martes, 9 de diciembre de 2025

RICARDO "CORAZÓN DE LEÓN" Y JUAN "SIN TIERRA".

      

LOS DOS BRAVOS HIJOS DE LEONOR DE AQUITANIA ENFRENTADOS POR EL TRONO DE INGLATERRA


A los cincuenta años Leonor seguía encerrada en Salisbury y aun así no había perdido la esperanza de volver a reinar. Su hijo Ricardo acababa de convertirse en rey, muerto su padre en 1189, bajo el nombre de Ricardo I y ella sabía que la primera orden de su reinado sería la de excarcelar a su madre. Así fue,

—¡Por fin voy a poder desempeñar el papel para el que he estado esperando tantos años!, ¡espero con ansiedad que mi hijo me lo pida! 

le dijo esa mañana al monje confesor que la visitaba dos veces por semana.

Mandó también Ricardo organizar su coronación como rey de Inglaterra con grandes fastos en la Abadía de Westminster y pidió que quedara prohibida la entrada a esta solemne ceremonia a judíos y mujeres; sus detractores quisieron ver en este gesto una muestra de su ocultada homosexualidad.

Coronado ya como Ricardo I, embarcó inmediatamente en una Tercera Cruzada, pero no sin antes dejar a alguien de absoluta confianza como regente de Inglaterra, no dudó un momento. Nadie mejor que su madre para hacerlo.

No se equivocaba el nuevo soberano, Leonor de Aquitania supo hacerse con las riendas de Inglaterra, casi con maestría, ganándose el beneplácito de los ingleses con facilidad en un tiempo en los que la mujer no gozaba de autoridad alguna.

Defendió sus tierras y consolidó el reinado de su hijo hasta el punto de negociar su liberación con inteligencia y audacia cuando, en su objetivo por liberar Jerusalén de las manos musulmanas en la Tercera Cruzada, este fue hecho prisionero por el soberano del Sacro Imperio Germánico Enrique VI, pidiendo para su liberación un cuantioso rescate que Leonor, removiendo cielo y tierra, logró obtener.

No pudo evitar sin embargo, a pesar de su ingente y acertada labor diplomática para mantener la fidelidad de los nobles, que su hijo pequeño Juan, apodado “sin Tierra”, destronase a su hermano mientras este se encontraba en cautiverio; estuvo apoyado en esta contienda por el rey de Francia Felipe II Augusto.

Tras su liberación Ricardo volvió a ocupar el trono inglés, por lo que fue coronado por segunda vez, pero Leonor no cesó en su empeño de reconciliar a sus hijos. Después de obtener la ansiada paz entre ellos se retiró a la Abadía de Fontevraud donde recibió la noticia de que el rey había sido herido por un flechazo en un hombro al tomar el Castillo de Châlus, y reclamaba su presencia.

No dudó un momento Leonor en abandonar su retiro, a pesar de haber cumplido ya los setenta y cinco años, para acudir a la presencia de su hijo. Se temía lo peor.

Se tornaron ciertas las terribles sospechas de la duquesa de Aquitania y sus peores presagios se cumplieron porque su hijo murió el 6 de abril de 1199, apenas llegó a socorrerlo, dejándola en la más absoluta de las desolaciones, pero siendo consciente de que debía posponer su dolor porque, a pesar de que el rey Ricardo había muerto sin descendencia, su hijo Juan no tenía asegurado ni el trono de Inglaterra ni los dominios de la familia,

—¡Qué terrible desgarro el de mi alma! No me siento capaz de sobreponerme a la muerte de otro de mis hijos, mascullaba Leonor entre sollozos.

—Ninguna madre debería pasar por tal desdicha y sin embargo debo postergar mi dolor, mi hijo Juan me necesita.

—Partiré en su auxilio una vez haya dado tierra a mi otro hijo, el rey Arturo.

—Es mi voluntad que sus entrañas sean enterradas en Aquitania, su cuerpo reciba sepultura en la Abadía de Fontevrault, a mi lado y en mi compañía, y su inconmensurable y valiente corazón de león repose eternamente en la Catedral de Rouen.

Y arrodillándose con esfuerzo frente a su cadáver, acarició lentamente con el dedo la divisa de su escudo de monarca en la que podía leerse:

“Dieu et mon droit”

“Dios y mi voluntad”


que pasaría a ser la leyenda heráldica de los escudos de los monarcas ingleses desde este fallecimiento.

Volvió Leonor a la Abadía de Fontevrault terriblemente triste pero tranquila por ver que su hijo había sido coronado como Juan I de Inglaterra.

Contra todo pronóstico, porque nadie esperaba que Juan fuese a heredar nada y menos la Corona siendo el menor de los hijos de Leonor y Enrique II, se hallaba sentado, y esta vez por derecho, en el trono inglés a pesar de que el mítico, y quizás inexistente, personaje de Robin Hood hubiera desprestigiado sin piedad ni mesura su reputación en favor de la de su hermano; o al menos eso era lo que contaba el pueblo llano al abrigo y bajo el espíritu de unas cervezas calientes en las tabernas locales.

Lo cierto y verdad es que el nuevo rey no destacó por su buen hacer y su reinado estuvo plagado de conflictos, tanto internos como externos, que lo llevaron a perder algunos territorios franceses, incluido Normandía, y esto debilitó su posición y provocó un terrible descontento entre sus nobles.

Juan era conocido por tener un carácter autoritario, probablemente heredado de su padre, y una tendencia a imponer su voluntad por encima de cualquier consejo que provocaba continuas tensiones en su reinado sobre todo con la Iglesia, llegando a ser excomulgado por el papa Inocencio III.

Estas tiranteces y su predisposición a sobrecargar de impuestos a los ingleses culminaron en la rebelión de un grupo de nobles que le obligaron a firmar una Carta Magna en Runnymede, el 15 de junio de 1215, que limitaba su poder y reconocía una serie de derechos fundamentales para “los hombres libres” de Inglaterra.

