Cuando Goya nació en 1746, la Inquisición española ya había perdido parte del poder que había ejercido durante los siglos XVI y XVII, y aun así su presencia seguía despertando temor y sumisión en la sociedad española.
El Santo Oficio no solo castigaba las herejías religiosas; actuaba también como una gigantesca maquinaria de vigilancia moral y psicológica.
Perseguía libros, ideas, conversaciones privadas y comportamientos considerados escandalosos. Su poder residía tanto en la violencia física como en el miedo invisible que inoculaba al pueblo, que se veía incapaz de sobreponerse a un arbitrario fanatismo religioso que lo inundaba todo.
Nadie sabía exactamente quién podía denunciarle; bastaba una sospecha, una enemistad personal o una frase mal interpretada para caer bajo la mirada inquisitorial. El silencio, la simulación y la obediencia formaban parte de la vida cotidiana y Francisco de Goya creció observando ese turbio clima feroz y opresivo.
El pintor aragonés, aunque procedía de una familia humilde y provinciana, poseía una inteligencia extraordinariamente intuitiva y una fuerte sensibilidad para detectar la hipocresía y el sufrimiento ocultos bajo las apariencias sociales.
Desde muy joven comprendió que la España oficial estaba construida sobre una gigantesca contradicción que desgraciadamente siempre ha funcionado: mientras se proclamaban valores cristianos de caridad y virtud, la sociedad vivía dominada por el miedo, la miseria, la ignorancia y el abuso de poder.
A diferencia de otros pintores cortesanos nunca idealizó a quien retrataba, quizás porque conoció el fracaso y la precariedad antes de convertirse en el pintor de cámara de Carlos IV, y esos años moldearon su carácter y lo dotaron de una absoluta consciencia de la fragilidad y las debilidades humanas. El pintor trabajó para la corte española y alcanzó una posición privilegiada como retratista oficial de Carlos IV y de importantes miembros de la aristocracia. Sin embargo, al mismo tiempo mantuvo relación con numerosos intelectuales ilustrados que defendían reformas políticas y culturales.
Personajes como Jovellanos, Moratín o Cea Bermúdez formaban parte de un círculo intelectual que apostaba por una España más moderna y abierta a las ideas europeas. La influencia de estos ambientes ilustrados fue decisiva en la evolución del pensamiento de Goya, especialmente en su visión crítica de la ignorancia, la superstición y el fanatismo religioso.
Goya no era un ateo militante ni un revolucionario anticlerical en el sentido más estricto de la palabra, de hecho, trabajó para instituciones religiosas y realizó importantes pinturas de temática sacra; y quizás fuese ese esto lo que le permitió hacer una distinción clara entre espiritualidad y fanatismo. Lo que le horrorizaba no era la religión en sí misma, era la perversión del sentimiento religioso convertida en instrumento de dominación y terror. Y precisamente eso representaba para él la Inquisición.
El Santo Oficio desarrolló durante siglos un sistema de humillación pública profundamente cruel. Los autos de fe eran ceremonias destinadas no solo a castigar, sino también a destruir psicológicamente al acusado. Las víctimas eran exhibidas ante la multitud con sambenitos y capirotes, y convertidas en objetos de vergüenza colectiva. El castigo no terminaba con la condena física; también buscaba anular la dignidad del individuo y convertir su miedo en espectáculo social.
Las confesiones obtenidas bajo tortura, “someter a cuestión” lo llamaban, condenaban sin remedio a la víctima al más terrible de los calvarios y el pintor supo plasmar magistralmente en su obra la dimensión profundamente perversa de ese mecanismo de perversión.
Esa capacidad de plasmación aparece de forma brutal en sus obras dedicadas a los procesos inquisitoriales. En Auto de fe de la Inquisición, no retrata héroes ni mártires gloriosos, retrata seres humanos derrotados, aterrorizados, humillados públicamente mientras una multitud contempla la escena con indiferencia o morbo. Lo verdaderamente perturbador de la obra no es el sufrimiento de las víctimas, es la normalidad con que el horror es aceptado por quienes lo observan.
Posteriormente, en 1799, el pintor aragonés pinta ochenta grabados bajo el nombre de “Los Caprichos”, en los que hace una crítica atroz a múltiples aspectos de la sociedad española del momento como la ignorancia y la superstición, y de manera indirecta a instituciones como la Inquisición o la Iglesia a través de una sátira de sus vicios y abusos. El resultado fue el esperado; el inicio de un proceso por parte del Santo Oficio, se conserva en Toledo el expediente Inquisitorial datado en 1803, que le llevó a tener que regalar las ochenta placas de cobre de los grabados al rey para poder librarse de ser condenado. A cambio de esta generosa cesión a la Corona pidió una pensión para su hijo, que obtuvo.
