cuando acude al escusado

mea de pie o mea sentado”.

También hubo cánticos crueles:

“Paco Natillas

es de pasta y es de flora,

y mea de cuclillas

como una señora”.

El gran y discreto amor de Francisco de Asís de Borbón fue el aristócrata Antonio Ramón Meneses, que fue su amigo, su amante y la única pareja que se le conoció, pero “la reina Castiza” no supo agradecer su silencio y su discreta mansedumbre y lo castigó permanentemente con su impertinencia y su sátira, llegando a pronunciar frases tan hirientes ante su hijo, el que habría de ser el futuro rey Alfonso XII, como:

¡Hijo, por tus venas la única sangre Borbón que corre es la mía!

Que la desprestigiaban más a ella que a su esposo.

Por último, y para no entrar en “andanzas” de Borbones posteriores, llegamos a Alfonso XIII, bisabuelo del actual rey Felipe VI, que fue un monarca de talante “liberal” y también muy aficionado al sexo.

Aunque sólo se casó una vez, con la inglesa Victoria Eugenia de Battenberg, no escatimó en amantes y entre otras fueron célebres Celia Gámez, Carolina Otero, “la bella Otero” o Carmen Ruiz Moragas. Se dice que tuvo al menos doce hijos, siete dentro del matrimonio y otros cinco fuera de él, sufriendo dos de los legítimos la herencia de la hemofilia por vía materna, circunstancia que marcó de manera trágica sus vidas y las de sus padres.

El último monarca antes de la democracia, quiso ir más allá más en lo que a fantasías sexuales se refiere y financió tres películas pornográficas, “El ministro”, “El confesor” y “Consultorio de señoras” que fueron dirigidas por los hermanos Baños, convirtiéndose con ello en el primer promotor del cine pornográfico en España por lo que fue conocido con el sobrenombre de “el rey playboy”.

Para finalizar este breve pero jocoso recorrido por las “correrías” sexuales de la monarquía española creo que es justo afirmar que podremos declararnos monárquicos o republicanos, pero tratándose de la realeza todos prestamos oídos y “levantamos la ceja” ante sus “peculiaridades” mientras saboreamos una copa de vino.

sábado, 27 de septiembre de 2025

EL PRÍNCIPE CARLOS DE AUSTRIA

 

EL TRASTORNADO Y SÁDICO

 PRIMOGÉNITO DEL “REY PRUDENTE”


En la Corte se decía que fue una trepanación la que llevó al príncipe Carlos a sufrir daños cerebrales irreversibles cuando era un adolescente, y que estos le provocaron una agresividad incontrolable y serios problemas de salud mental.  Puede ser, pero no es menos cierto que la endogamia también hizo de las suyas, tenía cuatro bisabuelos en vez de ocho y seis tatarabuelos en vez de dieciséis. Quizás también pudo tener que ver la malaria que padeció cuando era apenas un niño.

Probablemente todo lo expuesto contribuyó en mayor o menor medida a que el primogénito de Felipe II, llamado a heredar el mayor Imperio de su tiempo aquel donde nunca se ponía el sol, viviera una compleja, azarada e inestable existencia; pero también amargó la de su padre y contribuyó poderosamente al nacimiento de la “Leyenda Negra” que sobrevoló la figura del monarca durante todo su reinado.

Carlos de Habsburgo nació en Valladolid el 8 de julio de 1545 fruto del matrimonio de Felipe II con María Manuela de Portugal, que murió cuatro días después del parto. Parece ser que la personalidad de Don Carlos se deterioró en tres fases: la primera cuando su padre partió a Inglaterra en 1554 a casarse con su tía María Tudor, era prima hermana de su padre, dejándolo bajo la custodia de sus tías.

Hasta ese momento el príncipe daba muestras de ser un niño normal, pero desencadenó una clara regresión en el infante el hecho de que su padre estuviera ausente durante casi cinco años. Esta ausencia tuvo como consecuencia que aprendiera a leer y escribir muy tarde y mal, de manera que a los veintiún años mostraba una caligrafía irregular y mal formada y una baja instrucción que llevó a su preceptor, Honorato Juan que también lo fue de Felipe II, a reconocer que no había nada que hacer para que el joven príncipe mostrase interés y aprendiese. Su inteligencia media-baja tampoco contribuyó a hacer de Carlos un joven formado y erudito.

