LA DESPIADADA Y SALVAJE VENGANZA DE PEDRO I DE PORTUGAL
No sé si definir este tremendo relato como la historia de una amistad verdadera entre dos mujeres que se truncó por un amor infinito, o la de una mujer cuyo destino estuvo marcado en idénticas proporciones por la gloria y por tragedia. Quizás la segunda opción sea más acertada, pero lo cierto y verdad es que de lo que aquí se narra, ni la más exhaustiva de las investigaciones podría separar con absoluta certeza lo histórico de lo mítico.
En tierras orensanas bañadas por el río Limia, nació en 1320 Inés en el seno de una de las familias más ilustres y poderosas de Galicia. Se trataba de la familia Castro, emparentada con los antiguos reyes de Galicia y los primeros de Castilla y Portugal.
Huérfana de madre desde temprana edad, creció bajo la tutela de su pariente, el infante don Juan Manuel, el célebre autor de “El Conde Lucanor”, en el imponente castillo de Peñafiel. Allí, entre muros lúgubres y juegos de infancia, se forjó una amistad aparentemente indestructible con Constanza Manuel de Villena, hija de don Juan Manuel y de la infanta Constanza de Aragón.
De todos es conocido que en las casas reales y nobiliarias los matrimonios se concertaban desde la infancia, y tal fue el caso de Constanza que fue desposada con nueve años con el infante Alfonso, futuro Alfonso XI, siendo ratificado el enlace por las Cortes de Valladolid en 1325. Y aunque el matrimonio no llegó a consumarse, dada la minoría de edad de Constanza, sí pasó a titularse la desposada como reina consorte de Castilla.
En 1327 fue repudiada por el monarca castellano, interesado en su prima la infanta María, y en 1335 don Juan Manuel la promete al heredero de la Corona portuguesa, el infante Pedro, futuro Pedro I de Portugal, por lo que, en 1339, las dos jóvenes parten hacia la corte lusa: Constanza como futura reina e Inés como su dama de compañía.
No se sabe a ciencia cierta como era físicamente Constanza, pero sí como era Inés y su llegada a Portugal no pasó desapercibida. Los cronistas de la época la describieron como una mujer de belleza extraordinaria, de piel clara y ojos luminosos.
El príncipe Pedro quedó prendado de ella al instante sin embargo, cumplió su promesa y se casó con Constanza; y aunque cumplió con sus deberes sucesorios, mantuvo una relación clandestina con Inés que era un secreto a voces, y que por supuesto llegó a oídos de Constanza.
Esta en un intento desesperado por frenar el romance, utilizó una astuta maniobra religiosa: nombró a Inés madrina de uno de sus hijos. Según el Derecho Canónico de la época, el padrinazgo creaba un parentesco espiritual que convertía cualquier relación posterior en pecado de incesto. Pero ni siquiera esta táctica consiguió terminar con la pasión existente entre los amantes, e Inés pasó a convertirse en un problema para la Corona.
La muerte de Constanza, después de un parto complicado, en 1345, no hizo sino acrecentarlo porque Pedro, ahora viudo, se negó a contraer nuevas nupcias declarando abiertamente su amor por Inés, lo que provocó el rechazo de la nobleza y del propio monarca Alfonso IV de Portugal, que desterró a Inés en el pueblo extremeño de Alburquerque. El rey intentó casar de nuevo a Pedro, pero este rechazó cualquier matrimonio, alegando que no se casaría con nadie que no fuera Inés, ya que era su verdadero amor; y desafiando abiertamente a su padre se fue a vivir con ella a Coimbra donde concibieron cuatro hijos, lo que encendió todas las alarmas en la Corte.
El problema no era solo moral; también lo era de Estado. Los hermanos de Inés, Fernando y Álvaro de Castro, empezaron a ejercer una influencia desmedida sobre el príncipe Pedro. La nobleza portuguesa temía que, si este se casaba con ella sus hijos bastardos fueran legitimados desplazando al legítimo heredero, el débil infante Fernando. Además, los derechos de los Castro sobre la corona de Castilla amenazaban con arrastrar a Portugal a un juego sucesorio peligroso que ponía en riesgo su independencia. Se trataba de impedir que Galicia fuera un solo reino con Portugal, y que siguiera encadenada y sometida a Castilla.
Había que tomar una decisión drástica por lo que en 1354 el rey Alfonso IV, presionado por su consejo, inició una conspiración para impedir esa boda. Decidió que la única solución era dar muerte a Inés. Los encargados de ejecutar la sentencia fueron tres malvados castellanos; González, Coello y Pacheco.
