sábado, 28 de febrero de 2026

RODRIGO DÍAZ DE VIVAR “EL CID” ¿MERCENARIO O CAMPEADOR?

 

“DESCLASIFICANDO” MITOS MEDIEVALES

En estos días en los que la desclasificación de documentos cobra especial relevancia, quizás no para todos, me asalta la idea de remozar ciertos mitos de personajes cuya vida y hazañas hemos engullido sin cuestionarlas.

Este puede ser el caso de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido por “El Cid Campeador”, cuyo márquetin medieval ha sido digno de la mejor de las agencias.

Pocas figuras del medievo peninsular han gozado de una proyección tan duradera y eficaz como la del Cid. Héroe nacional, paradigma del caballero cristiano, símbolo de la Reconquista y modelo de virtudes como el honor, la lealtad y el valor. Sin embargo, cuando se examinan con detenimiento las fuentes históricas y se comparan con la imagen transmitida por la tradición literaria y escolar, emerge un personaje más complejo, ambiguo y, en muchos aspectos, más interesante que el héroe sin fisuras que nos han “vendido”.

Nacido en Vivar, cerca de Burgos, en 1048 en el seno de una familia de la pequeña nobleza, no fue heredero de vastos dominios, era segundón, lo que explica en parte su necesidad de labrarse un nombre a través de las armas.

El primer mito a desmontar es que era un guerrero invencible y de gran porte, la realidad es que su figura física era más bien modesta y, aunque fue un líder brillante, los registros de la época apuntan a que era un hombre de pequeña estatura, apenas superaba el metro y medio, imagen bastante lejana a aquella que nos ha presentado el cine de hombre alto y corpulento.

Su ascenso se produce al servicio de la corte castellana, primero bajo el reinado de Sancho II y después bajo el de Alfonso VI.

El joven Rodrigo destacó en estas luchas siendo alférez y abanderado de Sancho II, momento en el que alcanzó el sobrenombre de Campeador, es decir batallador, que le acompañaría toda su vida, hasta el punto de ser habitualmente conocido por él tanto entre cristianos como entre musulmanes.

Tras la muerte de Sancho II en Zamora, su hermano Alfonso VI se convierte en rey y a pesar del resentimiento que tenía hacia Rodrigo Díaz tras las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072), en las que el nuevo monarca se vio obligado a refugiarse en la corte musulmana, lo honró concediéndole la mano de la dama Jimena, al parecer hija del Conde Diego Fernández y pariente del propio monarca.

La Historia nos cuenta sin embargo que el famoso Juramento de Santa Gadea, en el que el Cid obliga a Alfonso VI a jurar que no participó en el asesinato de su hermano Sancho pertenece al terreno de la leyenda. No aparece en las fuentes contemporáneas y responde más bien a una construcción literaria posterior, diseñada para engrandecer la figura del héroe frente al poder real.


«En Santa Gadea de Burgos, do juran los hijosdalgo,

le toman la jura a Alfonso por la muerte de su hermano.

Se la tomaba el buen Cid, ese buen Cid castellano,

sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo

y con unos evangelios y un crucifijo en la mano».


Así comienza uno de los episodios más míticos y poderosos sobre El Cid. Este pasaje nos presenta a un Rodrigo Díaz de Vivar afligido por el asesinato de su señor, Sancho II de Castilla, que obliga al nuevo monarca, Alfonso VI, a jurar ante Dios que no ha tenido nada que ver en el magnicidio, lo que le cuesta según “El Cantar del mío Cid” el primero de sus dos exilios.

«“Villanos te maten, rey, villanos que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo, que no sean castellanos; mátente con aguijadas, no con lanzas ni con dardos” Las palabras son tan fuertes que al buen rey ponen espanto».

Y es que esta obra maestra de la literatura medieval, compuesta varias décadas después de su muerte, no pretendió en ningún momento ser una biografía sino un poema épico, con vocación de epopeya, en el que el Cid aparece como modelo de mesura, justicia y lealtad incluso cuando es injustamente tratado.

