Blog sobre Historia medieval, Órdenes militares, Derecho Nobiliario y Premial o Heráldica y Genealogía
martes, 22 de septiembre de 2026
RAMIRO II DE ARAGÓN Y LA LEYENDA DE “LA CAMPANA DE HUESCA”
sábado, 27 de junio de 2026
LOPE DE VEGA “FENIX DE LOS INGENIOS” Y CABALLERO DE LA ORDEN DE MALTA
“LA UNIÓN
ENTRE LAS LETRAS, LA RELIGIÓN Y LA CABALLERÍA”
Cuando
hablamos de Lope de Vega hemos de trasladarnos al teatro del Siglo de Oro y ser
conscientes de su inmensa producción literaria que alcanzó más de mil quinientas
comedias, centenares de autos sacramentales, novelas, epopeyas, romances y miles
de sonetos.
Nacido en
Madrid el 25 de noviembre de 1562 en el seno de una familia hidalga modesta
pero no pobre, su tío abuelo Miguel de Carpio fue Inquisidor de Sevilla, Lope Félix
de Vega y Carpio creció durante los años de la monarquía de Felipe II que fue
una época en la que el honor constituía el principal patrimonio de un hombre y
donde las órdenes militares conservaban el prestigio heredado de las Cruzadas.
En aquel ambiente profundamente religioso y caballeresco se formó el joven
Lope, cuya inteligencia deslumbró desde muy temprana edad. Las crónicas cuentan
que siendo apenas un niño escribía versos con sorprendente facilidad y dominaba
el latín antes de alcanzar la adolescencia. Estudió con los jesuitas en el
Colegio Imperial de Madrid y cursó estudios universitarios en la Universidad de
Alcalá, aunque nunca llegó a concluirlos.
Desde muy
joven frecuentó los círculos literarios madrileños donde su ingenio llamó la
atención de escritores y aristócratas, sin embargo Lope nunca fue un
intelectual encerrado entre libros. Como muchos hombres de su tiempo, quiso
experimentar la guerra y el servicio a la Corona por lo que en 1583 participó
en la expedición organizada por don Álvaro de Bazán para conquistar la isla
Terceira, en las Azores, y cinco años después formó parte de la Armada
Invencible enviada por Felipe II contra Inglaterra. Aquellas campañas
alimentaron su espíritu épico y dejaron una profunda huella en su producción
literaria.
Podríamos
afirmar sin temor a errar que las cuatro grandes pasiones de Lope fueron las
mujeres, la literatura, la patria y Dios y no necesariamente por ese orden. Su vida sentimental fue especialmente intensa.
Sufrió destierros por cuestiones amorosas, contrajo matrimonio en dos ocasiones
y mantuvo relaciones que escandalizaron a muchos de sus contemporáneos. Esa
mezcla de fervor religioso y pasión terrenal constituye una de las
características más humanas de Lope. Es por eso por lo que en sus versos
aparecen tanto la exaltación amorosa como el arrepentimiento, la gloria como el
dolor, el triunfo y la pérdida. Ningún escritor español reflejó con tanta
sinceridad las contradicciones del alma barroca.
Podría decirse que con Lope surgió el
teatro nacional español porque frente a las rígidas normas clásicas heredadas
de Aristóteles, defendió una nueva forma de escribir que respondía a los gustos
del público. Su famoso Arte nuevo
de hacer comedias revolucionó la escena al mezclar lo trágico y lo
cómico, alternar personajes nobles y populares y otorgar al honor un papel
central en los conflictos dramáticos. Obras como Fuenteovejuna, El
caballero de Olmedo, La
dama boba, Peribáñez
y el comendador de Ocaña o El
perro del hortelano siguen representándose cuatro siglos después,
prueba evidente de la extraordinaria vitalidad de su teatro.
Su
fama fue tan inmensa que incluso Miguel de Cervantes, con quien mantuvo una
relación entre la admiración y la rivalidad, primando los segundo, lo definió
como un “Monstruo de la Naturaleza”, expresión con la que pretendía describir
una capacidad creadora fuera de toda medida humana. Sin embargo, el apelativo
que terminaría identificándolo para siempre sería el de “Fénix de los
Ingenios”, símbolo perfecto de un hombre capaz de renacer continuamente
mediante nuevas obras y nuevos éxitos.