Lo paradójico de esta firma fue que, a pesar de que le fuera impuesta, rubricaba un documento que fue uno de los logros más significativos de su reinado pues sentó precedentes importantes para el desarrollo del Estado de Derecho y las libertades individuales en Inglaterra.

Incapaz de reconocer las bondades de esta Carta, el rey Juan I intentó desacreditarla, llegando a repudiarla, lo que provocó la “Primera Guerra de los Barones” y un descontento generalizado que acabó pasándole factura deteriorando gravemente su salud hasta llevarlo a la muerte, que se produjo el 19 de octubre de 1216. Le sucedió en el trono su hijo que fue coronado como Enrique III.

Hacía ya catorce años que había fallecido su longeva madre a la edad de ochenta y dos años y había pedido ser enterrada al lado de su hijo predilecto.

Él sin embargo quiso que se le diera sepultura en la Catedral de Worcester, junto al río Severn, alejado de los honores que se le dedicaron, incluso después de muertos, a los Plantagenet, su familia.

Quizás lo hizo en un último y consciente deseo de no volver a ser comparado con su hermano “lionheart”.

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

LEONOR DE AQUITANIA, LA GRAN DAMA DE EUROPA.

 

LA REINA QUE REINÓ DOS VECES

Aquella sala, aunque pequeña, resultaba acogedora; los primeros rayos de sol de la mañana se colaban entre las gruesas cortinas color vino del gran ventanal que coronaba la estancia.

Leonor había madrugado y se encontraba sentada en una silla de respaldo alto ricamente ornamentado en marfil al lado de la ventana, sus ojos parecían perderse entre los árboles del jardín.

—¡Quizás debí decírselo!  Pensaba.

El hecho de haber solicitado la anulación de su matrimonio con el rey Luis VII de Francia la intranquilizaba porque temía la reacción del monarca. Él siempre se había mostrado totalmente enamorado de ella, a pesar de que fue el suyo un matrimonio impuesto y motivado por la muerte de su padre, Guillermo X.

Sabía Leonor del dolor que se siente al perder a seres tan queridos porque su único hermano varón y su madre habían muerto en la primavera de 1130, siendo ella aún una niña.

En 1137 cuando Guillermo X, último conde de Poitiers y duque de Aquitania, partió en peregrinación a Santiago de Compostela dejando a ella y a su hermana Petronila al cuidado del arzobispo de Burdeos; no pensó ni por un momento que era su último viaje, que jamás volvería a verlas.

Tornó Leonor, con tan sólo quince años, en la heredera de Poitou y Aquitania, dominios franceses más grandes incluso que los del propio rey, y este hecho la convertía en una de las mujeres más poderosas de Europa, pero también en una tan indefensa como deseada presa a los ojos de cualquier noble depredador sediento de poder, capaz de cualquier cosa por alcanzar estatus, título y propiedades. 

Su padre que había previsto que esto pudiera suceder, la dejó bajo la tutela del rey Luís VI de Francia, conocido como Luis “el Gordo”, hasta que encontrara el marido adecuado.

No quiso el monarca desaprovechar la oportunidad, pues sabía que el encontrarse ya postrado permanentemente en el lecho debido a su obesidad lo abocaba sin piedad a una muerte cercana, y casó a la recién estrenada duquesa de Aquitania con su hijo el príncipe Luís, pasando con ello los vastos dominios de la joven a la Corona francesa.

No contó el soberano francés con que Leonor lejos de ser sumisa y callada era una joven rebelde, inteligente y segura que dominaba la historia y la aritmética, hablaba latín perfectamente y cabalgaba y cazaba como un varón. Había sido educada para mandar y por tanto iba a necesitar a su lado un marido fuerte y con criterio.

Quedo perdidamente enamorado el piadoso príncipe Luís desde el mismo momento en que Leonor irrumpió en su vida, quizás supo ver desde el principio que ella iba a ser fuerte donde él era débil y segura cuando él sintiera inseguridad, y esta circunstancia hizo que le consintiera todos sus caprichos y la dejara hacer y deshacer a su conveniencia.

Murió el obeso monarca poco después de celebrado el matrimonio convirtiéndose con ello el príncipe en Luís VII de Francia y Leonor en la reina de los francos, pero su energía y entusiasmo no fueron bien recibidos en la Corte francesa siendo la primera detractora de la nueva reina su suegra, la madre del rey, que pensaba que ejercía demasiada influencia sobre su hijo.

Leonor paseaba inquieta por la habitación, sus faldas de grueso brocado de seda crujían levemente al rozar a su paso con los muebles de la estancia. Sentía las manos frías, a pesar de lo soleado de la mañana, y buscó abrigarlas al calor del manto de lana que cubría la “chemise” corta de manga acampanada que había cosido para ella la más anciana de sus damas.

Estaba nerviosa, el proporcionar consuelo a su hermana la había ocasionado problemas y había despertado las iras de la Corte francesa. Quizás fue tomado por osadía el hecho de haber convencido a su marido para que apoyase a su hermana Petronila en sus amores con Raúl I “el Valiente”, casado con la hija del poderoso Esteban II de Blois, sin prever las consecuencias de este amparo.

¡Quién podía pensar que el apoyo a mi hermana iba a generar un conflicto de tal magnitud! murmuró en voz baja mientras se asomaba levemente al ventanal.

El hecho de que el soberano respaldase a Petronila y a Raúl, influido por Leonor, en unas relaciones ilícitas ocasionó un tumulto en la ciudad de Vitry que propició que la muchedumbre buscara refugio en una iglesia que acabó ardiendo; se perdieron más de mil vidas en el terrible incendio.

Sabía que el rey se sentía profundamente culpable por lo sucedido y que había buscado una manera solvente de expiar sus culpas. Quería limpiar su conciencia y nada mejor para ello que aceptar la proposición que le había hecho el papa Eugenio III de dirigir una Segunda Cruzada a Tierra Santa para recuperar el reino de Jerusalén.

Había decidido acompañarlo en la aventura cruz en mano, pero esta determinación no había hecho sino incomodar a la rígida moral de los miembros de la Iglesia de la época que empezaron desde entonces a considerarla una mujer libertina incapaz de acatar el papel de sumisión a su marido para el que, entendían, estaba destinada.

