“LA
ESTRATEGA INVISIBLE QUE UNIÓ DOS CORONAS”
Es
Berenguela ejemplo claro de otra forma de poder más discreta pero igualmente poderosa
y decisiva; hablo de la diplomacia, la negociación y la inteligencia política;
y en este terreno ella destacó de manera excepcional porque gobernó sin alardes
y en la sombra, porque reinó sin querer reinar y porque cambió el rumbo de la
Historia de España sin empuñar una espada. Lo hizo en un reino donde el poder
lo ostentaban los hombres, y dónde su única ambición fue la de mantener unido a
su pueblo y ser la mejor madre.
Se
desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque todo apunta a
que fue en los primeros meses del año 1180 en Burgos. El hecho de que fuera nieta de Leonor de
Aquitania, era hija de Leonor de Plantagenet también conocida por Leonor de
Inglaterra y de Alfonso VIII de Castilla y por tanto abuela de Alfonso X “el
Sabio”, la colocan en un lugar preferente de la Historia de España, y a
nosotros de nuevo ante el rancio linaje de los Plantagenet. Pero ella por sí
misma fue una figura relevante cuya personalidad marcó la vida de sus hijos y
la de su nieto “el rey Sabio”, ya que se encargó personalmente de
su educación y formación, y sin embargo es un personaje desconocido para el
gran público más habituado a fijarse en personajes como “Los Reyes Católicos”,
Juana “La Loca” “La Beltraneja” o Felipe “el Hermoso”.
Quizás sea una cuestión de márquetin medieval, pero ella también recibió un
sobrenombre: fue el de Berenguela “La grande”.
El hecho
de ser la primogénita de los reyes de Castilla la colocaba en primer lugar en
la línea de sucesión al trono, pero el posterior nacimiento de un hermano varón
la desplazó sin remedio al segundo lugar en esta línea sucesoria tal y como
pasaría con Leonor de Borbón y Ortiz, actual princesa de Asturias y por tanto
heredera al trono español, si tuviera un hermano varón, aunque fuera menor que
ella(1). Y aunque las razones sucesorias no fueran exactamente las mismas,
Berenguela es anterior a Las Siete Partidas de su nieto Alfonso X y Leonor de
Borbón es posterior, las consecuencias sucesorias si lo son.
Sin
obviar que en el reino de Castilla reinaban las mujeres en ausencia de varón;
en el de Aragón directamente no reinaban, ni siquiera en ausencia de varón.
Su nombre
le fue impuesto en honor a su bisabuela, esposa de Alfonso VII e hija de Ramón
Berenguer III, conde de Barcelona y, de la misma manera que sus hermanas Urraca
y Blanca de Castilla, recibió una esmerada educación basada en la lectura, el
latín, estudios de Derecho y administración que sería el baluarte de su vida.
A la edad
de ocho años su madre la promete con el joven duque Conrado hijo del emperador
alemán quien acepta el compromiso por tratarse de la princesa heredera del
reino de Castilla, pero tras el nacimiento de un hermano varón este enlace pierde
todo el interés para los germánicos, pues el acontecimiento desbanca sin
remedio a Berenguela de la posibilidad de alcanzar el trono español.
Tras ese
primer intento, su madre inicia conversaciones nuevamente, pero esta vez dentro
del territorio español, y propone como esposo para Berenguela a Alfonso IX rey
de León. La unión entre tío y sobrina, pues él era primo hermano de su padre, se
produce en 1197. Alfonso IX otorga su mujer ciertas plazas y castillos para
disfrute propio, a cambio Castilla devuelve a León todos los territorios
usurpados en momentos de guerra. Del matrimonio nacen cinco hijos y parece quererse, sin embargo, en 1204 el enlace es anulado por el
papa Inocencio III por existir lazos de consanguinidad demasiado cercanos por
lo que Berenguela vuelve a Castilla, quedando sus cinco hijos legitimados, pero
en León. Desde ese momento el único propósito
de “la Grande” será que su hijo primogénito Fernando llegue a reinar.
Y es que
el papel de madre de Berenguela fue antepuesto por ella a cualquier otro.
Cuentan las monjas que habitaban el Monasterio de la Virgen de Valparaíso,
también conocido por Monasterio de Peleas, que el primogénito Fernando llegó al
mundo en 1199 en circunstancias que hicieron temer lo peor desde el primer
momento. Este nacimiento estuvo marcado por la profunda debilidad del vástago,
un niño frágil y casi sin fuerzas cuya vida pendía de un hilo.