No obstante, existe un aspecto menos
conocido de su biografía que resulta especialmente interesante para comprender
la mentalidad de la España del siglo XVII: su vinculación con la Orden de Malta.
La Orden de San Juan de Jerusalén tenía sus orígenes en las Cruzadas
medievales. Nacida inicialmente para asistir a los peregrinos cristianos en
Tierra Santa, pronto se transformó en una poderosa orden militar dedicada a la
defensa de la Cristiandad. Tras la pérdida de Jerusalén se estableció
sucesivamente en Rodas y, desde 1530, en la isla de Malta, donde alcanzó enorme
prestigio por su resistencia frente al Imperio Otomano, especialmente durante
el célebre Gran Sitio de 1565.
Es
conocido por todos el que durante los siglos XVI y XVII, pertenecer a una orden
militar constituía una de las mayores distinciones que podía recibir un
caballero. Las órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa y San Juan
representaban no solo la nobleza, sino también la defensa de la fe católica y
el servicio a la Corona. La cruz blanca de ocho puntas de Malta simbolizaba las
ocho bienaventuranzas y las virtudes que debían adornar a un caballero
cristiano: lealtad, justicia, humildad, fortaleza, misericordia, sinceridad,
paciencia y caridad.
Fue en este contexto donde Lope de Vega
recibió el hábito de la Orden de San Juan en 1627, una merced honorífica que
incrementó notablemente su prestigio social; discutiéndose si para ello aportó
una probanza de nobleza por la rama paterna y se le eximió de aportar los otros
tres cuarteles preceptivos o si fue a instancias del papa Urbano VIII, que dio las
instrucciones pertinentes al Gran Mestre.
El reconocimiento no respondía únicamente a
sus méritos literarios, sino también a los servicios prestados a grandes
señores vinculados con la institución y al elevado concepto que la nobleza
tenía de su figura. Aunque no llegó a caballero profeso ni llevó la vida
militar propia de los miembros combatientes de la Orden, pudo lucir la cruz de
Malta como signo de honor y de pertenencia a una de las instituciones más
prestigiosas de la cristiandad.
La
concesión del hábito coincidía además con una etapa de profunda transformación
espiritual ya que en 1614 Lope había recibido las órdenes sacerdotales y dedicó
buena parte de sus últimos años a la literatura religiosa, sin abandonar por
ello completamente la creación teatral. Sus poemas místicos, sus autos
sacramentales y numerosas composiciones muestran a un hombre afanado en
reconciliar la intensidad de su pasado con una vida más orientada hacia Dios.
La cruz de Malta adquiría así un significado que iba mucho más allá del
reconocimiento nobiliario: representaba también el ideal del caballero
cristiano que servía a la fe mediante la palabra y el ejemplo.
No
deja de ser significativo que muchas de las virtudes defendidas por esta Orden
aparezcan constantemente en sus obras. El honor, la fidelidad, el sacrificio,
la justicia y la defensa de los más débiles constituyen algunos de los pilares
de su teatro. Incluso cuando los protagonistas pertenecen al pueblo llano, como
sucede en Fuenteovejuna,
obra en la que el autor le concede una dignidad moral comparable a la de los
grandes caballeros. Para Lope, la verdadera nobleza residía de igual manera en
las acciones que en el linaje.
Los últimos años de su existencia
estuvieron marcados por las desgracias familiares. La muerte de varios de sus
hijos, la pérdida de seres queridos y el dolor provocado por los infortunios
personales imprimieron a su obra un tono más reflexivo y espiritual. A pesar de
ello, nunca dejó de escribir; quizás la literatura fuera para él una forma de
comprender el mundo y de poder soportar el sufrimiento.
Un golpe certero a su ya maltrecha salud emocional
fue el propinado por su hija Antonia Clara, conocida como “Clarilis” la menor
de toda su descendencia y la alegría de su vejez, al fugarse del hogar paterno con
don Cristóbal Tenorio, caballero de la Orden de Santiago y protegido del
Conde-Duque de Olivares. Lope nunca se recuperó de este, muriendo un año
después.