Tras un largo viaje el matrimonio decidió parar y alojarse en Antioquía, y allí empezó a forjarse una leyenda negra sobre ella debido a las frecuentes entrevistas que mantenía con su bien parecido tío Raimundo, príncipe de esta ciudad, que hicieron pensar a las intransigentes cabezas de la Corte que entre ellos existía una incestuosa relación, más allá de lo meramente familiar.

Llegados los rumores a oídos del rey, este se dispuso a abandonar con premura la ciudad turca, sin embargo la reina se negó a acompañar a su esposo por no entender lo apresurado de tal decisión incrementando y consolidando con ello su fama de mujer libertina y lujuriosa.

De regreso a Francia en el año 1152 la relación de la pareja estaba herida de muerte, reinaba el desconcierto y los reproches entre ellos, y  no contribuía a mejorarla el hecho de que hubieran tenido sólo hijas, dos; pero ningún hijo varón que pudiera heredar el trono.

La situación se volvió tan insostenible que Leonor solicitó la nulidad matrimonial, aun a riesgo de ser excomulgada.

Tengo treinta años y vuelvo a ser una de las mujeres más codiciadas de Europa, no debo permanecer mucho tiempo sola, mascullaba mientras miraba distraídamente el trasegar de la servidumbre en el patio colindante al jardín.

Necesito encontrar un marido acorde a mi linaje y mi posición y he de apresurarme en encontrarlo.

Y dicho y hecho; A los dos meses de su nulidad matrimonial contraía segundas nupcias en Poitiers con Enrique Plantagenet, duque de Normandía, futuro rey de Inglaterra y miembro de la familia rival de la monarquía francesa.

La unión era poderosa y Leonor lo sabía; con ella pasaba de ser reina de Francia a futura reina de Inglaterra en la misma primavera.

Hubo de esperar poco nuestra aspirante a soberana porque en 1154 Enrique se convirtió en Enrique II de Inglaterra, a la muerte de su padre.

Pronto empezaron las desavenencias entre los reyes porque eran dos personas de formidable carácter con el agravante de que la reina tenía once años más que su nuevo marido y no estaba dispuesta a obedecer las órdenes de un rey colérico y dominante, pero a pesar de sus frecuentes desencuentros Enrique era un hombre apasionado y tuvieron cinco hijos y tres hijas, y aun así todavía tuvo tiempo el monarca para mantener relaciones con numerosas amantes a las que alternaba con su mujer.

No aguantó la reina la última y cacareada relación de su marido con Rosamund Clifford y decidió marchar a Aquitania con algunos de sus hijos, los que habían heredado el carácter de su madre y no estaban dispuestos a permitir que su padre con sus continuas infidelidades la humillase ni un minuto más; también la acompañó en este viaje para apoyarla su hijo preferido, Ricardo.

Pronto vio el rey Enrique II cómo sus hijos se sublevaban contra él y empezó a sospechar que Leonor tenía un papel determinante en estas rebeliones por lo que, una vez sofocada la última de ellas, mandó encarcelar a su mujer en la Torre de Salisbury, en Old Sarum donde permaneció en cautiverio casi diez y seis años.

Durante su encierro forzoso se enteró de la muerte de dos de sus hijos; la del primogénito Enrique y también la de su amado Godofredo, el tercero de ellos. Con estas muertes se convierte en heredero a la Corona su predilecto hijo Ricardo que asciende al trono en 1189 a la muerte de su padre.

Empieza con ello la epopeya de Ricardo Corazón de León, rey guerrero que prefirió el campo de batalla a la afabilidad del trono.

 

Próximamente:

RICARDO CORAZÓN DE LEÓN Y JUAN SIN TIERRA.

LOS DOS BRAVOS HIJOS DE LEONOR DE AQUITANIA ENFRENTADOS POR EL TRONO DE INGLATERRA.


sábado, 25 de octubre de 2025

LA PROMISCUIDAD DE LA MONARQUIA ESPAÑOLA

 

HISTORIAS DE LA DOBLE MORAL REAL


Es atávica la imperiosa necesidad que ha tenido la monarquía desde que el mundo es mundo de perpetuar su dinastía proporcionando lo antes posible un heredero a La Corona, pero quizás esta no sea razón suficiente para justificar el “peregrinar de cama en cama” de algunos reyes españoles, porque no en todos los casos ha sido por verse inmersos en matrimonios de conveniencia. No olvidemos que cuando el resto de los mortales debía mantener un “código moral” la monarquía se levantaba sin pudor sus reales faldas ajena totalmente al mismo.

Si empezamos a hacer una crónica anterior a la dinastía Trastámara, sabremos que Pedro I de Castilla, hermanastro de Enrique II, fue un rey mujeriego que tuvo numerosas amantes destacando entre todas ellas María Padilla. Su medio hermano Enrique, fundador de la Casa Trastámara, sin embargo pasaría a la Historia más por su ambición que por su promiscuidad, aunque tuvo varias esposas y amantes, y es que la vida amorosa de este linaje no tuvo especial relevancia hasta llegar a Enrique IV, hijo de Juan II de Castilla y nieto de Enrique III que a su vez era nieto de Enrique II.

Pues bien, nuestro Enrique IV, siendo aún príncipe de Asturias, se casó a la edad de 15 años con Blanca de Navarra y pronto empezó a correr el rumor de que era impotente, aunque algunas prostitutas segovianas afirmaron que esto no era cierto, provocado este probablemente por su incapacidad para dejar a su esposa embarazada después de tres años de matrimonio.

No hubo duda, Blanca fue repudiada por el rey que ya había puesto los ojos en Juana de Portugal, catorce años menor que él, pero aun así sus detractores cuestionaron la paternidad de su hija Juana más por los rumores de la homosexualidad del monarca que por una posible impotencia, llegando el cronista Alonso de Palencia a afirmar que la inclinación sexual del soberano había sido heredada de su padre Juan II de Castilla, y que tanto el rey Enrique como su hija eran hijos ilegítimos.