El poema elimina o suaviza los aspectos más problemáticos del personaje: su mercenariado, su autonomía política y su ambición personal. A cambio, ofrece una figura ejemplar que encaja perfectamente en el proyecto de legitimación de la monarquía y la nobleza castellanas. El éxito del Cantar fue tal que fijó durante siglos la imagen canónica del Cid en el imaginario colectivo.

Pero lo cierto y verdad, es que esa imagen del vasallo perfecto, eternamente leal a su rey, comienza a resquebrajarse cuando se analizan los destierros que sufrió y las razones políticas que los motivaron.

Alfonso VI era un rey con altas dotes diplomáticas, en una España convulsa y fragmentada, que optó por comportarse como un emperador, consiguiendo con ello someter a prácticamente todo Al Ándalus a través de la guerra y de las relaciones políticas. Logró, por ejemplo, que la taifa de Toledo fuera su aliada.

Sin tener en cuenta nada de esto, y en contestación a un ataque que había sufrido el reino de Castilla por parte musulmana, Rodrigo decidió actuar por su cuenta y lanzó una expedición de castigo contra los territorios que él creía culpables, y resultó que estos pertenecían a dicha taifa. Arrasó dichos territorios en un momento en el que Alfonso ya contemplaba hacerse dueño de ellos utilizando sus dotes diplomáticas. Este fue motivo suficiente para constituir el primer destierro.

No sucede lo mismo con el segundo. En ese caso incumplió la obligación de auxiliar a su señor, y fallar en el auxilio suponía incumplir una de sus dos obligaciones básicas; la otra era la del consejo, convirtiéndose con ello en un traidor.

En noviembre de 1088, Alfonso VI solicitó ayuda al Cid para atacar a los almorávides que sitiaban la fortaleza de Aledo en Murcia. El encuentro entre las tropas de Alfonso y del Cid debía producirse en la zona alicantina de Villena, pero este encuentro nunca llegó a producirse. El rey Alfonso, furioso por no haber recibido la ayuda solicitada, lo declaró traidor, máxima deshonra para un caballero, cuyas consecuencias eran terribles: la pérdida de todos sus bienes y el destierro.

Estos destierros, a pesar de ser considerados en su tiempo una tremenda injusticia, fueron para él una oportunidad porque, libre de ataduras formales, actuó como un mercenario ofreciendo sus servicios tanto a señores cristianos como musulmanes. Combatió al servicio gobernantes musulmanes como al-Muqtadir de Zaragoza, enfrentándose incluso a ejércitos cristianos. Este dato, históricamente incómodo, suele minimizarse o justificarse como una audaz artimaña al servicio de un bien mayor.

Todo parece indicar que el Cid luchó por quien le pagaba y le garantizaba poder. En esto no fue diferente de muchos otros líderes militares de su tiempo. La frontera entre “lo cristiano” y “lo musulmán” se volvió permeable, y las lealtades se redefinían constantemente. La épica posterior necesitaba valiente batallador, pero la realidad histórica nos muestra a un profesional de la guerra.

Pero la culminación de la carrera del Cid fue la conquista y el gobierno de Valencia, lo que puso de manifiesto hasta qué punto su proyecto era personal. En 1093 cercó la capital que, como consecuencia de ello, empezó a sufrir privaciones. Su ejército emplazó máquinas de guerra que provocaron grandes destrozos en los muros de la ciudad, y tras un año de sitio, por fin Valencia cayó en sus manos proclamándose por ello “príncipe Rodrigo el Campeador” el 17 de junio de 1094.

A pesar de la victoria, los intentos almorávides por recuperar la ciudad no cejaron, y a mediados de septiembre de ese mismo año un ejército al mando de Abu Abdalá Muhammad fue derrotado por el Cid en una batalla campal a cinco kilómetros de la ciudad, tras un intento de asedio.

A pesar del empeño de Alfonso VI, Valencia no había sido incorporada a la corona castellana; funcionaba como un señorío prácticamente independiente. Rodrigo Díaz la gobernó con mano firme, manteniendo estructuras administrativas musulmanas y permitiendo la permanencia de la población islámica siempre que aceptara su autoridad.