El 7 de enero de 1355, aprovechando que Pedro estaba de cacería, los verdugos rodearon la Quinta de las Lágrimas en Coimbra, parece ser que acompañados del propio Rey Alfonso que quiso estar presente. Inés, que se encontraba rodeada de sus hijos, suplicó por su vida; y aunque el monarca se conmovió momentáneamente, acabó por abandonar la estancia pronunciando al salir una frase lapidaria: «hagan lo que les plazca».
Fue apuñalada delante de sus hijos y finalmente decapitada, "privilegio" reservado a la nobleza para evitar suplicios mucho más cruentos como eran la quema en la pita, el ahorcamiento o el desmembramiento. Cuenta la leyenda que su sangre quedó marcada para siempre en las piedras de la fuente de la Quinta y que cuando Pedro supo del brutal asesinato juró vengar el asesinato de su amada, y no abandonar este mundo sin dar despiadada muerte a los ejecutores, Coello, Pacheco y González, que al enterarse huyeron despavoridos de Portugal
Se levantó en armas contra su padre e intentó derrocarlo sin éxito. Tras la muerte de este, dos años después, uno de sus primeros actos como Pedro I de Portugal fue declarar que se había casado en secreto con Inés por lo que, a pesar de estar muerta, esto le hacía legítima reina y por tanto legitimaba también a sus hijos como herederos.
El siguiente acto como monarca fue de justicia poética, porque aprovechando un intercambio de fugitivos con Castilla logró capturar a dos de los tres asesinos. Pacheco se había refugiado en la corte de Aviñón y se libró, pero Coello y González fueron ejecutados por la propia mano del rey de forma brutal.
Al primero le arrancó el corazón por el pecho y al segundo por la espalda, los dos estando vivos, “ellos han destruido mi corazón y los de mis hijos”, alegó.
Después ordenó erigir en el Monasterio de Alcobaça, dos tumbas de mármol blanco, talladas con una perfección exquisita, para enterrar los restos de su adorada Inés y los suyos propios. Los sarcófagos fueron colocaron frente a frente, pies con pies. Su deseo era que el día del Juicio Final, al resucitar de entre los muertos, lo primero que vieran fuera el rostro del otro. En la base de la tumba de Inés fueron tallados los cuerpos de sus tres verdugos con formas animales, soportando por toda la eternidad el peso de la mujer que intentaron destruir.
Y aunque parezca que esta tremenda historia acaba aquí, el episodio más macabro está aún por llegar porque Pedro I mandó desenterrar y colocar el cadáver de la reina, ya en avanzado estado de descomposición, en el trono; y en una ceremonia que podría superar cualquier ficción gótica o el guion de una película de Tim Burton, obligó a la nobleza, al clero y al pueblo a besar la mano inerte de la difunta y a rendirle pleitesía. Fue la primera y única vez que una mujer reinó después de muerta.
No hemos de olvidar, no obstante, que por encima de lo macabro el legado de esta pareja también fue dinástico. La unión entre Inés de Castro y el rey Pedro I de Portugal no solo fue un romance trágico de tintes góticos; fue, en términos genéticos y políticos, una de las alianzas más influyentes de la historia europea. Aunque su amor terminó de manera trágica, sus descendientes se sentaron en los tronos más poderosos de la cristiandad
Tras la muerte de Pedro I fue Fernando, el hijo primogénito fruto del matrimonio con Constanza Manuel, quien heredó el trono portugués. Sin embargo, el destino tenía preparado un camino más largo para la sangre de Inés. Es fascinante contemplar como “la reina póstuma" terminó siendo la antepasada de los monarcas más gloriosos de España.
Beatriz de Portugal, Hija de Pedro e Inés, fue pieza clave en la conexión con la nobleza castellana pues se casó con Sancho de Castilla, Conde de Alburquerque. De esta unión nació Leonor de Alburquerque, conocida con el sobrenombre de “la rica hembra”, que se casó con Fernando I de Antequera, quien llegaría a ser rey de Aragón. De la unión de Leonor y Fernando nació Juan II de Aragón que fue el padre de Fernando el Católico, y por tanto abuelo de Juana la Loca, bisabuelo de Carlos V y tatarabuelo de Felipe II.
Es justo decir por todo lo aquí contado, que Inés de Castro no fue solo una víctima de la política medieval; fue la protagonista de una gesta de amor que desafió la biología, la ley y la propia muerte. Es de entender que su historia trascendiera las fronteras portuguesas para convertirse en un mito europeo. Luis de Camões la inmortalizó en “Os Lusíadas”, y en el Siglo de Oro español, Vélez de Guevara escribió la inmortal obra “Reinar después de morir”.
Incluso Giuseppe Verdi proyectó una ópera sobre su tragedia.