Su medio hermana Isabel, también hija de Juan de II de Castilla, que con el tiempo y mucha tenacidad llegaría a reinar como “Isabel la Católica”, contrajo nupcias con Fernando II de Aragón que lo haría como “Fernando el Católico”; pero muy católico no es que fuera nuestro atractivo rey y aunque en este matrimonio no sólo hubiera política y también hubiera amor, quizás no fue el suficiente para evitar las infidelidades que estoicamente hubo de soportar la reina. Dicen que muerta Isabel víctima de lo que pudo ser un cáncer de útero en 1504, Fernando no tardo en casarse con Germana de Foix, treinta y seis años menor que él, lo que le obligó a emplearse a fondo en “los quehaceres conyugales”; tanto que empezó a abusar de un afrodisíaco conocido como “cantárida” que tuvo nefastas consecuencias para su salud.

Su yerno Felipe “El hermoso”, duque de Borgoña, se casó con su hija Juana pero este matrimonio no hizo sentar la cabeza al tarambana y promiscuo Felipe de Habsburgo que sometió a su mujer al mismo calvario ya sufrido por su madre, la reina “Católica”, aunque con peores consecuencias porque Juana sufrió tremendos arrebatos de ira ante tanta infidelidad que la llevaron incluso a agredir a una de sus damas de compañía o a acechar a su marido en una fiesta de la Corte estando en avanzado estado de gestación, lo que propició que diera a luz en un retrete al futuro emperador Carlos V.

No perdió la afición al sexo Felipe a pesar de este incidente y la mantuvo intacta hasta su muerte, que se produjo en 1506, dicen que por una indigestión, aunque hubo quien sostuvo que fue víctima de un envenenamiento propiciado por su suegro. A la reina Juana, conocida por estos arrobamientos como “La Loca”, esta repentina muerte le provocó un estado de enajenación mental de tal envergadura que no permitió que enterraran a su amado y pasó toda la noche del duelo paseando, o más bien arrastrando, el cadáver de su esposo por las habitaciones de palacio gritando que ya había perdonado a su amado Felipe por tanta humillación y que no se creía capaz de vivir sin su compañía. No sabía Juana que estaba embarazada de la que sería la hija póstuma de Felipe, Catalina de Aragón.

Siguieron los miembros varones de la dinastía Habsburgo dando muestras de satiriasis y prueba de ello fue la hipersexualidad del rey Felipe IV, “El rey Pasmado” para Torrente Ballester” que lo hizo desde muy pequeño.

El príncipe desarrolló una gran obsesión por el sexo en la pubertad que lo llevó a visitar de incógnito muchos de los teatros de Madrid en los que tuvo gran cantidad de furtivos y ardientes encuentros con las actrices del momento y entre ellas su preferida fue María Calderón, conocida por “La Calderona”, cantante y actriz en el teatro de comedias El Corral de la Cruz. El fruto de esa relación fue el bastardo real Juan José de Austria. Dijeron las malas lenguas que a la vez que con María también se entendía con Juana, su hermana.

La dinastía cambia de Austrias a Borbones con Felipe V, pero no la afición al sexo de los soberanos españoles. Las dotes amatorias y la obsesión por los placeres sexuales del primer monarca Borbón pronto pasaron a estar en boca de todos, llegándose a comentar que el rey obligó a su primera mujer, Maria Luisa de Saboya, a cumplir con sus “obligaciones conyugales” estando enferma de tuberculosis y prácticamente moribunda, hecho que desató en él unos terribles remordimientos “a posteriori” que lo arrastraban desolado al confesionario del que “salía” eufórico al ser absuelto de sus pecados, y esta euforia volvía a provocarle unas terribles ganas de practicar sexo sometiendo a su segunda mujer, la parmigiana Isabel de Farnesio, a inacabables sesiones de lujuria que la llevaban al paroxismo llegando a poner en peligro su salud mental. Tan largas llegaron a ser algunas de estas sesiones que hubo de convocar algún Consejo de ministros en su alcoba.

Carlos IV, hijo de Carlos III y María Amalia de Sajonia, no fue un rey promiscuo pero su esposa sí. Dijeron que el rey pasaba la mayor parte de su tiempo cazando, pues era un gran aficionado, y su mujer, María Luisa de Parma, también; y mientras él se encargaba de adornar el pabellón de caza de palacio con espléndidas cuernas de venados, su mujer le adornaba la cabeza con no menores cuernos que los que lucían en su pabellón. Todos en palacio, y fuera de él, eran conocedores de las “dotes amatorias” de la reina. Todos menos él, que no alcanzó a ver el indecoroso parecido del infante Francisco de Paula con el bien parecido Manuel Godoy, su mano derecha, porque estaba demasiado ocupado regateando el tamaño de las astas de sus último trofeos, mientras todos en la Corte regateaban el tamaño de las suyas.

Su hijo, el rey Fernando VII, también fue célebre por sus capacidades amatorias y su adicción al sexo, pero lo fue más por el tamaño de su miembro viril, padecía macrosomía genital. Tal era el tamaño de este que se cuenta que su tercera esposa, Maria Josefa de Sajonia, huyó aterrorizada de la alcoba real la noche de bodas y se negó a yacer con su marido. Hubo de intervenir el papa ante la obstinada cerrazón de la reina para recordarle sus “obligaciones maritales”.

Pero la que “se llevó la palma” en lo que a promiscuidad se refiere fue la hija de este monarca y de María Cristina de Borbón Dos Sicilias, la reina Isabel II conocida como “La reina Castiza” por sus “populares” aficiones. De ella se dijo que tuvo doce hijos sin consumar su matrimonio porque se casó con su primo Francisco de Asís y Borbón, aunque ninguno de los dos quería, conocido como “la Paquita”, “Paquita natillas” o “Paquito Mariquito” por su evidente homosexualidad aderezada con una no menos evidente “pluma” y su gusto por los perfumes y las joyas.

—¿Qué se puede esperar de alguien que llevaba más encajes que yo la noche de bodas?