Este gobierno más pragmático que ideológico contrasta con la imagen de cruzado fervoroso que se le atribuyó más tarde, pero si parece cierto que el Cid fue un gobernante eficaz que supo gobernar con eficacia una ciudad compleja. Su viuda, Jimena, mantuvo el control tras su muerte durante un tiempo, lo que demuestra que el proyecto valenciano no fue una simple aventura militar, sino una empresa política consciente.

Hemos de aceptar que él mismo, con sus eufemismos, fue su mayor defensor porque desde el principio habló de su “cruzada” contra la República y se hizo llamar caudillo, cargo medieval que llegó a calar tan hondo históricamente que fue incluso recogido en las partidas de Alfonso X.

También se ha hablado hasta la saciedad de sus espadas Colada y Tizona y de su caballo Babieca, recogidos tanto unas como otro en “El Cantar del mío Cid”. Nadie duda que el Campeador poseyera colosales espadas y magníficos caballos; pero también es muy posible que “el aura épico-medieval”, con fines claramente literarios, jugase aquí un papel relevante puesto que no ha quedado históricamente acreditado que el caballo o las espadas existieran realmente con esos nombres, y es muy posible que formen parte de una magnífica leyenda que ha sobrevivido con inoxidable dignidad al paso histórico del tiempo. He de reconocer que, como lectora amante de la Historia, he sufrido cierta decepción al saber que se cuestiona su existencia.

Si hemos de seguir desmotando mitos de este controvertido personaje histórico, uno de los más clamorosos es la victoria después de muerto narrada, como no, en “El Cantar del mío Cid”.

La leyenda de su cadáver ganando una batalla montado a caballo denota un claro interés de elevarlo a la categoría de heroico mártir, para poder reutilizar su figura según las necesidades del momento histórico; y prueba de ello es que durante la Edad Moderna, fue exaltado como defensor de la fe, en el siglo XIX, el romanticismo lo convirtió en símbolo de la nación española, y en el siglo XX, el cine y la educación franquista reforzaron su papel como símbolo de la patria junto con Pelayo, Covadonga o Agustina de Aragón en la lucha contra “el infiel” o “el enemigo”.

Fueron los musulmanes los únicos que se atrevieron desde el principio a cuestionarlo y a perfilar la “cara B” del batallador. A finales del S. XIX un arabista holandés habló de torturas y asesinatos como armas utilizadas por el Cid para debilitar moralmente al enemigo. Menéndez Pidal, gran defensor del controvertido personaje, tachó por ello al historiador de “Cidófobo”.

En definitiva, “desclasificar” la imagen del Cid no significa destruirla, sino comprenderla. Reconocer que fue un hombre de su tiempo, con virtudes y contradicciones, lo hace más humano y, paradójicamente, más relevante. Su capacidad de adaptación, su inteligencia política y su ambición personal, explican mejor su éxito que cualquier ideal abstracto de cruzada o patriotismo.

Quizás el verdadero legado del Cid no sea el del caballero perfecto, sino el del individuo que supo moverse con habilidad en un mundo fragmentado y violento. Al retirar el velo del mito, no perdemos al héroe; ganamos una lección histórica sobre cómo se construyen las leyendas y para qué sirven.

En tiempos en los que la revisión crítica del pasado genera incomodidad, la figura del Cid Campeador nos recuerda que la historia no es un conjunto de relatos intocables, sino un archivo siempre abierto a nuevas lecturas. Y que, a veces, desclasificar es la única forma honesta de comprender.







jueves, 5 de febrero de 2026

URRACA I, “LA TEMERARIA”

 

UNA REINA MALTRATADA POR LA HISTORIA QUE PELEÓ POR SU DERECHO AL TRONO Y ENALTECIÓ LA OBLIGACIÓN DE REINAR

 



Urraca I de León y Castilla conocida como “la Temeraria” no fue soberana dócil ni sumisa, ya nos da pista de ello su sobrenombre, sí fue sin embargo una de las mujeres con poder más complejas y humanas de la Edad Media peninsular y la primera reina de pleno derecho en la Historia de España y de Europa.

