“DESCLASIFICANDO” MITOS MEDIEVALES
Blog sobre Historia medieval, Órdenes militares, Derecho Nobiliario y Premial o Heráldica y Genealogía
“DESCLASIFICANDO” MITOS MEDIEVALES
UNA REINA MALTRATADA POR LA HISTORIA QUE PELEÓ
POR SU DERECHO AL TRONO Y ENALTECIÓ LA OBLIGACIÓN DE REINAR
“LA
ESTRATEGA INVISIBLE QUE UNIÓ DOS CORONAS”
Es
Berenguela ejemplo claro de otra forma de poder más discreta pero igualmente poderosa
y decisiva; hablo de la diplomacia, la negociación y la inteligencia política;
y en este terreno ella destacó de manera excepcional porque gobernó sin alardes
y en la sombra, porque reinó sin querer reinar y porque cambió el rumbo de la
Historia de España sin empuñar una espada. Lo hizo en un reino donde el poder
lo ostentaban los hombres, y dónde su única ambición fue la de mantener unido a
su pueblo y ser la mejor madre.
Se
desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque todo apunta a
que fue en los primeros meses del año 1180 en Burgos. El hecho de que fuera nieta de Leonor de
Aquitania, era hija de Leonor de Plantagenet también conocida por Leonor de
Inglaterra y de Alfonso VIII de Castilla y por tanto abuela de Alfonso X “el
Sabio”, la colocan en un lugar preferente de la Historia de España, y a
nosotros de nuevo ante el rancio linaje de los Plantagenet. Pero ella por sí
misma fue una figura relevante cuya personalidad marcó la vida de sus hijos y
la de su nieto “el rey Sabio”, ya que se encargó personalmente de
su educación y formación, y sin embargo es un personaje desconocido para el
gran público más habituado a fijarse en personajes como “Los Reyes Católicos”,
Juana “La Loca” “La Beltraneja” o Felipe “el Hermoso”.
Quizás sea una cuestión de márquetin medieval, pero ella también recibió un
sobrenombre: fue el de Berenguela “La grande”.
El hecho
de ser la primogénita de los reyes de Castilla la colocaba en primer lugar en
la línea de sucesión al trono, pero el posterior nacimiento de un hermano varón
la desplazó sin remedio al segundo lugar en esta línea sucesoria tal y como
pasaría con Leonor de Borbón y Ortiz, actual princesa de Asturias y por tanto
heredera al trono español, si tuviera un hermano varón, aunque fuera menor que
ella(1). Y aunque las razones sucesorias no fueran exactamente las mismas,
Berenguela es anterior a Las Siete Partidas de su nieto Alfonso X y Leonor de
Borbón es posterior, las consecuencias sucesorias si lo son.
Sin
obviar que en el reino de Castilla reinaban las mujeres en ausencia de varón;
en el de Aragón directamente no reinaban, ni siquiera en ausencia de varón.
Su nombre
le fue impuesto en honor a su bisabuela, esposa de Alfonso VII e hija de Ramón
Berenguer III, conde de Barcelona y, de la misma manera que sus hermanas Urraca
y Blanca de Castilla, recibió una esmerada educación basada en la lectura, el
latín, estudios de Derecho y administración que sería el baluarte de su vida.
A la edad
de ocho años su madre la promete con el joven duque Conrado hijo del emperador
alemán quien acepta el compromiso por tratarse de la princesa heredera del
reino de Castilla, pero tras el nacimiento de un hermano varón este enlace pierde
todo el interés para los germánicos, pues el acontecimiento desbanca sin
remedio a Berenguela de la posibilidad de alcanzar el trono español.
Tras ese
primer intento, su madre inicia conversaciones nuevamente, pero esta vez dentro
del territorio español, y propone como esposo para Berenguela a Alfonso IX rey
de León. La unión entre tío y sobrina, pues él era primo hermano de su padre, se
produce en 1197. Alfonso IX otorga su mujer ciertas plazas y castillos para
disfrute propio, a cambio Castilla devuelve a León todos los territorios
usurpados en momentos de guerra. Del matrimonio nacen cinco hijos y parece quererse, sin embargo, en 1204 el enlace es anulado por el
papa Inocencio III por existir lazos de consanguinidad demasiado cercanos por
lo que Berenguela vuelve a Castilla, quedando sus cinco hijos legitimados, pero
en León. Desde ese momento el único propósito
de “la Grande” será que su hijo primogénito Fernando llegue a reinar.
Y es que
el papel de madre de Berenguela fue antepuesto por ella a cualquier otro.