Exclamó sin pudor la reina en alguna ocasión ante sus íntimos.

La paternidad de los doce hijos de la reina fue asumida con docilidad por Francisco de Asís que era plenamente conocedor de la ninfomanía de su mujer, y parece ser que la aceptaba con alivio.

Él era más discreto en sus andanzas amorosas, pero esto no evitó, a pesar de ello, el ser objeto de cotilleos, pasquines y versos satíricos como aquellos en los que de él se mofaban cruelmente cuando decían:

“Gran problema es en la Corte

averiguar si el Consorte

cuando acude al escusado

mea de pie o mea sentado”.

También hubo cánticos crueles:

“Paco Natillas

es de pasta y es de flora,

y mea de cuclillas

como una señora”.

El gran y discreto amor de Francisco de Asís de Borbón fue el aristócrata Antonio Ramón Meneses, que fue su amigo, su amante y la única pareja que se le conoció, pero “la reina Castiza” no supo agradecer su silencio y su discreta mansedumbre y lo castigó permanentemente con su impertinencia y su sátira, llegando a pronunciar frases tan hirientes ante su hijo, el que habría de ser el futuro rey Alfonso XII, como:

¡Hijo, por tus venas la única sangre Borbón que corre es la mía!

Que la desprestigiaban más a ella que a su esposo.

Por último, y para no entrar en “andanzas” de Borbones posteriores, llegamos a Alfonso XIII, bisabuelo del actual rey Felipe VI, que fue un monarca de talante “liberal” y también muy aficionado al sexo.

Aunque sólo se casó una vez, con la inglesa Victoria Eugenia de Battenberg, no escatimó en amantes y entre otras fueron célebres Celia Gámez, Carolina Otero, “la bella Otero” o Carmen Ruiz Moragas. Se dice que tuvo al menos doce hijos, siete dentro del matrimonio y otros cinco fuera de él, sufriendo dos de los legítimos la herencia de la hemofilia por vía materna, circunstancia que marcó de manera trágica sus vidas y las de sus padres.

El último monarca antes de la democracia, quiso ir más allá más en lo que a fantasías sexuales se refiere y financió tres películas pornográficas, “El ministro”, “El confesor” y “Consultorio de señoras” que fueron dirigidas por los hermanos Baños, convirtiéndose con ello en el primer promotor del cine pornográfico en España por lo que fue conocido con el sobrenombre de “el rey playboy”.

Para finalizar este breve pero jocoso recorrido por las “correrías” sexuales de la monarquía española creo que es justo afirmar que podremos declararnos monárquicos o republicanos, pero tratándose de la realeza todos prestamos oídos y “levantamos la ceja” ante sus “peculiaridades” mientras saboreamos una copa de vino.

sábado, 27 de septiembre de 2025

EL PRÍNCIPE CARLOS DE AUSTRIA

 

EL TRASTORNADO Y SÁDICO

 PRIMOGÉNITO DEL “REY PRUDENTE”


En la Corte se decía que fue una trepanación la que llevó al príncipe Carlos a sufrir daños cerebrales irreversibles cuando era un adolescente, y que estos le provocaron una agresividad incontrolable y serios problemas de salud mental.  Puede ser, pero no es menos cierto que la endogamia también hizo de las suyas, tenía cuatro bisabuelos en vez de ocho y seis tatarabuelos en vez de dieciséis. Quizás también pudo tener que ver la malaria que padeció cuando era apenas un niño.

Probablemente todo lo expuesto contribuyó en mayor o menor medida a que el primogénito de Felipe II, llamado a heredar el mayor Imperio de su tiempo aquel donde nunca se ponía el sol, viviera una compleja, azarada e inestable existencia; pero también amargó la de su padre y contribuyó poderosamente al nacimiento de la “Leyenda Negra” que sobrevoló la figura del monarca durante todo su reinado.

Carlos de Habsburgo nació en Valladolid el 8 de julio de 1545 fruto del matrimonio de Felipe II con María Manuela de Portugal, que murió cuatro días después del parto. Parece ser que la personalidad de Don Carlos se deterioró en tres fases: la primera cuando su padre partió a Inglaterra en 1554 a casarse con su tía María Tudor, era prima hermana de su padre, dejándolo bajo la custodia de sus tías.

Hasta ese momento el príncipe daba muestras de ser un niño normal, pero desencadenó una clara regresión en el infante el hecho de que su padre estuviera ausente durante casi cinco años. Esta ausencia tuvo como consecuencia que aprendiera a leer y escribir muy tarde y mal, de manera que a los veintiún años mostraba una caligrafía irregular y mal formada y una baja instrucción que llevó a su preceptor, Honorato Juan que también lo fue de Felipe II, a reconocer que no había nada que hacer para que el joven príncipe mostrase interés y aprendiese. Su inteligencia media-baja tampoco contribuyó a hacer de Carlos un joven formado y erudito.

La segunda fase se produjo en torno a los once años cuando una plaga de malaria asoló la Corte y afectó especialmente al vulnerable príncipe que desde ese momento y en adelante empezó a padecer ataques de fiebre alta repetida e inesperadamente. La tercera y última fase se produjo en 1562, mientras se encontraba en la Universidad de Alcalá de Henares asistiendo a clases, cuando cayó por una escalera sufriendo graves lesiones en la cabeza que le provocaron ceguera durante un tiempo y una pérdida de movilidad que acabó por dejarlo inválido. La trepanación cerebral a la que lo sometió el gran Vesalio parece ser que le salvó la vida, recuperó la vista y después de seis meses pudo volver a andar, pero ya no volvió a ser el mismo.

Empezaron a ser notorios los ataques de ira y los desplantes del príncipe, su carácter se tornó agresivo y violento y desarrolló una crueldad sin límites que hizo que gozara asando liebres vivas o cegando a los caballos del establo real. Contaban en palacio que en una ocasión tiró por la ventana a un paje que le llevó la contraria, llegó a atacar con un cuchillo al duque de Alba por afearle la conducta, hizo comerse a su cordonero, después de cocerlos, unos escarpines que no le ajustaban bien y a otro zapatero lo tiró por el balcón de sus aposentos como castigo por hacerle unas botas que le quedaron estrechas y le hacían daño.