Berenguela
plenamente consciente de ello, tomó al niño en brazos convencida de que no
sobreviviría y empezó a acunarlo en silencio, sin lamentos ni aspavientos; con
la serenidad de quien acata la voluntad divina sin cuestionarla. Las religiosas
que la acompañaban, preparaban su ánimo para el cercano y fatal desenlace y dispusieron
el rito para bautizarlo de urgencia si fuese necesario. La madre no cambió el
gesto y permaneció firme toda la noche meciendo y encomendando a Dios a su recién
nacido que ya apenas respiraba.
Pasaban
las horas y no parecía que nada hubiese cambiado. Ya irrumpían los primeros
rayos de la mañana cuando la abadesa se acercó a Berenguela alarmaba ante la
falta de movilidad del niño y, contra todo pronóstico, cuando abrieron el arrullo
para comprobar su estado observaron estupefactas cómo el infante Fernando había
recuperado el color, su respiración se había estabilizado y dormía plácidamente
en los brazos de su madre. Para las monjas que habían asistido al parto aquello
no tenía explicación humana, por lo que el hecho fue interpretado como un
milagro. Las religiosas afirmaron sin dudarlo que Dios había protegido al niño
porque estaba destinado a grandes cosas, no sólo a ser un heredero real, era un
elegido.
Este
episodio encaja perfectamente con la imagen que siglos más tardes se construiría
en torno al ya rey Fernando III conocido como “el Santo”, padre de
Alfonso X, que fue canonizado en 1671 y recordado como un rey justo y piadoso.
Para Berenguela
aquel momento debió quedar grabado en su alma para siempre. La madre que había
acunado s su hijo en la convicción de que iba a morir es la misma mujer que
años más tarde renunciaría a la Corona para colocarla en la cabeza de aquel niño
frágil al que había llevado suavemente de la mano hasta el trono unificador de
Castilla y León. Sin duda la vida de Fernando III estaría siempre ligada a la
figura firme y silenciosa de su madre.
Desde el
momento en que volvió a Castilla, después de la anulación de su matrimonio,
tuvo la determinación de proteger los derechos de sus hijos frente a las
tensiones sucesorias que se avecinaban. Y así fue, pronto empezaron los
problemas porque su hermano, el joven rey Enrique I de Castilla, murió
accidentalmente en 1217 abriéndose con ello una grave crisis sucesoria.
Berenguela como hermana mayor y heredera legítima fue proclamada reina de
Castilla, pero todos sabía que había aceptado la Corona por deber y no por
ambición. Era plenamente consciente de las dificultades a las que iba a
enfrentarse siendo una mujer sola, en una sociedad feudal dominada por una
nobleza hostil y guerrera. Por ello, apenas unos meses después de ser
proclamada reina tomó una decisión histórica: abdicó la Corona en su hijo
Fernando. Este gesto insólito para la época tenía dos intenciones claras,
asegurar el trono a su hijo, y gobernar desde la sombra, asesorando, mediando y
garantizando la estabilidad del reino de Castilla con un gesto que el arzobispo
Rodrigo Jiménez de Rada, cronista y testigo de los hechos, calificó como:
“Da gran
prudencia y sabiduría, anteponiendo el bien de su reino a su propio honor”
Pero no
fue este un gesto aislado porque siguió haciendo alarde de ambos dones y su
mayor logro llegaría en 1230, cuando tras la muerte de Alfonso IX de León, su
esposo, el trono leonés debía pasar a las hijas que este tuvo con su primera
mujer, Teresa de Portugal, Sancha y Dulce. La situación amenazaba con reabrir
el viejo conflicto entre ambos reinos. Berenguela desplegó entonces toda su
habilidad diplomática y negoció directamente con las infantas, alcanzando con ellas
un acuerdo histórico: “El Tratado de las Tercerías de Benavente” gracias
al cual Fernando III fue reconocido como rey de León a cambio de una
compensación económica a sus hermanastras.
Es muy probable que para convencerlas se pusiera ella misma como ejemplo
de renuncia.
Este
acuerdo selló definitivamente la unión entre Castilla y León bajo una sola
Corona, una unión que ya no volvería a romperse y que fue obtenida gracias a la
inteligencia y las dotes diplomáticas de una mujer que sin ni siquiera sentarse
en el trono había conseguido lo que generaciones de reyes no supieron obtener
empuñando una espada.
Sin duda
Berenguela “la Grande” representa un modelo de poder muy distinto al que
suele aparecer en los relatos medievales. No fue reina, no fue guerrera, no fue
una figura pasiva o beligerante; fue una arquitecta de la política de la España
medieval, una dirigente a la sombra que supo adaptarse a las limitaciones de su
tiempo y convertirlas en ventajas políticas.
¡Qué bien
nos vendría una figura política como la suya en estos tiempos de tan poca
vocación y tanto desatino!