Cuentan las monjas que habitaban el Monasterio de la Virgen de Valparaíso,
también conocido por Monasterio de Peleas, que el primogénito Fernando llegó al
mundo en 1199 en circunstancias que hicieron temer lo peor desde el primer
momento. Este nacimiento estuvo marcado por la profunda debilidad del vástago,
un niño frágil y casi sin fuerzas cuya vida pendía de un hilo.
Berenguela
plenamente consciente de ello, tomó al niño en brazos convencida de que no
sobreviviría y empezó a acunarlo en silencio, sin lamentos ni aspavientos; con
la serenidad de quien acata la voluntad divina sin cuestionarla. Las religiosas
que la acompañaban, preparaban su ánimo para el cercano y fatal desenlace y dispusieron
el rito para bautizarlo de urgencia si fuese necesario. La madre no cambió el
gesto y permaneció firme toda la noche meciendo y encomendando a Dios a su recién
nacido que ya apenas respiraba.
Pasaban
las horas y no parecía que nada hubiese cambiado. Ya irrumpían los primeros
rayos de la mañana cuando la abadesa se acercó a Berenguela alarmaba ante la
falta de movilidad del niño y, contra todo pronóstico, cuando abrieron el arrullo
para comprobar su estado observaron estupefactas cómo el infante Fernando había
recuperado el color, su respiración se había estabilizado y dormía plácidamente
en los brazos de su madre. Para las monjas que habían asistido al parto aquello
no tenía explicación humana, por lo que el hecho fue interpretado como un
milagro. Las religiosas afirmaron sin dudarlo que Dios había protegido al niño
porque estaba destinado a grandes cosas, no sólo a ser un heredero real, era un
elegido.
Este
episodio encaja perfectamente con la imagen que siglos más tardes se construiría
en torno al ya rey Fernando III conocido como “el Santo”, padre de
Alfonso X, que fue canonizado en 1671 y recordado como un rey justo y piadoso.
Para Berenguela
aquel momento debió quedar grabado en su alma para siempre. La madre que había
acunado s su hijo en la convicción de que iba a morir es la misma mujer que
años más tarde renunciaría a la Corona para colocarla en la cabeza de aquel niño
frágil al que había llevado suavemente de la mano hasta el trono unificador de
Castilla y León. Sin duda la vida de Fernando III estaría siempre ligada a la
figura firme y silenciosa de su madre.
Desde el
momento en que volvió a Castilla, después de la anulación de su matrimonio,
tuvo la determinación de proteger los derechos de sus hijos frente a las
tensiones sucesorias que se avecinaban. Y así fue, pronto empezaron los
problemas porque su hermano, el joven rey Enrique I de Castilla, murió
accidentalmente en 1217 abriéndose con ello una grave crisis sucesoria.
Berenguela como hermana mayor y heredera legítima fue proclamada reina de
Castilla, pero todos sabía que había aceptado la Corona por deber y no por
ambición. Era plenamente consciente de las dificultades a las que iba a
enfrentarse siendo una mujer sola, en una sociedad feudal dominada por una
nobleza hostil y guerrera. Por ello, apenas unos meses después de ser
proclamada reina tomó una decisión histórica: abdicó la Corona en su hijo
Fernando. Este gesto insólito para la época tenía dos intenciones claras,
asegurar el trono a su hijo, y gobernar desde la sombra, asesorando, mediando y
garantizando la estabilidad del reino de Castilla con un gesto que el arzobispo
Rodrigo Jiménez de Rada, cronista y testigo de los hechos, calificó como:
“Da gran
prudencia y sabiduría, anteponiendo el bien de su reino a su propio honor”
Pero no
fue este un gesto aislado porque siguió haciendo alarde de ambos dones y su
mayor logro llegaría en 1230, cuando tras la muerte de Alfonso IX de León, su
esposo, el trono leonés debía pasar a las hijas que este tuvo con su primera
mujer, Teresa de Portugal, Sancha y Dulce. La situación amenazaba con reabrir
el viejo conflicto entre ambos reinos. Berenguela desplegó entonces toda su
habilidad diplomática y negoció directamente con las infantas, alcanzando con ellas
un acuerdo histórico: “El Tratado de las Tercerías de Benavente” gracias
al cual Fernando III fue reconocido como rey de León a cambio de una
compensación económica a sus hermanastras.
Es muy probable que para convencerlas se pusiera ella misma como ejemplo
de renuncia.
Este
acuerdo selló definitivamente la unión entre Castilla y León bajo una sola
Corona, una unión que ya no volvería a romperse y que fue obtenida gracias a la
inteligencia y las dotes diplomáticas de una mujer que sin ni siquiera sentarse
en el trono había conseguido lo que generaciones de reyes no supieron obtener
empuñando una espada.