Su padre, el rey, se resistía a aceptar que Carlos padeciera algún tipo de trastorno mental a pesar de los brutales episodios que llegaban a sus oídos. Con el tiempo hubo de aceptarlo y en el otoño de 1567 se desencadenó una gran crisis entre ambos que llevó al príncipe a verbalizar a su confesor que tenía la intención de matar a “un hombre”. Preocupó enormemente al rey Felipe la información que obtuvo su hermanastro Don Juan de Austria, también conocido por Jeromín, del entorno cercano del heredero de que Carlos tenía ahorrado dinero y sus intenciones eran las de huir a los Países Bajos.

El 17 de enero de 1568 el monarca regresó a Madrid, después de pasar las navidades en El Escorial, y convocó a sus consejeros y teólogos para someterles a una consulta sobre el camino a seguir. Debió haber unanimidad de criterio en la reunión porque la noche siguiente Felipe II en persona con casco y espada encabezó una partida de consejeros y guardias, y los condujo por los oscuros y fríos pasillos del Alcázar de Madrid dispuesto a arrestar al heredero.

Al despertarse y hallarse rodeado de hombre armados, Carlos preguntó:

¿Qué quiere vuestra majestad? ¿Viene a matarme o sólo a prenderme?

¡Ni lo uno ni lo otro hijo! Respondió el rey.

Pero el joven príncipe ya había echado mano de la pistola que guardaba siempre debajo de la almohada y pretendía usarla.

No llegó a apretar el gatillo, pero fue acusado de intentar atentar contra la vida de su padre por lo que fue arrestado de inmediato. Probablemente esta fuera una de las noches más duras y tristes de la existencia del monarca.

El príncipe fue confinado, como ya lo había sido en su momento su bisabuela Juana “La Loca”, y se le trasladó al mismo lugar donde también estuvo encerrada su tatarabuela Isabel de Portugal, la abuela demente de su abuela Juana. El sitio elegido para el destierro fue la torre del Castillo de Arévalo que se había reparado hacía apenas un año, y se le puso como guardián al hijo del brutal carcelero de su abuela. Era de todos conocido que los arrebatos de ira de la reina, provocados por tantos años de encarcelamiento, los “resolvía” el carcelero a golpe limpio, y que el emperador Carlos V, su hijo, lo permitía.

Todos en palacio se estremecieron, a nadie le habían pasado inadvertidas tantas coincidencias.

Un sentimiento de tristeza y vergüenza invadió al rey, pero prohibió llorar a la reina y le pidió a Juan de Austria que abandonara el luto que vestía en señal de duelo por el encierro. Despidió a todos los que hasta ese momento habían formado parte de la Casa del príncipe y se sumió en horas de oración.

El carácter del monarca que de por sí era ya marcadamente melancólico se volvió lúgubre y sombrío. Paseaba por los jardines del Alcázar apesadumbrado y taciturno, Giuseppe Verdi compondría siglos después una de sus más famosas óperas; “Don Carlo” inspirándose en este triste suceso que marcaría el inicio de la “Leyenda Negra” que perseguiría al monarca hasta el final de su vida.

El paso de los días acabó por diluir los comentarios y “el asunto” se tornó en algo meramente administrativo. Nadie quería hablar de ello.

El encierro al que fue sometido el príncipe no hizo más que deteriorar del todo su ya maltrecha salud mental. Carlos pasó de hacer tremendas huelgas de hambre, adelgazando hasta llegar a estar al borde de la muerte por lo que le forzaban ocasionalmente a tomar al menos un poco de sopa, a tragar compulsivamente todo lo que caía en su mano incluida tierra que arrancaba de la pared o su propio anillo de diamantes. Su comportamiento se volvió tan extremo, incongruente  y desordenado que acabó muriendo de hambre el 24 de julio de ese mismo año.

El pueblo se compadeció del rey y comprendió su sufrimiento; todos creyeron que la muerte del príncipe se había producido por inevitables causas naturales debido a un comportamiento iracundo, errático e impredecible. Y Aun así, empezó a crecer el rumor de que había algo más detrás de aquella trágica muerte.

Unos dijeron que había llegado a oídos del soberano que su hijo iba a traicionarlo fugándose a Flandes para una vez allí proclamarse rey; la propaganda holandesa acusó directamente al rey de ordenar el asesinato de su hijo que lo único que pretendía era acabar con la tiranía de su padre en los Países Bajos.  

Otros se atrevieron a asegurar que la verdadera razón de la muerte del príncipe Carlos fue un desliz con la mujer de su padre Isabel de Valois.

Era cierto que el príncipe y su madrastra se tenían cariño y pasaban tiempo juntos, también lo era que Carlos hacía regalos a la reina y que la noche anterior a su arresto había estado en los aposentos de la soberana jugando con ella a las cartas, pero no era menos cierto que la reina Isabel vivía entre sus damas, y de entre ellas destacaba por rígida y austera la duquesa de Alba que en modo alguno hubiera hecho la vista gorda ante tanto desatino.

En cualquier caso el chismorreo estaba servido, y no contribuyó a acabar con él el ataque de ansiedad seguido de un llanto desconsolado que provocó en la reina la noticia de  la muerte del heredero.

Era más seductor para las procaces mentes de la Corte ver dobleces en la pena de la reina, que entender que probablemente entre ellos hubiera existido una sana amistad ya que ambos eran de la misma edad.

 La “leyenda negra” en torno al último de los Austrias mayores no hizo más que crecer en el tiempo debido a algunas desacertadas decisiones políticas posteriores tomadas por el monarca, y a la muerte de su mano derecha Antonio Escobedo.