Nacida en León el 24 de junio de 1081, Urraca Alfónsez era hija de Alfonso VI de León conocido como “el Bravo”, conquistador de Toledo y artífice de uno de los reinos cristianos más influyentes de su tiempo, y de Constanza de Borgoña perteneciente a la Casa Cluny, uno de los linajes más importantes de Francia; y a pesar de ser la primogénita fue educada para ser reina consorte y no soberana.

Su instrucción y formación se apoyó fundamentalmente en protocolo, política, religiosidad y el valor de las alianzas; todo ello convenientemente aderezado con el silencio y la prudencia que se esperaba de una mujer noble.

Durante años su padre buscó desesperadamente un primogénito que asegurara la continuidad de su obra política y llegó a tener hijos varones, pero todos murieron antes de alcanzar el trono.

A los doce años, en 1093, es desposada con el conde Raimundo de Borgoña, mucho mayor que ella, con quien concibe dos hijos: Sancha y Alfonso Raimundez. También ese año nace un medio hermano varón hijo del rey Alfonso y de una cautiva mora convertida al cristianismo de nombre Zaida que fue bautizada con el nombre de Isabel. El nacimiento del infante D. Sancho desplazó sin remedio a Urraca en la línea sucesoria.

Muere el conde de Borgoña en 1107 convirtiendo con ello a Urraca en una joven infanta viuda, pieza muy codiciada en el tablero de ajedrez medieval, pero la muerte de su hermanastro Sancho un año después en la Batalla de Uclés, la coloca donde siempre quiso estar; en la primera en línea sucesoria

A punto de fallecer el rey Alfonso impone a su hija una nueva boda esta vez con Alfonso I de Aragón al que no se le conocían ni amantes ni hijos ni mujer alguna en su vida, circunstancia harto extraña para la época.

Las crónicas cristianas hablaban de un monje guerrero, de ahí el sobrenombre de “el Batallador”; las musulmanas hablaban claramente de la homosexualidad del rey aragonés. Lo cierto y verdad es que Alfonso dio muestras durante toda su vida de odiar a las mujeres en general y a la suya en particular.

Empezó con mal pie el matrimonio pues “el Batallador” hizo introducir una cláusula en las capitulaciones del nuevo enlace en la que se recogía que el heredero al reino sería el nacido de este matrimonio, y no el que ya existía fruto del anterior con Raimundo de Borgoña.

Parece evidente que Alfonso de Aragón se casó con Urraca con el único propósito de usurparle el reino sin ser consciente de a quién se enfrentaba, porque la reina de León y Castilla tenía bastante claro que era ella quien debía ejercer el poder por derecho y con la obligación de hacerlo igual que lo haría un hombre.

Entendía que por ser mujer no debía ser menos regio este ejercicio, pero hemos de apartar de este criterio toda idea de feminismo pues hablar de este concepto político-social en la Edad Media es tan anacrónico como hablar de una hamburguesa, y sin embargo la reina Urraca defendió derechos que entendía debían asistir a las mujeres promulgando varios reales decretos en este sentido.

Su esposo “el Batallador” hizo alarde del sobrenombre para mal en su vida conyugal y la convirtió en una auténtica tortura para su mujer a la que infligió en alguna ocasión malos tratos, que ella relató con un nivel de detalle insólito para la época.

Así, existe un documento político de la época recogido en el libro de Isabel San Sebastián en el que Urraca habla en primera persona de vejámenes, cautiverio y violencia física y en el que literalmente dice:

“«Cuáles y cuántas deshonras, dolores y tormentos padecí mientras estuve con él, nadie mejor que tu prudencia lo sabe. Pues no solo me deshonraba continuamente con torpes palabras, sino que toda persona noble ha de lamentar que muchas veces mi rostro haya sido manchado con sus sucias manos y que yo haya sido golpeada con su pie.»

También habla del encierro y cautiverio impuesto por su marido:

«Es él quien ha hecho pedazos ese acuerdo al prenderme y encerrarme en este infame calabozo. Presume de haberme repudiado, sin contar con el consejo de los hombres sabios… Me ha deshonrado.»