Sin duda
Berenguela “la Grande” representa un modelo de poder muy distinto al que
suele aparecer en los relatos medievales. No fue reina, no fue guerrera, no fue
una figura pasiva o beligerante; fue una arquitecta de la política de la España
medieval, una dirigente a la sombra que supo adaptarse a las limitaciones de su
tiempo y convertirlas en ventajas políticas.
¡Qué bien
nos vendría una figura política como la suya en estos tiempos de tan poca
vocación y tanto desatino!
LOS DOS BRAVOS HIJOS DE LEONOR DE AQUITANIA ENFRENTADOS POR EL TRONO DE INGLATERRA
A los
cincuenta años Leonor seguía encerrada en Salisbury y aun así no había perdido
la esperanza de volver a reinar. Su hijo Ricardo acababa de convertirse en rey,
muerto su padre en 1189, bajo el nombre de Ricardo I y ella sabía que la
primera orden de su reinado sería la de excarcelar a su madre. Así fue,
—¡Por fin voy a poder desempeñar el papel para el que he estado esperando tantos años!, ¡espero con ansiedad que mi hijo me lo pida!
le dijo esa mañana al
monje confesor que la visitaba dos veces por semana.
Mandó
también Ricardo organizar su coronación como rey de Inglaterra con grandes
fastos en la Abadía de Westminster y pidió que quedara prohibida la entrada a
esta solemne ceremonia a judíos y mujeres; sus detractores quisieron ver en
este gesto una muestra de su ocultada homosexualidad.
Coronado
ya como Ricardo I, embarcó inmediatamente en una Tercera Cruzada, pero no sin
antes dejar a alguien de absoluta confianza como regente de Inglaterra, no dudó
un momento. Nadie mejor que su madre para hacerlo.
No se
equivocaba el nuevo soberano, Leonor de Aquitania supo
hacerse con las riendas de Inglaterra, casi con maestría, ganándose el
beneplácito de los ingleses con facilidad en un tiempo en los que la mujer no
gozaba de autoridad alguna.
Defendió
sus tierras y consolidó el reinado de su hijo hasta el punto de negociar su
liberación con inteligencia y audacia cuando, en su objetivo por liberar
Jerusalén de las manos musulmanas en la Tercera Cruzada, este fue hecho
prisionero por el soberano del Sacro Imperio Germánico Enrique VI, pidiendo
para su liberación un cuantioso rescate que Leonor, removiendo cielo y tierra,
logró obtener.
No pudo
evitar sin embargo, a pesar de su ingente y acertada labor diplomática para
mantener la fidelidad de los nobles, que su hijo pequeño Juan, apodado “sin
Tierra”, destronase a su hermano mientras este se encontraba en cautiverio;
estuvo apoyado en esta contienda por el rey de Francia Felipe II Augusto.
Tras su
liberación Ricardo volvió a ocupar el trono inglés, por lo que fue coronado por
segunda vez, pero Leonor no cesó en su empeño de reconciliar a sus hijos.
Después de obtener la ansiada paz entre ellos se retiró a la Abadía de
Fontevraud donde recibió la noticia de que el rey había sido herido por un flechazo
en un hombro al tomar el Castillo de Châlus, y reclamaba su presencia.
No dudó
un momento Leonor en abandonar su retiro, a pesar de haber cumplido ya los
setenta y cinco años, para acudir a la presencia de su hijo. Se temía lo peor.
Se
tornaron ciertas las terribles sospechas de la duquesa de Aquitania y sus
peores presagios se cumplieron porque su hijo murió el 6 de abril de 1199,
apenas llegó a socorrerlo, dejándola en la más absoluta de las desolaciones, pero siendo consciente de que debía posponer su dolor porque, a pesar de que el
rey Ricardo había muerto sin descendencia, su hijo Juan no tenía asegurado ni
el trono de Inglaterra ni los dominios de la familia,
—¡Qué
terrible desgarro el de mi alma! No me siento capaz de sobreponerme a la muerte
de otro de mis hijos, mascullaba Leonor entre sollozos.
—Ninguna
madre debería pasar por tal desdicha y sin embargo debo postergar mi dolor, mi
hijo Juan me necesita.
—Partiré
en su auxilio una vez haya dado tierra a mi otro hijo, el rey Arturo.
—Es mi
voluntad que sus entrañas sean enterradas en Aquitania, su cuerpo reciba
sepultura en la Abadía de Fontevrault, a mi lado y en mi compañía, y su
inconmensurable y valiente corazón de león repose eternamente en la Catedral de
Rouen.