Cuando
falleció en Madrid el 27 de agosto de 1635, la ciudad entera se volcó en la
despedida del hijo de un modesto bordador madrileño. Cronistas de la época
relatan que miles de personas acompañaron su cortejo fúnebre, conscientes de
que desaparecía uno de los mayores genios que había dado España. Su prestigio
trascendía ya las fronteras del reino y comenzaba a extenderse por toda Europa.
Cuatro
siglos después, la figura de Lope de Vega continúa siendo un símbolo de la
cultura española. Ningún otro escritor supo representar con tanta intensidad el
espíritu del Siglo de Oro, donde convivían el fervor religioso, la vocación
caballeresca, la pasión humana y el genio artístico.
El
“Fénix de los Ingenios” no solo revolucionó el teatro universal; también
encarnó un ideal profundamente español: el del hombre que une la pluma con el
honor, la fe con la creación y la palabra con el servicio. Su vinculación con
la Orden de Malta añade una dimensión histórica y simbólica a una vida
extraordinaria, recordándonos que, en la España barroca, la gloria literaria y
el ideal caballeresco podían marchar bajo una misma cruz.
sábado, 30 de mayo de 2026
GOYA Y EL SANTO OFICIO
Cuando Goya nació en 1746, la Inquisición española ya había perdido parte del poder que había ejercido durante los siglos XVI y XVII, y aun así su presencia seguía despertando temor y sumisión en la sociedad española.
El Santo Oficio no solo castigaba las herejías religiosas; actuaba también como una gigantesca maquinaria de vigilancia moral y psicológica.
Perseguía libros, ideas, conversaciones privadas y comportamientos considerados escandalosos. Su poder residía tanto en la violencia física como en el miedo invisible que inoculaba al pueblo, que se veía incapaz de sobreponerse a un arbitrario fanatismo religioso que lo inundaba todo.
Nadie sabía exactamente quién podía denunciarle; bastaba una sospecha, una enemistad personal o una frase mal interpretada para caer bajo la mirada inquisitorial. El silencio, la simulación y la obediencia formaban parte de la vida cotidiana y Francisco de Goya creció observando ese turbio clima feroz y opresivo.
El pintor aragonés, aunque procedía de una familia humilde y provinciana, poseía una inteligencia extraordinariamente intuitiva y una fuerte sensibilidad para detectar la hipocresía y el sufrimiento ocultos bajo las apariencias sociales.
Desde muy joven comprendió que la España oficial estaba construida sobre una gigantesca contradicción que desgraciadamente siempre ha funcionado: mientras se proclamaban valores cristianos de caridad y virtud, la sociedad vivía dominada por el miedo, la miseria, la ignorancia y el abuso de poder.
A diferencia de otros pintores cortesanos nunca idealizó a quien retrataba, quizás porque conoció el fracaso y la precariedad antes de convertirse en el pintor de cámara de Carlos IV, y esos años moldearon su carácter y lo dotaron de una absoluta consciencia de la fragilidad y las debilidades humanas. El pintor trabajó para la corte española y alcanzó una posición privilegiada como retratista oficial de Carlos IV y de importantes miembros de la aristocracia. Sin embargo, al mismo tiempo mantuvo relación con numerosos intelectuales ilustrados que defendían reformas políticas y culturales.
Personajes como Jovellanos, Moratín o Cea Bermúdez formaban parte de un círculo intelectual que apostaba por una España más moderna y abierta a las ideas europeas. La influencia de estos ambientes ilustrados fue decisiva en la evolución del pensamiento de Goya, especialmente en su visión crítica de la ignorancia, la superstición y el fanatismo religioso.
Goya no era un ateo militante ni un revolucionario anticlerical en el sentido más estricto de la palabra, de hecho, trabajó para instituciones religiosas y realizó importantes pinturas de temática sacra; y quizás fuese ese esto lo que le permitió hacer una distinción clara entre espiritualidad y fanatismo. Lo que le horrorizaba no era la religión en sí misma, era la perversión del sentimiento religioso convertida en instrumento de dominación y terror. Y precisamente eso representaba para él la Inquisición.
