LA METÁFORA DEL HUERTO DE LAS COLES
Corría el año 1134 cuando un monje fue llamado a ocupar el trono de Aragón; dos años después la tradición lo convertiría en protagonista de una de las escenas más terribles de la Edad Media peninsular. Entre ambas fechas habitaron en disputa, una crisis de poder que provocó una represión nobiliaria y una leyenda que ha sobrevivido al tiempo y a los hechos que la inspiraron.
La historia de la campana de Huesca comienza con una muerte, una sucesión inesperada y un reino obligado a buscar un nuevo equilibrio.
El 7 de septiembre de 1134, Alfonso I “el Batallador” fallecía después de haber sido derrotado en la Batalla de Fraga. Su reinado había estado marcado por la expansión militar y por la conquista de importantes plazas musulmanas, y de entre ellas Zaragoza que fue incorporada a Aragón en 1118. Sin embargo, el monarca murió sin descendencia y dejó tras de sí un problema sucesorio de extraordinaria gravedad.
Su testamento disponía que sus reinos fueran entregados a las órdenes militares del Temple, el Hospital y el Santo Sepulcro, pero la voluntad del Batallador, difícilmente asumible por la nobleza y por las instituciones de sus territorios, no llegó a cumplirse. Aragón necesitaba una solución propia y esa solución se encontró en la figura de Ramiro, hermano del monarca fallecido.
Ramiro no era un candidato convencional. Había seguido la carrera eclesiástica y había sido obispo de Roda-Barbastro. Su vida estaba vinculada a la Iglesia y no a los campos de batalla ni a las intrigas de una corte aristocrática. Sin embargo, las circunstancias lo llevaron a aceptar la Corona, y en 1134, Ramiro II se convirtió en rey de Aragón.
La elección resolvía una parte del problema, pero abría otra cuestión decisiva: ¿podría un antiguo monje gobernar un reino acostumbrado a la guerra y dominado por una poderosa nobleza?
Ramiro II, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de “el Monje”, no fue un soberano formado desde la infancia para reinar, pero la imagen del monje incapaz de desenvolverse en el mundo político pertenece, en buena medida, al terreno de la leyenda. La Iglesia medieval constituía una de las grandes estructuras de poder de su tiempo. Obispos y abades administraban territorios, gestionaban rentas, intervenían en negociaciones y mantenían excelentes relaciones con las principales familias aristocráticas; la formación religiosa no excluía el conocimiento de los asuntos de gobierno.
Lo que sí parece evidente es que este sobrevenido monarca tuvo que enfrentarse a una situación compleja. La autoridad del rey dependía en gran medida de alianzas, pactos, fidelidades y de la capacidad para hacer cumplir sus decisiones.
Los nobles aragoneses habían adquirido un peso considerable durante las décadas de expansión territorial. Eran señores de castillos, tierras y hombres armados y esta posición les permitía ejercer una influencia que podía limitar la capacidad de actuación de la monarquía. A ello se sumó la crisis política abierta tras la muerte de Alfonso I. Navarra siguió un camino propio mientras Aragón trataba de preservar su continuidad dinástica. El reino necesitaba estabilidad y para ello era necesario un rey capaz de hacerse respetar.
La leyenda de la campana nace precisamente de esa tensión porque Ramiro II era un soberano al que los nobles no obedecían, un monarca cuya autoridad era cuestionada por aquellos que deberían sostenerla. Preocupado por esta manifiesta desobediencia, decide consultar a su antiguo maestro, un hombre sabio retirado en el monasterio de San Ponce de Tomeras, en el sur de Francia.
El rey le envía un mensajero y espera una respuesta, pero el viejo y sabio maestro no responde con palabras: conduce al emisario a su huerto y en este al lugar donde crecen las coles ordenadas en hileras. El anciano se sitúa entre las plantas y tras un rato de observación se limita a podar las plantas más altas. Después, ordena al mensajero que regrese junto a su rey y le cuente lo que ha visto.