Y arrodillándose con esfuerzo frente a su cadáver, acarició lentamente con el dedo la divisa de su escudo de monarca en la que podía leerse:
“Dieu et
mon droit”
“Dios y
mi voluntad”
que pasaría
a ser la leyenda heráldica de los escudos de los monarcas ingleses desde este
fallecimiento.
Volvió
Leonor a la Abadía de Fontevrault terriblemente triste pero tranquila por ver
que su hijo había sido coronado como Juan I de Inglaterra.
Contra
todo pronóstico, porque nadie esperaba que Juan fuese a heredar nada y menos la
Corona siendo el menor de los hijos de Leonor y Enrique II, se hallaba sentado,
y esta vez por derecho, en el trono inglés a pesar de que el mítico, y quizás
inexistente, personaje de Robin Hood hubiera desprestigiado sin piedad ni
mesura su reputación en favor de la de su hermano; o al menos eso era lo que
contaba el pueblo llano al abrigo y bajo el espíritu de unas cervezas calientes
en las tabernas locales.
Lo cierto
y verdad es que el nuevo rey no destacó por su buen hacer y su reinado estuvo plagado
de conflictos, tanto internos como externos, que lo llevaron a perder algunos territorios
franceses, incluido Normandía, y esto debilitó su posición y provocó un
terrible descontento entre sus nobles.
Juan era
conocido por tener un carácter autoritario, probablemente heredado de su padre,
y una tendencia a imponer su voluntad por encima de cualquier consejo que
provocaba continuas tensiones en su reinado sobre todo con la Iglesia, llegando
a ser excomulgado por el papa Inocencio III.
Estas tiranteces
y su predisposición a sobrecargar de impuestos a los ingleses culminaron en la
rebelión de un grupo de nobles que le obligaron a firmar una Carta Magna en
Runnymede, el 15 de junio de 1215, que limitaba su poder y reconocía una serie
de derechos fundamentales para “los hombres libres” de Inglaterra.
Lo
paradójico de esta firma fue que, a pesar de que le fuera impuesta, rubricaba
un documento que fue uno de los logros más significativos de su reinado pues
sentó precedentes importantes para el desarrollo del Estado de Derecho y las
libertades individuales en Inglaterra.
Incapaz
de reconocer las bondades de esta Carta, el rey Juan I intentó desacreditarla,
llegando a repudiarla, lo que provocó la “Primera Guerra de los Barones”
y un descontento generalizado que acabó pasándole factura deteriorando gravemente
su salud hasta llevarlo a la muerte, que se produjo el 19 de octubre de 1216.
Le sucedió en el trono su hijo que fue coronado como Enrique III.
Hacía ya
catorce años que había fallecido su longeva madre a la edad de ochenta y dos
años y había pedido ser enterrada al lado de su hijo predilecto.
Él sin
embargo quiso que se le diera sepultura en la Catedral de Worcester, junto al
río Severn, alejado de los honores que se le dedicaron, incluso después de
muertos, a los Plantagenet, su familia.
Quizás lo
hizo en un último y consciente deseo de no volver a ser comparado con su
hermano “lionheart”.
LA REINA
QUE REINÓ DOS VECES
Aquella
sala, aunque pequeña, resultaba acogedora; los primeros rayos de sol de la
mañana se colaban entre las gruesas cortinas color vino del gran ventanal que
coronaba la estancia.
Leonor
había madrugado y se encontraba sentada en una silla de respaldo alto ricamente
ornamentado en marfil al lado de la ventana, sus ojos parecían perderse entre
los árboles del jardín.
—¡Quizás
debí decírselo! Pensaba.
El hecho
de haber solicitado la anulación de su matrimonio con el rey Luis VII de
Francia la intranquilizaba porque temía la reacción del monarca. Él siempre se
había mostrado totalmente enamorado de ella, a pesar de que fue el suyo un
matrimonio impuesto y motivado por la muerte de su padre, Guillermo X.
Sabía Leonor
del dolor que se siente al perder a seres tan queridos porque su único hermano
varón y su madre habían muerto en la primavera de 1130, siendo ella aún una
niña.
En 1137
cuando Guillermo X, último conde de Poitiers y duque de Aquitania, partió en
peregrinación a Santiago de Compostela dejando a ella y a su hermana Petronila
al cuidado del arzobispo de Burdeos; no pensó ni por un momento que era su
último viaje, que jamás volvería a verlas.