Y de humillación pública cuando dice:

“Alfonso no volverá a humillarme delante de mis súbditos …”

En este orden de cosas, el matrimonio real tornó insostenible porque Alfonso se negó a reinar junto a su mujer, y Urraca se negó a desaparecer tras la figura de su marido por lo que optó por tomar una decisión inusitada: prescindir de él.

Buscó apoyos entre la nobleza leonesa y castellana, se alió con el clero cuando fue necesario y defendió con firmeza su legitimidad por lo que fue acusada de todo aquello que una mujer poderosa no podía permitirse: ser caprichosa, inmoral e inestable.

Se forjó así una leyenda negra que durante siglos oscureció su figura, pero detrás de esas acusaciones se escondía una verdad incómoda; Urraca no obedecía, reinaba y para ello hubo de pagar el precio de un matrimonio roto y un reino dividido.

En 1114, el enlace fue declarado nulo, y la reina quedó sola frente a enemigos internos y externos, repudiada por su esposo y cuestionada por sus súbditos.

A pesar de todo ejerció el poder con plenitud. Firmaba diplomas con la fórmula solemne:

“Ego Urraka, Dei nutu totius Yspanie regina”,

proclamándose reina por la gracia de Dios de toda Hispania.

Afrontó rebeliones urbanas en Santiago y Sahagún, y supo maniobrar con inteligencia para mantener la legitimidad de su hijo como heredero. Su reinado fue un campo de batalla político donde se puso a prueba la capacidad femenina de ejercer autoridad, pero en medio de ese caos demostró un talante político notable. Supo castigar y perdonar, pactar y resistir. Cabalgó por sus dominios, se vistió de hierro, presidió cortes, otorgó fueros y defendió la autoridad real con una firmeza que muchos reyes varones no habrían soportado. Su vida personal fue utilizada como arma política, sus relaciones sentimentales fueron exageradas y juzgadas con una severidad que nunca se aplicó a los hombres. Lo que en un rey era pasión o estrategia, en ella era pecado y táctica.

Pero el golpe más doloroso estaba por llegar; su propio hijo, Alfonso Raimundez, fue utilizado por sus rivales y enemigos en contra suya al ser proclamado rey de Galicia siendo ella aún reina, por lo que se vio obligada a enfrentarse a él políticamente para no perder el trono.

Murió Urraca I de León y Castilla en Saldaña el 8 de marzo 1126 agotada por años de lucha ininterrumpida. No pasemos por alto la caprichosa casualidad de que en la actualidad ese día en España es el día de la mujer,

Tenía poco más de cuarenta años. Dejó un reino más estable del que había recibido y un heredero preparado para gobernar. Alfonso VII heredó la corona, pero también una enseñanza fundamental: el poder no se concede, se defiende.

Durante siglos, la reina leonesa fue recordada más por el escándalo que por su obra.

Hoy, la Historia empieza a rescatarla del prejuicio y a reconocerla como lo que fue: una pionera, una reina que gobernó en solitario cuando casi ninguna mujer podía o no sabía hacerlo, y lo hizo en un mundo de espadas, silencios impuestos y obediencias forzadas.

martes, 6 de enero de 2026

BERENGUELA DE CASTILLA LA REINA QUE NO QUISO SERLO

 

“LA ESTRATEGA INVISIBLE QUE UNIÓ DOS CORONAS”

Es Berenguela ejemplo claro de otra forma de poder más discreta pero igualmente poderosa y decisiva; hablo de la diplomacia, la negociación y la inteligencia política; y en este terreno ella destacó de manera excepcional porque gobernó sin alardes y en la sombra, porque reinó sin querer reinar y porque cambió el rumbo de la Historia de España sin empuñar una espada. Lo hizo en un reino donde el poder lo ostentaban los hombres, y dónde su única ambición fue la de mantener unido a su pueblo y ser la mejor madre.