El Santo Oficio desarrolló durante siglos un sistema de humillación pública profundamente cruel. Los autos de fe eran ceremonias destinadas no solo a castigar, sino también a destruir psicológicamente al acusado. Las víctimas eran exhibidas ante la multitud con sambenitos y capirotes, y convertidas en objetos de vergüenza colectiva. El castigo no terminaba con la condena física; también buscaba anular la dignidad del individuo y convertir su miedo en espectáculo social.
Las confesiones obtenidas bajo tortura, “someter a cuestión” lo llamaban, condenaban sin remedio a la víctima al más terrible de los calvarios y el pintor supo plasmar magistralmente en su obra la dimensión profundamente perversa de ese mecanismo de perversión.
Esa capacidad de plasmación aparece de forma brutal en sus obras dedicadas a los procesos inquisitoriales. En Auto de fe de la Inquisición, no retrata héroes ni mártires gloriosos, retrata seres humanos derrotados, aterrorizados, humillados públicamente mientras una multitud contempla la escena con indiferencia o morbo. Lo verdaderamente perturbador de la obra no es el sufrimiento de las víctimas, es la normalidad con que el horror es aceptado por quienes lo observan.
Posteriormente, en 1799, el pintor aragonés pinta ochenta grabados bajo el nombre de “Los Caprichos”, en los que hace una crítica atroz a múltiples aspectos de la sociedad española del momento como la ignorancia y la superstición, y de manera indirecta a instituciones como la Inquisición o la Iglesia a través de una sátira de sus vicios y abusos. El resultado fue el esperado; el inicio de un proceso por parte del Santo Oficio, se conserva en Toledo el expediente Inquisitorial datado en 1803, que le llevó a tener que regalar las ochenta placas de cobre de los grabados al rey para poder librarse de ser condenado. A cambio de esta generosa cesión a la Corona pidió una pensión para su hijo, que obtuvo.
Pero los problemas con el Tribunal de la Fe no acabaron aquí, Goya unos años atrás había recibido un encargo privado de Manuel Godoy, el poderoso y mujeriego primer ministro de Carlos IV, y para él pinto “La Maja Desnuda”. Godoy tenía la obra colgada en una habitación reservada para estos “menesteres”, junto a otras piezas como “La Venus del espejo” de Velázquez y un par de desnudos de Tiziano. Se llegó a decir que “La maja vestida” se pintó años después, y como pareja de “La maja desnuda”, para poder eludir las consecuencias del Santo Oficio utilizando un sistema de poleas que permitía a primer ministro ocultar o mostrar el desnudo en su gabinete privado.
Tras la Guerra de Independencia y el regreso del rey Fernando VII, el irredento Godoy perdió todo su poder y sus bienes fueron confiscados. Fue entonces cuando la Inquisición aprovechó para incautarse de los cuadros, tildándolos de "profanos" e indecentes, y procedió a interrogar a Goya. Se abrió otro proceso contra este cuadro que debió de resultar profundamente humillante para el pintor, y aunque logró evitar un castigo grave gracias a sus contactos cortesanos y a su amistad con el arzobispo de Toledo Luis María de Borbón, esta vez sí que le faltó un suspiro para ser condenado.
El hecho de ser interrogado por una pintura demuestra hasta qué punto el Santo Oficio seguía controlando incluso la imaginación artística. La desnudez femenina representada por Goya no escandalizaba únicamente por razones morales; escandalizaba porque afirmaba una libertad del cuerpo y del deseo, incompatible con la mentalidad represiva de la época. En La maja desnuda no hay culpa ni vergüenza religiosa, la mujer mira directamente al espectador con tranquilidad y seguridad. Esa mirada desafiante rompe siglos de tradición moral basada en la ocultación y el pecado, y esta ausencia de justificación religiosa o mitológica resultaba especialmente provocadora para la mentalidad conservadora de la época.
El cuadro fue confiscado por considerarse obsceno y pornográfico, y se puso bajo custodia durante varios años, por lo que no llegó al Museo del Prado hasta 1901. Como curiosidad comentar que se ha reiterado durante siglos que esta maja tanto la vestida como la desnuda representaba a Cayetana Álvarez de Toledo, Duquesa de Alba y se dice que amante de Goya, y sin embargo no puede afirmarse con rotundidad que fuera ella, pues hay quien sostiene que se trataba de Pepita Tudó, mujer que llegó a ser esposa de Godoy.