No hemos de olvidar no obstante, que el primer hijo de Felipe II fue el máximo exponente de las consecuencias de la endogamia que practicaron con habitualidad los Habsburgo, Felipe y María Manuela de Avis eran primos hermanos por parte de padre y de madre, y que la malaria y los demás incidentes ya narrados pudieron contribuir a deteriorar sus ya deficientes genes. El príncipe era portador de un grado de consanguinidad del 0,211 % que es casi el mismo que resulta de una unión entre hermanos, solo Carlos II “el Hechizado” su sobrino nieto lo superó en grado pues tenía un 0,254 %, y que su atormentado padre no tuviera tanto que ver en su desgraciado final. Para colmo de desdichas hubo de ver todavía el monarca morir siendo todavía infantes a dos hijos varones más, Fernando y Diego, antes de que el atolondrado Felipe, que reinaría como Felipe III, se convirtiera en príncipe de Asturias.

A día de hoy va a ser difícil que otra versión de los hechos, que tal vez fuera más veraz que la propia leyenda, diera al traste con esta magnífica pero terrible historia, sobre todo si en ella hay morbo.

¡Y en esta lo hay!

 


miércoles, 27 de agosto de 2025

TRAICIONES Y VENGANZAS EN LA CASTILLA DE LA EDAD MEDIA ¿UN JUEGO DE TRONOS MEDIEVAL?

 

PARTE II

Narra la parte primera de este relato las andanzas amorosas del rey Pedro I que después de enamorarse perdidamente de María Padilla, la dejó para casarse con Juana de Castro en 1374 y de cuyo matrimonio nació un hijo varón y aun así, la abandonó pocos meses después del enlace para volver a su antigua vida amorosa plagada de amantes y de hijos ilegítimos.

No cabe duda de que con estas y otras andanzas, además del innumerable número de muertos que dejó a su paso en cada alzamiento, iba engrosando la ya enconada lista de enemigos que esperaban el momento de vengarse del que tenían por un desalmado y despiadado soberano; pero de todos ellos el odio mayor lo despertó en su hermanastro Enrique de Trastámara, que no le perdonó que instigara o al menos permitiera bajo su reinado la ejecución de su madre, Leonor de Guzmán.

Pedro por su parte también tenía cuentas pendientes con su medio hermano cuya madre y el favoritismo que el rey Alfonso XI sentía por ella hicieron que repudiara a la suya, María de Portugal, dejándole a él durante toda su infancia y adolescencia fuera de la corte en el Alcázar de Sevilla, criado y educado por Vasco Rodríguez de Cornago, maestre de la Orden de Santiago.

Sus hermanastros sin embargo crecieron gozando de la presencia de su padre el rey, que vivió con Leonor veintitrés años, y que los agasajó con posesiones y títulos nobiliarios. Así a Enrique le fue otorgado el condado de Trastámara y Fadrique, su hermano gemelo, llegó a ser gran maestre de la orden santiaguina.

Esta inquina entre hermanos provocó que en los primeros años de reinado de Pedro I sus hermanastros Enrique, Fadrique, Sancho y Tello se levantasen en armas contra él, y a pesar de que en 1352 Enrique le hizo creer que estaba arrepentido y rogó su perdón, que obtuvo, poco tardó en provocar nuevos alzamientos, esta vez apoyados por la nobleza que había perdido el favor real con Alburquerque a la cabeza. Las órdenes militares se dividieron en este enfrentamiento entre el rey y sus adversarios contando el soberano con el apoyo de maestre de la Orden de Calatrava, Diego García de Padilla, la neutralidad del maestre de la Orden de Alcántara, Ferrán Pérez Ponce, que no quiso involucrarse en el conflicto y la absoluta hostilidad del maestre de la Orden de Santiago, que no era otro que su hermanastro Fadrique Alonso.

Hubo de sofocar la rebelión el monarca con mercaderes y la baja nobleza que todavía estaba de su lado, acabando de manera brutal y despiadada con los levantiscos nobles conspiradores, y de entre ellos con el valido y privilegiado de su madre Juan Alfonso de Alburquerque.

Con estos hechos consolidaba el controvertido soberano sus sobrenombres de “el Cruel” o “el Justiciero” dependiendo del juicio del juglar que narrase la crónica del alzamiento en la plaza del pueblo. Pero como quiera que fuere contada esta historia, siempre acababa con Enrique huyendo a refugiarse a Francia, y sin embargo este no fue su final porque cuando Pedro I se enfrentó a Pedro IV declarando la guerra a  Aragón, conocida por el nombre de “La Guerra de los dos Pedros” que duró de 1336 a 13339, utilizando como pretexto un incidente naval entre la flota aragonesa y naves genovesas, Enrique de Trastámara luchó junto a Pedro IV obteniendo victorias significativas como la de “La batalla de Araviana”,  debilitando con ello enormemente la posición de su hermanastro y fortaleciendo la suya en su pugna por el trono castellano.

El conflicto terminó con la muerte de Pedro I en 1339, asesinado por su hermano Enrique, que ascendió al trono Como Enrique II de Castilla conocido con el sobrenombre de “el Fratricida”.

Pero hasta el asesinato del rey a manos de su hermanastro estuvo motivado por el tremendo odio que se profesaron en muchos años de enemistad.  Y es que aceptada la derrota por el soberano, trató de huir del Castillo de Montiel contando para ello con la inesperada ayuda del francés Bertrand du Guesclin, que simuló favorecer su salida aprovechando un descuido de los franceses, pero este no era más que otro acto de felonía propiciado por Enrique que lo esperaba a las afueras del castillo, y que sin compasión ni posibilidad de defensa alguna ajustició al hijo de su mismo padre, cercenando con ello cualquier posibilidad de acuerdo de paz posterior entre dos ramas del mismo linaje.

Y es que en estas luchas intestinas entre hermanos siempre fueron los mismos los vencedores; aquellos ricoshombres que no tuvieron ningún tipo de pudor en situarse de un lado o de otro, siempre en pro de su riqueza y sus privilegios.