Se desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque todo apunta a que fue en los primeros meses del año 1180 en Burgos.  El hecho de que fuera nieta de Leonor de Aquitania, era hija de Leonor de Plantagenet también conocida por Leonor de Inglaterra y de Alfonso VIII de Castilla y por tanto abuela de Alfonso X “el Sabio”, la colocan en un lugar preferente de la Historia de España, y a nosotros de nuevo ante el rancio linaje de los Plantagenet. Pero ella por sí misma fue una figura relevante cuya personalidad marcó la vida de sus hijos y la de su nieto “el rey Sabio”, ya que se encargó personalmente de su educación y formación, y sin embargo es un personaje desconocido para el gran público más habituado a fijarse en personajes como “Los Reyes Católicos”, Juana “La Loca”La Beltraneja” o Felipe “el Hermoso”. Quizás sea una cuestión de márquetin medieval, pero ella también recibió un sobrenombre: fue el de Berenguela “La grande”.

El hecho de ser la primogénita de los reyes de Castilla la colocaba en primer lugar en la línea de sucesión al trono, pero el posterior nacimiento de un hermano varón la desplazó sin remedio al segundo lugar en esta línea sucesoria tal y como pasaría con Leonor de Borbón y Ortiz, actual princesa de Asturias y por tanto heredera al trono español, si tuviera un hermano varón, aunque fuera menor que ella(1). Y aunque las razones sucesorias no fueran exactamente las mismas, Berenguela es anterior a Las Siete Partidas de su nieto Alfonso X y Leonor de Borbón es posterior, las consecuencias sucesorias si lo son.

Sin obviar que en el reino de Castilla reinaban las mujeres en ausencia de varón; en el de Aragón directamente no reinaban, ni siquiera en ausencia de varón.

Su nombre le fue impuesto en honor a su bisabuela, esposa de Alfonso VII e hija de Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y, de la misma manera que sus hermanas Urraca y Blanca de Castilla, recibió una esmerada educación basada en la lectura, el latín, estudios de Derecho y administración que sería el baluarte de su vida.

A la edad de ocho años su madre la promete con el joven duque Conrado hijo del emperador alemán quien acepta el compromiso por tratarse de la princesa heredera del reino de Castilla, pero tras el nacimiento de un hermano varón este enlace pierde todo el interés para los germánicos, pues el acontecimiento desbanca sin remedio a Berenguela de la posibilidad de alcanzar el trono español.

Tras ese primer intento, su madre inicia conversaciones nuevamente, pero esta vez dentro del territorio español, y propone como esposo para Berenguela a Alfonso IX rey de León. La unión entre tío y sobrina, pues él era primo hermano de su padre, se produce en 1197. Alfonso IX otorga su mujer ciertas plazas y castillos para disfrute propio, a cambio Castilla devuelve a León todos los territorios usurpados en momentos de guerra. Del matrimonio nacen cinco hijos y parece quererse, sin embargo, en 1204 el enlace es anulado por el papa Inocencio III por existir lazos de consanguinidad demasiado cercanos por lo que Berenguela vuelve a Castilla, quedando sus cinco hijos legitimados, pero en León.  Desde ese momento el único propósito de “la Grande” será que su hijo primogénito Fernando llegue a reinar.

Y es que el papel de madre de Berenguela fue antepuesto por ella a cualquier otro. Cuentan las monjas que habitaban el Monasterio de la Virgen de Valparaíso, también conocido por Monasterio de Peleas, que el primogénito Fernando llegó al mundo en 1199 en circunstancias que hicieron temer lo peor desde el primer momento. Este nacimiento estuvo marcado por la profunda debilidad del vástago, un niño frágil y casi sin fuerzas cuya vida pendía de un hilo.

Berenguela plenamente consciente de ello, tomó al niño en brazos convencida de que no sobreviviría y empezó a acunarlo en silencio, sin lamentos ni aspavientos; con la serenidad de quien acata la voluntad divina sin cuestionarla. Las religiosas que la acompañaban, preparaban su ánimo para el cercano y fatal desenlace y dispusieron el rito para bautizarlo de urgencia si fuese necesario. La madre no cambió el gesto y permaneció firme toda la noche meciendo y encomendando a Dios a su recién nacido que ya apenas respiraba.