Las experiencias personales de Goya, junto con los acontecimientos históricos que le tocó vivir, contribuyeron a hacer su visión cada vez más pesimista. La Guerra de Independencia contra las tropas napoleónicas mostró al artista la brutalidad humana en toda su dimensión. Sus grabados de Los desastres de la guerra representan escenas de violencia, hambre y sufrimiento con una crudeza desconocida hasta entonces en la pintura europea.
En los últimos años de su vida, Goya realizó las inquietantes Pinturas negras, que decoraban las paredes de su casa conocida como “la Quinta del Sordo”. En estas pinturas aparecen figuras monstruosas, escenas de locura y visiones sombrías de la condición humana. Obras como Saturno devorando a su hijo o El aquelarre reflejan una visión desencantada y angustiosa del mundo y aunque el significado exacto de estas imágenes sigue siendo objeto de debate, muchos historiadores consideran que representan el resultado de una vida marcada por la sordera, la guerra, la intolerancia y la decepción política.
La importancia del pintor de Fuendetodos en la historia del arte radica precisamente en esta capacidad para convertir su experiencia personal y su contexto histórico en una reflexión universal sobre la libertad, el miedo y la condición humana.
Francisco de Goya y Lucientes fue mucho más que un pintor de corte o un maestro del grabado; su vida y su obra representan el retrato más descarnado de una España atrapada entre la oscuridad del fanatismo y el despertar de la razón.
"La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida con ella, es madre de las artes y origen de sus maravillas"
[Frase que escribió el autor en el ángulo inferior izquierdo de su célebre aguafuerte y aguatinta número 43, perteneciente a la serie “Los Caprichos”, publicada en 1799.]
sábado, 25 de abril de 2026
SAN JORGE Y LA LEYENDA DEL DRAGON:
CRÓNICA DE UN HÉROE ENTRE LA REALIDAD Y EL
MITO
martes, 31 de marzo de 2026
INÉS DE CASTRO, LA “REINA CADÁVER”
LA DESPIADADA Y SALVAJE VENGANZA DE PEDRO I DE PORTUGAL
sábado, 28 de febrero de 2026
RODRIGO DÍAZ DE VIVAR “EL CID” ¿MERCENARIO O CAMPEADOR?
“DESCLASIFICANDO” MITOS MEDIEVALES
jueves, 5 de febrero de 2026
URRACA I, “LA TEMERARIA”
UNA REINA MALTRATADA POR LA HISTORIA QUE PELEÓ
POR SU DERECHO AL TRONO Y ENALTECIÓ LA OBLIGACIÓN DE REINAR
Tenía poco más de cuarenta años. Dejó un reino más estable del que había recibido y un heredero preparado para gobernar. Alfonso VII heredó la corona, pero también una enseñanza fundamental: el poder no se concede, se defiende.
Durante siglos, la reina leonesa fue recordada más por el escándalo que por su obra.
Hoy, la Historia empieza a rescatarla del prejuicio y a reconocerla como lo que fue: una pionera, una reina que gobernó en solitario cuando casi ninguna mujer podía o no sabía hacerlo, y lo hizo en un mundo de espadas, silencios impuestos y obediencias forzadas.
martes, 6 de enero de 2026
BERENGUELA DE CASTILLA LA REINA QUE NO QUISO SERLO
“LA
ESTRATEGA INVISIBLE QUE UNIÓ DOS CORONAS”
Es
Berenguela ejemplo claro de otra forma de poder más discreta pero igualmente poderosa
y decisiva; hablo de la diplomacia, la negociación y la inteligencia política;
y en este terreno ella destacó de manera excepcional porque gobernó sin alardes
y en la sombra, porque reinó sin querer reinar y porque cambió el rumbo de la
Historia de España sin empuñar una espada. Lo hizo en un reino donde el poder
lo ostentaban los hombres, y dónde su única ambición fue la de mantener unido a
su pueblo y ser la mejor madre.