La segunda fase se produjo en torno a los once años cuando una plaga de malaria asoló la Corte y afectó especialmente al vulnerable príncipe que desde ese momento y en adelante empezó a padecer ataques de fiebre alta repetida e inesperadamente. La tercera y última fase se produjo en 1562, mientras se encontraba en la Universidad de Alcalá de Henares asistiendo a clases, cuando cayó por una escalera sufriendo graves lesiones en la cabeza que le provocaron ceguera durante un tiempo y una pérdida de movilidad que acabó por dejarlo inválido. La trepanación cerebral a la que lo sometió el gran Vesalio parece ser que le salvó la vida, recuperó la vista y después de seis meses pudo volver a andar, pero ya no volvió a ser el mismo.

Empezaron a ser notorios los ataques de ira y los desplantes del príncipe, su carácter se tornó agresivo y violento y desarrolló una crueldad sin límites que hizo que gozara asando liebres vivas o cegando a los caballos del establo real. Contaban en palacio que en una ocasión tiró por la ventana a un paje que le llevó la contraria, llegó a atacar con un cuchillo al duque de Alba por afearle la conducta, hizo comerse a su cordonero, después de cocerlos, unos escarpines que no le ajustaban bien y a otro zapatero lo tiró por el balcón de sus aposentos como castigo por hacerle unas botas que le quedaron estrechas y le hacían daño.

Su padre, el rey, se resistía a aceptar que Carlos padeciera algún tipo de trastorno mental a pesar de los brutales episodios que llegaban a sus oídos. Con el tiempo hubo de aceptarlo y en el otoño de 1567 se desencadenó una gran crisis entre ambos que llevó al príncipe a verbalizar a su confesor que tenía la intención de matar a “un hombre”. Preocupó enormemente al rey Felipe la información que obtuvo su hermanastro Don Juan de Austria, también conocido por Jeromín, del entorno cercano del heredero de que Carlos tenía ahorrado dinero y sus intenciones eran las de huir a los Países Bajos.

El 17 de enero de 1568 el monarca regresó a Madrid, después de pasar las navidades en El Escorial, y convocó a sus consejeros y teólogos para someterles a una consulta sobre el camino a seguir. Debió haber unanimidad de criterio en la reunión porque la noche siguiente Felipe II en persona con casco y espada encabezó una partida de consejeros y guardias, y los condujo por los oscuros y fríos pasillos del Alcázar de Madrid dispuesto a arrestar al heredero.

Al despertarse y hallarse rodeado de hombre armados, Carlos preguntó:

¿Qué quiere vuestra majestad? ¿Viene a matarme o sólo a prenderme?

¡Ni lo uno ni lo otro hijo! Respondió el rey.

Pero el joven príncipe ya había echado mano de la pistola que guardaba siempre debajo de la almohada y pretendía usarla.

No llegó a apretar el gatillo, pero fue acusado de intentar atentar contra la vida de su padre por lo que fue arrestado de inmediato. Probablemente esta fuera una de las noches más duras y tristes de la existencia del monarca.

El príncipe fue confinado, como ya lo había sido en su momento su bisabuela Juana “La Loca”, y se le trasladó al mismo lugar donde también estuvo encerrada su tatarabuela Isabel de Portugal, la abuela demente de su abuela Juana. El sitio elegido para el destierro fue la torre del Castillo de Arévalo que se había reparado hacía apenas un año, y se le puso como guardián al hijo del brutal carcelero de su abuela. Era de todos conocido que los arrebatos de ira de la reina, provocados por tantos años de encarcelamiento, los “resolvía” el carcelero a golpe limpio, y que el emperador Carlos V, su hijo, lo permitía.

Todos en palacio se estremecieron, a nadie le habían pasado inadvertidas tantas coincidencias.

Un sentimiento de tristeza y vergüenza invadió al rey, pero prohibió llorar a la reina y le pidió a Juan de Austria que abandonara el luto que vestía en señal de duelo por el encierro. Despidió a todos los que hasta ese momento habían formado parte de la Casa del príncipe y se sumió en horas de oración.