Tornó Leonor,
con tan sólo quince años, en la heredera de Poitou y Aquitania, dominios
franceses más grandes incluso que los del propio rey, y este hecho la convertía
en una de las mujeres más poderosas de Europa, pero también en una tan
indefensa como deseada presa a los ojos de cualquier noble depredador sediento de
poder, capaz de cualquier cosa por alcanzar estatus, título y propiedades.
Su padre
que había previsto que esto pudiera suceder, la dejó bajo la tutela del rey Luís
VI de Francia, conocido como Luis “el Gordo”, hasta que encontrara el
marido adecuado.
No quiso
el monarca desaprovechar la oportunidad, pues sabía que el encontrarse ya
postrado permanentemente en el lecho debido a su obesidad lo abocaba sin piedad
a una muerte cercana, y casó a la recién estrenada duquesa de Aquitania con su
hijo el príncipe Luís, pasando con ello los vastos dominios de la joven a la
Corona francesa.
No contó
el soberano francés con que Leonor lejos de ser sumisa y callada era una joven
rebelde, inteligente y segura que dominaba la historia y la aritmética, hablaba
latín perfectamente y cabalgaba y cazaba como un varón. Había sido educada para
mandar y por tanto iba a necesitar a su lado un marido fuerte y con criterio.
Quedo
perdidamente enamorado el piadoso príncipe Luís desde el mismo momento en que
Leonor irrumpió en su vida, quizás supo ver desde el principio que ella iba a
ser fuerte donde él era débil y segura cuando él sintiera inseguridad, y esta
circunstancia hizo que le consintiera todos sus caprichos y la dejara hacer y
deshacer a su conveniencia.
Murió el obeso monarca poco después de
celebrado el matrimonio convirtiéndose con ello el príncipe en Luís VII de
Francia y Leonor en la reina de los francos, pero su energía y entusiasmo no
fueron bien recibidos en la Corte francesa siendo la primera detractora de la nueva
reina su suegra, la madre del rey, que pensaba que ejercía demasiada influencia
sobre su hijo.
Leonor
paseaba inquieta por la habitación, sus faldas de grueso brocado de seda
crujían levemente al rozar a su paso con los muebles de la estancia. Sentía las
manos frías, a pesar de lo soleado de la mañana, y buscó abrigarlas al calor del
manto de lana que cubría la “chemise” corta de manga acampanada que
había cosido para ella la más anciana de sus damas.
Estaba
nerviosa, el proporcionar consuelo a su hermana la había ocasionado problemas y
había despertado las iras de la Corte francesa. Quizás fue tomado por osadía el
hecho de haber convencido a su marido para que apoyase a su hermana Petronila
en sus amores con Raúl I “el Valiente”, casado con la hija del poderoso
Esteban II de Blois, sin prever las consecuencias de este amparo.
— ¡Quién
podía pensar que el apoyo a mi hermana iba a generar un conflicto de tal
magnitud! murmuró en voz baja mientras se asomaba levemente al ventanal.
El hecho
de que el soberano respaldase a Petronila y a Raúl, influido por Leonor, en
unas relaciones ilícitas ocasionó un tumulto en la ciudad de Vitry que propició
que la muchedumbre buscara refugio en una iglesia que acabó ardiendo; se
perdieron más de mil vidas en el terrible incendio.
Sabía que
el rey se sentía profundamente culpable por lo sucedido y que había buscado una
manera solvente de expiar sus culpas. Quería limpiar su conciencia y nada mejor
para ello que aceptar la proposición que le había hecho el papa Eugenio III de dirigir
una Segunda Cruzada a Tierra Santa para recuperar el reino de Jerusalén.
Había decidido
acompañarlo en la aventura cruz en mano, pero esta determinación no había hecho
sino incomodar a la rígida moral de los miembros de la Iglesia de la época que
empezaron desde entonces a considerarla una mujer libertina incapaz de acatar
el papel de sumisión a su marido para el que, entendían, estaba destinada.
Tras un
largo viaje el matrimonio decidió parar y alojarse en Antioquía, y allí empezó
a forjarse una leyenda negra sobre ella debido a las frecuentes entrevistas que
mantenía con su bien parecido tío Raimundo, príncipe de esta ciudad, que
hicieron pensar a las intransigentes cabezas de la Corte que entre ellos
existía una incestuosa relación, más allá de lo meramente familiar.
Llegados
los rumores a oídos del rey, este se dispuso a abandonar con premura la ciudad
turca, sin embargo la reina se negó a acompañar a su esposo por no entender lo
apresurado de tal decisión incrementando y consolidando con ello su fama de
mujer libertina y lujuriosa.