Se
desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque todo apunta a
que fue en los primeros meses del año 1180 en Burgos. El hecho de que fuera nieta de Leonor de
Aquitania, era hija de Leonor de Plantagenet también conocida por Leonor de
Inglaterra y de Alfonso VIII de Castilla y por tanto abuela de Alfonso X “el
Sabio”, la colocan en un lugar preferente de la Historia de España, y a
nosotros de nuevo ante el rancio linaje de los Plantagenet. Pero ella por sí
misma fue una figura relevante cuya personalidad marcó la vida de sus hijos y
la de su nieto “el rey Sabio”, ya que se encargó personalmente de
su educación y formación, y sin embargo es un personaje desconocido para el
gran público más habituado a fijarse en personajes como “Los Reyes Católicos”,
Juana “La Loca” “La Beltraneja” o Felipe “el Hermoso”.
Quizás sea una cuestión de márquetin medieval, pero ella también recibió un
sobrenombre: fue el de Berenguela “La grande”.
El hecho
de ser la primogénita de los reyes de Castilla la colocaba en primer lugar en
la línea de sucesión al trono, pero el posterior nacimiento de un hermano varón
la desplazó sin remedio al segundo lugar en esta línea sucesoria tal y como
pasaría con Leonor de Borbón y Ortiz, actual princesa de Asturias y por tanto
heredera al trono español, si tuviera un hermano varón, aunque fuera menor que
ella(1). Y aunque las razones sucesorias no fueran exactamente las mismas,
Berenguela es anterior a Las Siete Partidas de su nieto Alfonso X y Leonor de
Borbón es posterior, las consecuencias sucesorias si lo son.
Sin
obviar que en el reino de Castilla reinaban las mujeres en ausencia de varón;
en el de Aragón directamente no reinaban, ni siquiera en ausencia de varón.
Su nombre
le fue impuesto en honor a su bisabuela, esposa de Alfonso VII e hija de Ramón
Berenguer III, conde de Barcelona y, de la misma manera que sus hermanas Urraca
y Blanca de Castilla, recibió una esmerada educación basada en la lectura, el
latín, estudios de Derecho y administración que sería el baluarte de su vida.
A la edad
de ocho años su madre la promete con el joven duque Conrado hijo del emperador
alemán quien acepta el compromiso por tratarse de la princesa heredera del
reino de Castilla, pero tras el nacimiento de un hermano varón este enlace pierde
todo el interés para los germánicos, pues el acontecimiento desbanca sin
remedio a Berenguela de la posibilidad de alcanzar el trono español.
Tras ese
primer intento, su madre inicia conversaciones nuevamente, pero esta vez dentro
del territorio español, y propone como esposo para Berenguela a Alfonso IX rey
de León. La unión entre tío y sobrina, pues él era primo hermano de su padre, se
produce en 1197. Alfonso IX otorga su mujer ciertas plazas y castillos para
disfrute propio, a cambio Castilla devuelve a León todos los territorios
usurpados en momentos de guerra. Del matrimonio nacen cinco hijos y parece quererse, sin embargo, en 1204 el enlace es anulado por el
papa Inocencio III por existir lazos de consanguinidad demasiado cercanos por
lo que Berenguela vuelve a Castilla, quedando sus cinco hijos legitimados, pero
en León. Desde ese momento el único propósito
de “la Grande” será que su hijo primogénito Fernando llegue a reinar.
Y es que
el papel de madre de Berenguela fue antepuesto por ella a cualquier otro.
Cuentan las monjas que habitaban el Monasterio de la Virgen de Valparaíso,
también conocido por Monasterio de Peleas, que el primogénito Fernando llegó al
mundo en 1199 en circunstancias que hicieron temer lo peor desde el primer
momento. Este nacimiento estuvo marcado por la profunda debilidad del vástago,
un niño frágil y casi sin fuerzas cuya vida pendía de un hilo.
Berenguela
plenamente consciente de ello, tomó al niño en brazos convencida de que no
sobreviviría y empezó a acunarlo en silencio, sin lamentos ni aspavientos; con
la serenidad de quien acata la voluntad divina sin cuestionarla. Las religiosas
que la acompañaban, preparaban su ánimo para el cercano y fatal desenlace y dispusieron
el rito para bautizarlo de urgencia si fuese necesario. La madre no cambió el
gesto y permaneció firme toda la noche meciendo y encomendando a Dios a su recién
nacido que ya apenas respiraba.