Pasaban las horas y no parecía que nada hubiese cambiado. Ya irrumpían los primeros rayos de la mañana cuando la abadesa se acercó a Berenguela alarmaba ante la falta de movilidad del niño y, contra todo pronóstico, cuando abrieron el arrullo para comprobar su estado observaron estupefactas cómo el infante Fernando había recuperado el color, su respiración se había estabilizado y dormía plácidamente en los brazos de su madre. Para las monjas que habían asistido al parto aquello no tenía explicación humana, por lo que el hecho fue interpretado como un milagro. Las religiosas afirmaron sin dudarlo que Dios había protegido al niño porque estaba destinado a grandes cosas, no sólo a ser un heredero real, era un elegido.

Este episodio encaja perfectamente con la imagen que siglos más tardes se construiría en torno al ya rey Fernando III conocido como “el Santo”, padre de Alfonso X, que fue canonizado en 1671 y recordado como un rey justo y piadoso.

Para Berenguela aquel momento debió quedar grabado en su alma para siempre. La madre que había acunado s su hijo en la convicción de que iba a morir es la misma mujer que años más tarde renunciaría a la Corona para colocarla en la cabeza de aquel niño frágil al que había llevado suavemente de la mano hasta el trono unificador de Castilla y León. Sin duda la vida de Fernando III estaría siempre ligada a la figura firme y silenciosa de su madre.

Desde el momento en que volvió a Castilla, después de la anulación de su matrimonio, tuvo la determinación de proteger los derechos de sus hijos frente a las tensiones sucesorias que se avecinaban. Y así fue, pronto empezaron los problemas porque su hermano, el joven rey Enrique I de Castilla, murió accidentalmente en 1217 abriéndose con ello una grave crisis sucesoria. Berenguela como hermana mayor y heredera legítima fue proclamada reina de Castilla, pero todos sabía que había aceptado la Corona por deber y no por ambición. Era plenamente consciente de las dificultades a las que iba a enfrentarse siendo una mujer sola, en una sociedad feudal dominada por una nobleza hostil y guerrera. Por ello, apenas unos meses después de ser proclamada reina tomó una decisión histórica: abdicó la Corona en su hijo Fernando. Este gesto insólito para la época tenía dos intenciones claras, asegurar el trono a su hijo, y gobernar desde la sombra, asesorando, mediando y garantizando la estabilidad del reino de Castilla con un gesto que el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, cronista y testigo de los hechos, calificó como:

“Da gran prudencia y sabiduría, anteponiendo el bien de su reino a su propio honor”

Pero no fue este un gesto aislado porque siguió haciendo alarde de ambos dones y su mayor logro llegaría en 1230, cuando tras la muerte de Alfonso IX de León, su esposo, el trono leonés debía pasar a las hijas que este tuvo con su primera mujer, Teresa de Portugal, Sancha y Dulce. La situación amenazaba con reabrir el viejo conflicto entre ambos reinos. Berenguela desplegó entonces toda su habilidad diplomática y negoció directamente con las infantas, alcanzando con ellas un acuerdo histórico: “El Tratado de las Tercerías de Benavente” gracias al cual Fernando III fue reconocido como rey de León a cambio de una compensación económica a sus hermanastras.  Es muy probable que para convencerlas se pusiera ella misma como ejemplo de renuncia.

Este acuerdo selló definitivamente la unión entre Castilla y León bajo una sola Corona, una unión que ya no volvería a romperse y que fue obtenida gracias a la inteligencia y las dotes diplomáticas de una mujer que sin ni siquiera sentarse en el trono había conseguido lo que generaciones de reyes no supieron obtener empuñando una espada.  

Sin duda Berenguela “la Grande” representa un modelo de poder muy distinto al que suele aparecer en los relatos medievales. No fue reina, no fue guerrera, no fue una figura pasiva o beligerante; fue una arquitecta de la política de la España medieval, una dirigente a la sombra que supo adaptarse a las limitaciones de su tiempo y convertirlas en ventajas políticas.

 

¡Qué bien nos vendría una figura política como la suya en estos tiempos de tan poca vocación y tanto desatino!



 (1) Leer artículo ¿Por qué podrá reinar la princesa Leonor sin que sea necesario reformar la Constitución? (10 de febrero del 20222)

https://lapuertaama.blogspot.com/2022/02/por-que-la-princesa-leonor-podra-reinar.html