El carácter del monarca que de por sí era ya marcadamente melancólico se volvió lúgubre y sombrío. Paseaba por los jardines del Alcázar apesadumbrado y taciturno, Giuseppe Verdi compondría siglos después una de sus más famosas óperas; “Don Carlo” inspirándose en este triste suceso que marcaría el inicio de la “Leyenda Negra” que perseguiría al monarca hasta el final de su vida.

El paso de los días acabó por diluir los comentarios y “el asunto” se tornó en algo meramente administrativo. Nadie quería hablar de ello.

El encierro al que fue sometido el príncipe no hizo más que deteriorar del todo su ya maltrecha salud mental. Carlos pasó de hacer tremendas huelgas de hambre, adelgazando hasta llegar a estar al borde de la muerte por lo que le forzaban ocasionalmente a tomar al menos un poco de sopa, a tragar compulsivamente todo lo que caía en su mano incluida tierra que arrancaba de la pared o su propio anillo de diamantes. Su comportamiento se volvió tan extremo, incongruente  y desordenado que acabó muriendo de hambre el 24 de julio de ese mismo año.

El pueblo se compadeció del rey y comprendió su sufrimiento; todos creyeron que la muerte del príncipe se había producido por inevitables causas naturales debido a un comportamiento iracundo, errático e impredecible. Y Aun así, empezó a crecer el rumor de que había algo más detrás de aquella trágica muerte.

Unos dijeron que había llegado a oídos del soberano que su hijo iba a traicionarlo fugándose a Flandes para una vez allí proclamarse rey; la propaganda holandesa acusó directamente al rey de ordenar el asesinato de su hijo que lo único que pretendía era acabar con la tiranía de su padre en los Países Bajos.  

Otros se atrevieron a asegurar que la verdadera razón de la muerte del príncipe Carlos fue un desliz con la mujer de su padre Isabel de Valois.

Era cierto que el príncipe y su madrastra se tenían cariño y pasaban tiempo juntos, también lo era que Carlos hacía regalos a la reina y que la noche anterior a su arresto había estado en los aposentos de la soberana jugando con ella a las cartas, pero no era menos cierto que la reina Isabel vivía entre sus damas, y de entre ellas destacaba por rígida y austera la duquesa de Alba que en modo alguno hubiera hecho la vista gorda ante tanto desatino.

En cualquier caso el chismorreo estaba servido, y no contribuyó a acabar con él el ataque de ansiedad seguido de un llanto desconsolado que provocó en la reina la noticia de  la muerte del heredero.

Era más seductor para las procaces mentes de la Corte ver dobleces en la pena de la reina, que entender que probablemente entre ellos hubiera existido una sana amistad ya que ambos eran de la misma edad.

 La “leyenda negra” en torno al último de los Austrias mayores no hizo más que crecer en el tiempo debido a algunas desacertadas decisiones políticas posteriores tomadas por el monarca, y a la muerte de su mano derecha Antonio Escobedo.

No hemos de olvidar no obstante, que el primer hijo de Felipe II fue el máximo exponente de las consecuencias de la endogamia que practicaron con habitualidad los Habsburgo, Felipe y María Manuela de Avis eran primos hermanos por parte de padre y de madre, y que la malaria y los demás incidentes ya narrados pudieron contribuir a deteriorar sus ya deficientes genes. El príncipe era portador de un grado de consanguinidad del 0,211 % que es casi el mismo que resulta de una unión entre hermanos, solo Carlos II “el Hechizado” su sobrino nieto lo superó en grado pues tenía un 0,254 %, y que su atormentado padre no tuviera tanto que ver en su desgraciado final. Para colmo de desdichas hubo de ver todavía el monarca morir siendo todavía infantes a dos hijos varones más, Fernando y Diego, antes de que el atolondrado Felipe, que reinaría como Felipe III, se convirtiera en príncipe de Asturias.

A día de hoy va a ser difícil que otra versión de los hechos, que tal vez fuera más veraz que la propia leyenda, diera al traste con esta magnífica pero terrible historia, sobre todo si en ella hay morbo.

¡Y en esta lo hay!