La escena narrada le resultó al soberano tan sencilla como inquietante. En el huerto, las coles que destacan son precisamente las que son cortadas. El maestro pareciera sugerir que aquello que sobresale demasiado puede poner en peligro el equilibrio del conjunto.
El rey comprende de inmediato el mensaje: los nobles más poderosos, aquellos que desafían la autoridad de la Corona, deben ser eliminados.
La escena del huerto constituye el núcleo simbólico de toda la leyenda, el soberano no recibe una indicación explícita de matar, recibe una metáfora de la que él debe extraer una conclusión. Este recurso narrativo utilizado por el maestro posee una larga tradición. Los relatos de gobernantes que reciben enseñanzas indirectas mediante imágenes o acciones aparecen ya en la literatura de la Antigüedad.
La sabiduría del maestro no se apoya en una respuesta como tal sino en ofrecer una imagen que el gobernante pueda interpretar. El huerto es la representación del reino y las coles, la de los nobles que sobresalen en él; la poda, no es más que una metáfora del castigo político al que deben ser sometidos.
De regreso en Aragón, Ramiro II prepara su respuesta. No puede enfrentarse a sus enemigos en campo abierto. Necesita reunirlos y aislarlos y para ello ha de tomar él la iniciativa.
Narra la leyenda que convocó a los principales nobles en Huesca con el pretexto de mostrarles una obra extraordinaria: una campana de dimensiones tales, que su sonido podría escucharse en todos los rincones del reino.
La idea debía de parecer extravagante. ¿Qué sentido tenía construir una campana gigantesca? ¿Qué utilidad podía tener un instrumento cuyo tañido se oyera a tanta distancia? Pero fue precisamente por eso por lo que el anuncio resultaba eficaz. Despertaba curiosidad y, al mismo tiempo, podía interpretarse como una manifestación del poder del nuevo monarca. Una campana era un instrumento de comunicación y de autoridad: llamaba a la oración, anunciaba acontecimientos y organizaba la vida de las comunidades.
¡Una campana que pudiera oírse en todo Aragón! Los nobles acudieron a Huesca.
La escena que sigue tiene tintes de representación teatral. Los nobles irán entrando en una estancia donde serán recibidos por el rey. Nada parece anunciar lo que está a punto de suceder. La versión más difundida de la leyenda relata que Ramiro II hizo entrar a los nobles uno a uno en una sala del palacio y allí eran detenidos y ejecutados por orden de su majestad.
El número de víctimas varía según las versiones. Algunas hablan de doce nobles; otras, de trece, quince o de un grupo de principales señores, pero la narración alcanza su momento más álgido cuando se afirma que sus cabezas fueron dispuestas formando un círculo y en el centro se colocó la del obispo de Huesca, uno de los principales instigadores de la insumisión nobiliaria, a modo de badajo.
Sigue contando la leyenda que después hizo llamar a los nobles que aún permanecían fuera. Quería que contemplaran la escena y comprendieran el destino que esperaba a aquellos que osaran desafiar su autoridad en el futuro.
La ficticia campana, en realidad, no necesitaba sonar; bastaba con que la muerte de unos pocos provocara la obediencia de muchos. La sobrecogedora escena alcanzaría una nueva dimensión en el siglo XIX, cuando la pintura la inmortalizó a través de una obra de José Casado del Alisal, de 1880, que se conserva en el Museo de Huesca, y que representa el momento en que los nobles contemplan el terrible resultado de la acción del monarca.
La leyenda de la campana de Huesca ha fascinado a generaciones de lectores, pero el rigor de la investigación histórica obliga a formular una pregunta esencial: ¿Qué parte del relato pertenece a los hechos y cuál forma parte del mito? ¿Pudo ser este un episodio real que, con el paso del tiempo, acabaría por transformarse en leyenda?
Es una posibilidad, la Historia y la Fábula no han de ser por fuerza enemigas.
En cualquiera de los casos resulta muy poderosa la imagen del tañer de una gran campana representando, en cierto modo, una voz colectiva.
Quizá ahí resida la verdadera fuerza de este relato.

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