De
regreso a Francia en el año 1152 la relación de la pareja estaba herida de
muerte, reinaba el desconcierto y los reproches entre ellos, y no contribuía a mejorarla el hecho de que
hubieran tenido sólo hijas, dos; pero ningún hijo varón que pudiera heredar el
trono.
La
situación se volvió tan insostenible que Leonor solicitó la nulidad
matrimonial, aun a riesgo de ser excomulgada.
— Tengo
treinta años y vuelvo a ser una de las mujeres más codiciadas de Europa,
no debo permanecer mucho tiempo sola, mascullaba mientras miraba
distraídamente el trasegar de la servidumbre en el patio colindante al jardín.
— Necesito
encontrar un marido acorde a mi linaje y mi posición y he de apresurarme en
encontrarlo.
Y dicho y
hecho; A los dos meses de su nulidad matrimonial contraía segundas nupcias en
Poitiers con Enrique Plantagenet, duque de Normandía, futuro rey de Inglaterra
y miembro de la familia rival de la monarquía francesa.
La unión
era poderosa y Leonor lo sabía; con ella pasaba de ser reina de Francia a
futura reina de Inglaterra en la misma primavera.
Hubo de
esperar poco nuestra aspirante a soberana porque en 1154 Enrique se convirtió
en Enrique II de Inglaterra, a la muerte de su padre.
Pronto
empezaron las desavenencias entre los reyes porque eran dos personas de
formidable carácter con el agravante de que la reina tenía once años más que su
nuevo marido y no estaba dispuesta a obedecer las órdenes de un rey colérico y
dominante, pero a pesar de sus frecuentes desencuentros Enrique era un hombre
apasionado y tuvieron cinco hijos y tres hijas, y aun así todavía tuvo tiempo
el monarca para mantener relaciones con numerosas amantes a las que alternaba
con su mujer.
No
aguantó la reina la última y cacareada relación de su marido con Rosamund
Clifford y decidió marchar a Aquitania con algunos de sus hijos, los que habían
heredado el carácter de su madre y no estaban dispuestos a permitir que su
padre con sus continuas infidelidades la humillase ni un minuto más; también la
acompañó en este viaje para apoyarla su hijo preferido, Ricardo.
Pronto
vio el rey Enrique II cómo sus hijos se sublevaban contra él y empezó a sospechar
que Leonor tenía un papel determinante en estas rebeliones por lo que, una vez sofocada
la última de ellas, mandó encarcelar a su mujer en la Torre de Salisbury, en
Old Sarum donde permaneció en cautiverio casi diez y seis años.
Durante
su encierro forzoso se enteró de la muerte de dos de sus hijos; la del
primogénito Enrique y también la de su amado Godofredo, el tercero de ellos.
Con estas muertes se convierte en heredero a la Corona su predilecto hijo
Ricardo que asciende al trono en 1189 a la muerte de su padre.
Empieza
con ello la epopeya de Ricardo Corazón de León, rey guerrero que prefirió el campo
de batalla a la afabilidad del trono.
Próximamente:
RICARDO
CORAZÓN DE LEÓN Y JUAN SIN TIERRA.
LOS DOS
BRAVOS HIJOS DE LEONOR DE AQUITANIA ENFRENTADOS POR EL TRONO DE INGLATERRA.
HISTORIAS DE LA DOBLE MORAL REAL
EL TRASTORNADO
Y SÁDICO
PRIMOGÉNITO DEL “REY PRUDENTE”
En la
Corte se decía que fue una trepanación la que llevó al príncipe Carlos a sufrir
daños cerebrales irreversibles cuando era un adolescente, y que estos le
provocaron una agresividad incontrolable y serios problemas de salud mental. Puede ser, pero no es menos cierto que la
endogamia también hizo de las suyas, tenía cuatro bisabuelos en vez de ocho y
seis tatarabuelos en vez de dieciséis. Quizás también pudo tener que ver la
malaria que padeció cuando era apenas un niño.
Probablemente
todo lo expuesto contribuyó en mayor o menor medida a que el primogénito de
Felipe II, llamado a heredar el mayor Imperio de su tiempo aquel donde nunca se
ponía el sol, viviera una compleja, azarada e inestable existencia; pero
también amargó la de su padre y contribuyó poderosamente al nacimiento de la “Leyenda
Negra” que sobrevoló la figura del monarca durante todo su reinado.
Carlos de
Habsburgo nació en Valladolid el 8 de julio de 1545 fruto del matrimonio de
Felipe II con María Manuela de Portugal, que murió cuatro días después del
parto. Parece ser que la personalidad de Don Carlos se deterioró en tres fases:
la primera cuando su padre partió a Inglaterra en 1554 a casarse con su tía
María Tudor, era prima hermana de su padre, dejándolo bajo la custodia de sus
tías.