Pasaban
las horas y no parecía que nada hubiese cambiado. Ya irrumpían los primeros
rayos de la mañana cuando la abadesa se acercó a Berenguela alarmaba ante la
falta de movilidad del niño y, contra todo pronóstico, cuando abrieron el arrullo
para comprobar su estado observaron estupefactas cómo el infante Fernando había
recuperado el color, su respiración se había estabilizado y dormía plácidamente
en los brazos de su madre. Para las monjas que habían asistido al parto aquello
no tenía explicación humana, por lo que el hecho fue interpretado como un
milagro. Las religiosas afirmaron sin dudarlo que Dios había protegido al niño
porque estaba destinado a grandes cosas, no sólo a ser un heredero real, era un
elegido.
Este
episodio encaja perfectamente con la imagen que siglos más tardes se construiría
en torno al ya rey Fernando III conocido como “el Santo”, padre de
Alfonso X, que fue canonizado en 1671 y recordado como un rey justo y piadoso.
Para Berenguela
aquel momento debió quedar grabado en su alma para siempre. La madre que había
acunado s su hijo en la convicción de que iba a morir es la misma mujer que
años más tarde renunciaría a la Corona para colocarla en la cabeza de aquel niño
frágil al que había llevado suavemente de la mano hasta el trono unificador de
Castilla y León. Sin duda la vida de Fernando III estaría siempre ligada a la
figura firme y silenciosa de su madre.
Desde el
momento en que volvió a Castilla, después de la anulación de su matrimonio,
tuvo la determinación de proteger los derechos de sus hijos frente a las
tensiones sucesorias que se avecinaban. Y así fue, pronto empezaron los
problemas porque su hermano, el joven rey Enrique I de Castilla, murió
accidentalmente en 1217 abriéndose con ello una grave crisis sucesoria.
Berenguela como hermana mayor y heredera legítima fue proclamada reina de
Castilla, pero todos sabía que había aceptado la Corona por deber y no por
ambición. Era plenamente consciente de las dificultades a las que iba a
enfrentarse siendo una mujer sola, en una sociedad feudal dominada por una
nobleza hostil y guerrera. Por ello, apenas unos meses después de ser
proclamada reina tomó una decisión histórica: abdicó la Corona en su hijo
Fernando. Este gesto insólito para la época tenía dos intenciones claras,
asegurar el trono a su hijo, y gobernar desde la sombra, asesorando, mediando y
garantizando la estabilidad del reino de Castilla con un gesto que el arzobispo
Rodrigo Jiménez de Rada, cronista y testigo de los hechos, calificó como:
“Da gran
prudencia y sabiduría, anteponiendo el bien de su reino a su propio honor”
Pero no
fue este un gesto aislado porque siguió haciendo alarde de ambos dones y su
mayor logro llegaría en 1230, cuando tras la muerte de Alfonso IX de León, su
esposo, el trono leonés debía pasar a las hijas que este tuvo con su primera
mujer, Teresa de Portugal, Sancha y Dulce. La situación amenazaba con reabrir
el viejo conflicto entre ambos reinos. Berenguela desplegó entonces toda su
habilidad diplomática y negoció directamente con las infantas, alcanzando con ellas
un acuerdo histórico: “El Tratado de las Tercerías de Benavente” gracias
al cual Fernando III fue reconocido como rey de León a cambio de una
compensación económica a sus hermanastras.
Es muy probable que para convencerlas se pusiera ella misma como ejemplo
de renuncia.
Este
acuerdo selló definitivamente la unión entre Castilla y León bajo una sola
Corona, una unión que ya no volvería a romperse y que fue obtenida gracias a la
inteligencia y las dotes diplomáticas de una mujer que sin ni siquiera sentarse
en el trono había conseguido lo que generaciones de reyes no supieron obtener
empuñando una espada.
Sin duda
Berenguela “la Grande” representa un modelo de poder muy distinto al que
suele aparecer en los relatos medievales. No fue reina, no fue guerrera, no fue
una figura pasiva o beligerante; fue una arquitecta de la política de la España
medieval, una dirigente a la sombra que supo adaptarse a las limitaciones de su
tiempo y convertirlas en ventajas políticas.
¡Qué bien
nos vendría una figura política como la suya en estos tiempos de tan poca
vocación y tanto desatino!