Pero los problemas con el Tribunal de la Fe no acabaron aquí, Goya unos años atrás había recibido un encargo privado de Manuel Godoy, el poderoso y mujeriego primer ministro de Carlos IV, y para él pinto “La Maja Desnuda”. Godoy tenía la obra colgada en una habitación reservada para estos “menesteres”, junto a otras piezas como “La Venus del espejo” de Velázquez y un par de desnudos de Tiziano. Se llegó a decir que “La maja vestida” se pintó años después, y como pareja de “La maja desnuda”, para poder eludir las consecuencias del Santo Oficio utilizando un sistema de poleas que permitía a primer ministro ocultar o mostrar el desnudo en su gabinete privado.
Tras la Guerra de Independencia y el regreso del rey Fernando VII, el irredento Godoy perdió todo su poder y sus bienes fueron confiscados. Fue entonces cuando la Inquisición aprovechó para incautarse de los cuadros, tildándolos de "profanos" e indecentes, y procedió a interrogar a Goya. Se abrió otro proceso contra este cuadro que debió de resultar profundamente humillante para el pintor, y aunque logró evitar un castigo grave gracias a sus contactos cortesanos y a su amistad con el arzobispo de Toledo Luis María de Borbón, esta vez sí que le faltó un suspiro para ser condenado.
El hecho de ser interrogado por una pintura demuestra hasta qué punto el Santo Oficio seguía controlando incluso la imaginación artística. La desnudez femenina representada por Goya no escandalizaba únicamente por razones morales; escandalizaba porque afirmaba una libertad del cuerpo y del deseo, incompatible con la mentalidad represiva de la época. En La maja desnuda no hay culpa ni vergüenza religiosa, la mujer mira directamente al espectador con tranquilidad y seguridad. Esa mirada desafiante rompe siglos de tradición moral basada en la ocultación y el pecado, y esta ausencia de justificación religiosa o mitológica resultaba especialmente provocadora para la mentalidad conservadora de la época.
El cuadro fue confiscado por considerarse obsceno y pornográfico, y se puso bajo custodia durante varios años, por lo que no llegó al Museo del Prado hasta 1901. Como curiosidad comentar que se ha reiterado durante siglos que esta maja tanto la vestida como la desnuda representaba a Cayetana Álvarez de Toledo, Duquesa de Alba y se dice que amante de Goya, y sin embargo no puede afirmarse con rotundidad que fuera ella, pues hay quien sostiene que se trataba de Pepita Tudó, mujer que llegó a ser esposa de Godoy.
Las experiencias personales de Goya, junto con los acontecimientos históricos que le tocó vivir, contribuyeron a hacer su visión cada vez más pesimista. La Guerra de Independencia contra las tropas napoleónicas mostró al artista la brutalidad humana en toda su dimensión. Sus grabados de Los desastres de la guerra representan escenas de violencia, hambre y sufrimiento con una crudeza desconocida hasta entonces en la pintura europea.
En los últimos años de su vida, Goya realizó las inquietantes Pinturas negras, que decoraban las paredes de su casa conocida como “la Quinta del Sordo”. En estas pinturas aparecen figuras monstruosas, escenas de locura y visiones sombrías de la condición humana. Obras como Saturno devorando a su hijo o El aquelarre reflejan una visión desencantada y angustiosa del mundo y aunque el significado exacto de estas imágenes sigue siendo objeto de debate, muchos historiadores consideran que representan el resultado de una vida marcada por la sordera, la guerra, la intolerancia y la decepción política.
La importancia del pintor de Fuendetodos en la historia del arte radica precisamente en esta capacidad para convertir su experiencia personal y su contexto histórico en una reflexión universal sobre la libertad, el miedo y la condición humana.
Francisco de Goya y Lucientes fue mucho más que un pintor de corte o un maestro del grabado; su vida y su obra representan el retrato más descarnado de una España atrapada entre la oscuridad del fanatismo y el despertar de la razón.
"La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida con ella, es madre de las artes y origen de sus maravillas"
[Frase que escribió el autor en el ángulo inferior izquierdo de su célebre aguafuerte y aguatinta número 43, perteneciente a la serie “Los Caprichos”, publicada en 1799.]

No hay comentarios:
Publicar un comentario