Hasta ese
momento el príncipe daba muestras de ser un niño normal, pero desencadenó una
clara regresión en el infante el hecho de que su padre estuviera ausente
durante casi cinco años. Esta ausencia tuvo como consecuencia que aprendiera a
leer y escribir muy tarde y mal, de manera que a los veintiún años mostraba una
caligrafía irregular y mal formada y una baja instrucción que llevó a su
preceptor, Honorato Juan que también lo fue de Felipe II, a reconocer que no
había nada que hacer para que el joven príncipe mostrase interés y aprendiese.
Su inteligencia media-baja tampoco contribuyó a hacer de Carlos un joven formado
y erudito.
La
segunda fase se produjo en torno a los once años cuando una plaga de malaria
asoló la Corte y afectó especialmente al vulnerable príncipe que desde ese
momento y en adelante empezó a padecer ataques de fiebre alta repetida e
inesperadamente. La tercera y última fase se produjo en 1562, mientras se
encontraba en la Universidad de Alcalá de Henares asistiendo a clases, cuando
cayó por una escalera sufriendo graves lesiones en la cabeza que le provocaron ceguera
durante un tiempo y una pérdida de movilidad que acabó por dejarlo inválido. La
trepanación cerebral a la que lo sometió el gran Vesalio parece ser que le
salvó la vida, recuperó la vista y después de seis meses pudo volver a andar,
pero ya no volvió a ser el mismo.
Empezaron
a ser notorios los ataques de ira y los desplantes del príncipe, su carácter se
tornó agresivo y violento y desarrolló una crueldad sin límites que hizo que
gozara asando liebres vivas o cegando a los caballos del establo real. Contaban en palacio que en una ocasión tiró
por la ventana a un paje que le llevó la contraria, llegó a atacar con un
cuchillo al duque de Alba por afearle la conducta, hizo comerse a su cordonero,
después de cocerlos, unos escarpines que no le ajustaban bien y a otro zapatero
lo tiró por el balcón de sus aposentos como castigo por hacerle unas botas que
le quedaron estrechas y le hacían daño.
Su padre,
el rey, se resistía a aceptar que Carlos padeciera algún tipo de trastorno
mental a pesar de los brutales episodios que llegaban a sus oídos. Con el
tiempo hubo de aceptarlo y en el otoño de 1567 se desencadenó una gran crisis
entre ambos que llevó al príncipe a verbalizar a su confesor que tenía la intención
de matar a “un hombre”. Preocupó enormemente al rey Felipe la información que
obtuvo su hermanastro Don Juan de Austria, también conocido por Jeromín, del
entorno cercano del heredero de que Carlos tenía ahorrado dinero y sus
intenciones eran las de huir a los Países Bajos.
El 17 de
enero de 1568 el monarca regresó a Madrid, después de pasar las navidades en El
Escorial, y convocó a sus consejeros y teólogos para someterles a una consulta
sobre el camino a seguir. Debió haber unanimidad de criterio en la reunión porque
la noche siguiente Felipe II en persona con casco y espada encabezó una partida
de consejeros y guardias, y los condujo por los oscuros y fríos pasillos del
Alcázar de Madrid dispuesto a arrestar al heredero.
Al
despertarse y hallarse rodeado de hombre armados, Carlos preguntó:
— ¿Qué
quiere vuestra majestad? ¿Viene a matarme o sólo a prenderme?
— ¡Ni
lo uno ni lo otro hijo! Respondió el rey.
Pero el
joven príncipe ya había echado mano de la pistola que guardaba siempre debajo
de la almohada y pretendía usarla.
No llegó
a apretar el gatillo, pero fue acusado de intentar atentar contra la vida de su
padre por lo que fue arrestado de inmediato. Probablemente esta fuera una de
las noches más duras y tristes de la existencia del monarca.
El
príncipe fue confinado, como ya lo había sido en su momento su bisabuela Juana “La
Loca”, y se le trasladó al mismo lugar donde también estuvo encerrada su
tatarabuela Isabel de Portugal, la abuela demente de su abuela Juana. El sitio
elegido para el destierro fue la torre del Castillo de Arévalo que se había
reparado hacía apenas un año, y se le puso como guardián al hijo del brutal
carcelero de su abuela. Era de todos conocido que los arrebatos de ira de la
reina, provocados por tantos años de encarcelamiento, los “resolvía” el
carcelero a golpe limpio, y que el emperador Carlos V, su hijo, lo permitía.
Todos en
palacio se estremecieron, a nadie le habían pasado inadvertidas tantas
coincidencias.
Un
sentimiento de tristeza y vergüenza invadió al rey, pero prohibió llorar a la
reina y le pidió a Juan de Austria que abandonara el luto que vestía en señal
de duelo por el encierro. Despidió a todos los que hasta ese momento habían
formado parte de la Casa del príncipe y se sumió en horas de oración.
El
carácter del monarca que de por sí era ya marcadamente melancólico se volvió
lúgubre y sombrío. Paseaba por los jardines del Alcázar apesadumbrado y
taciturno, Giuseppe Verdi compondría siglos después una de sus más famosas
óperas; “Don Carlo” inspirándose en este triste suceso que marcaría el inicio
de la “Leyenda Negra” que perseguiría al monarca hasta el final de su vida.
El paso
de los días acabó por diluir los comentarios y “el asunto” se tornó en algo
meramente administrativo. Nadie quería hablar de ello.
El encierro
al que fue sometido el príncipe no hizo más que deteriorar del todo su ya
maltrecha salud mental. Carlos pasó de hacer tremendas huelgas de hambre,
adelgazando hasta llegar a estar al borde de la muerte por lo que le forzaban
ocasionalmente a tomar al menos un poco de sopa, a tragar compulsivamente todo
lo que caía en su mano incluida tierra que arrancaba de la pared o su propio anillo
de diamantes. Su comportamiento se volvió tan extremo, incongruente y desordenado que acabó muriendo de hambre el
24 de julio de ese mismo año.
El pueblo
se compadeció del rey y comprendió su sufrimiento; todos creyeron que la muerte
del príncipe se había producido por inevitables causas naturales debido a un
comportamiento iracundo, errático e impredecible. Y Aun así, empezó a crecer el
rumor de que había algo más detrás de aquella trágica muerte.
Unos
dijeron que había llegado a oídos del soberano que su hijo iba a traicionarlo fugándose
a Flandes para una vez allí proclamarse rey; la propaganda holandesa acusó
directamente al rey de ordenar el asesinato de su hijo que lo único que
pretendía era acabar con la tiranía de su padre en los Países Bajos.
Otros se
atrevieron a asegurar que la verdadera razón de la muerte del príncipe Carlos
fue un desliz con la mujer de su padre Isabel de Valois.
Era
cierto que el príncipe y su madrastra se tenían cariño y pasaban tiempo juntos,
también lo era que Carlos hacía regalos a la reina y que la noche anterior a su
arresto había estado en los aposentos de la soberana jugando con ella a las
cartas, pero no era menos cierto que la reina Isabel vivía entre sus damas, y
de entre ellas destacaba por rígida y austera la duquesa de Alba que en modo
alguno hubiera hecho la vista gorda ante tanto desatino.
En
cualquier caso el chismorreo estaba servido, y no contribuyó a acabar con él el
ataque de ansiedad seguido de un llanto desconsolado que provocó en la reina la
noticia de la muerte del heredero.
Era más
seductor para las procaces mentes de la Corte ver dobleces en la pena de la
reina, que entender que probablemente entre ellos hubiera existido una sana
amistad ya que ambos eran de la misma edad.
La “leyenda negra” en torno al último
de los Austrias mayores no hizo más que crecer en el tiempo debido a algunas
desacertadas decisiones políticas posteriores tomadas por el monarca, y a la
muerte de su mano derecha Antonio Escobedo.
No hemos
de olvidar no obstante, que el primer hijo de Felipe II fue el máximo exponente
de las consecuencias de la endogamia que practicaron con habitualidad los
Habsburgo, Felipe y María Manuela de Avis eran primos hermanos por parte de
padre y de madre, y que la malaria y los demás incidentes ya narrados pudieron
contribuir a deteriorar sus ya deficientes genes. El príncipe era portador de
un grado de consanguinidad del 0,211 % que es casi el mismo que resulta de una
unión entre hermanos, solo Carlos II “el Hechizado” su sobrino nieto lo
superó en grado pues tenía un 0,254 %, y que su atormentado padre no tuviera
tanto que ver en su desgraciado final. Para colmo de desdichas hubo de ver
todavía el monarca morir siendo todavía infantes a dos hijos varones más,
Fernando y Diego, antes de que el atolondrado Felipe, que reinaría como Felipe
III, se convirtiera en príncipe de Asturias.
A día de
hoy va a ser difícil que otra versión de los hechos, que tal vez fuera más veraz
que la propia leyenda, diera al traste con esta magnífica pero terrible historia,
sobre todo si en ella hay morbo.
¡Y en
esta lo hay!