Es de suponer que estas conspiraciones y deslealtades tan viejas como el mundo siguieron rigiendo por encima de reyes, estirpes o linajes y ejemplo de ello fue el reinado de Juan II, biznieto de Enrique de Trastámara y padre entre otros de Enrique IV e Isabel “la Católica”, cuyo valido, Álvaro de Luna, condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago, sufrió en sus propias carnes el arbitrario descrédito y la pérdida de confianza de un rey voluble e indolente, mal e intencionadamente aconsejado por envidiosos cortesanos ávidos de poder para  los que el privilegiado  había caído en desgracia.

fue el propio Juan II quien ordenó la detención y ejecución de su valido en 1453, acusándole de usurpación del poder y apropiación de rentas reales, después de casi cuatro décadas a su servicio. No le perdonaron sus enemigos al valido el poder casi absoluto que acumuló durante el reinado del monarca ni la dependencia que este tenía de Luna, y movieron los hilos hasta conseguir que el rey ordenara su detención y fuera juzgado en un proceso que más que un juicio fue una farsa. Le cortaron la cabeza en Valladolid el 2 de junio de1453 siendo su cadáver decapitado enterrado en la Iglesia de San Andrés de Burgos, donde se daba sepultura a los criminales.

Su patrimonio fue objeto de rapiña y su memoria defenestrada por terribles coplillas como esta:

 

Pues aquel gran condestable

maestre que tuvimos tan privado,

No cumple que de él se hable

sino sólo que le vimos degollado.

Sus infinitos tesoros,

sus villas y lugares,

su mandar.

¿Qué le fueron sino lloros?

¿Qué fueron sino pesares al dejar?

 

Sólo el tiempo se encargó de devolver la honra a su memoria cuando sus restos fueron trasladados a Toledo y enterrados en la Capilla del Condestable.

Juan II de Castilla consumido por los remordimientos sobrevivió apenas un año a su amigo y consejero, elevando con su muerte al trono a su hijo el inconstante y errático Enrique IV.

Pero esa historia ya la he contado.


Narra la parte primera de este relato las andanzas amorosas del rey Pedro I que después de enamorarse perdidamente de María Padilla, la dejó para casarse con Juana de Castro en 1374 y de cuyo matrimonio nació un hijo varón y aun así, la abandonó pocos meses después del enlace para volver a su antigua vida amorosa plagada de amantes y de hijos ilegítimos.

No cabe duda de que con estas y otras andanzas, además del innumerable número de muertos que dejó a su paso en cada alzamiento, iba engrosando la ya enconada lista de enemigos que esperaban el momento de vengarse del que tenían por un desalmado y despiadado soberano; pero de todos ellos el odio mayor lo despertó en su hermanastro Enrique de Trastámara, que no le perdonó que instigara o al menos permitiera bajo su reinado la ejecución de su madre, Leonor de Guzmán.

Pedro por su parte también tenía cuentas pendientes con su medio hermano cuya madre y el favoritismo que el rey Alfonso XI sentía por ella hicieron que repudiara a la suya, María de Portugal, dejándole a él durante toda su infancia y adolescencia fuera de la corte en el Alcázar de Sevilla, criado y educado por Vasco Rodríguez de Cornago, maestre de la Orden de Santiago.

Sus hermanastros sin embargo crecieron gozando de la presencia de su padre el rey, que vivió con Leonor veintitrés años, y que los agasajó con posesiones y títulos nobiliarios. Así a Enrique le fue otorgado el condado de Trastámara y Fadrique, su hermano gemelo, llegó a ser gran maestre de la orden santiaguina.

Esta inquina entre hermanos provocó que en los primeros años de reinado de Pedro I sus hermanastros Enrique, Fadrique, Sancho y Tello se levantasen en armas contra él, y a pesar de que en 1352 Enrique le hizo creer que estaba arrepentido y rogó su perdón, que obtuvo, poco tardó en provocar nuevos alzamientos, esta vez apoyados por la nobleza que había perdido el favor real con Alburquerque a la cabeza. Las órdenes militares se dividieron en este enfrentamiento entre el rey y sus adversarios contando el soberano con el apoyo de maestre de la Orden de Calatrava, Diego García de Padilla, la neutralidad del maestre de la Orden de Alcántara, Ferrán Pérez Ponce, que no quiso involucrarse en el conflicto y la absoluta hostilidad del maestre de la Orden de Santiago, que no era otro que su hermanastro Fadrique Alonso.

Hubo de sofocar la rebelión el monarca con mercaderes y la baja nobleza que todavía estaba de su lado, acabando de manera brutal y despiadada con los levantiscos nobles conspiradores, y de entre ellos con el valido y privilegiado de su madre Juan Alfonso de Alburquerque.

Con estos hechos consolidaba el controvertido soberano sus sobrenombres de “el Cruel” o “el Justiciero” dependiendo del juicio del juglar que narrase la crónica del alzamiento en la plaza del pueblo. Pero como quiera que fuere contada esta historia, siempre acababa con Enrique huyendo a refugiarse a Francia, y sin embargo este no fue su final porque cuando Pedro I se enfrentó a Pedro IV declarando la guerra a  Aragón, conocida por el nombre de “La Guerra de los dos Pedros” que duró de 1336 a 13339, utilizando como pretexto un incidente naval entre la flota aragonesa y naves genovesas, Enrique de Trastámara luchó junto a Pedro IV obteniendo victorias significativas como la de “La batalla de Araviana”,  debilitando con ello enormemente la posición de su hermanastro y fortaleciendo la suya en su pugna por el trono castellano.

El conflicto terminó con la muerte de Pedro I en 1339, asesinado por su hermano Enrique, que ascendió al trono Como Enrique II de Castilla conocido con el sobrenombre de “el Fratricida”.

Pero hasta el asesinato del rey a manos de su hermanastro estuvo motivado por el tremendo odio que se profesaron en muchos años de enemistad.  Y es que aceptada la derrota por el soberano, trató de huir del Castillo de Montiel contando para ello con la inesperada ayuda del francés Bertrand du Guesclin, que simuló favorecer su salida aprovechando un descuido de los franceses, pero este no era más que otro acto de felonía propiciado por Enrique que lo esperaba a las afueras del castillo, y que sin compasión ni posibilidad de defensa alguna ajustició al hijo de su mismo padre, cercenando con ello cualquier posibilidad de acuerdo de paz posterior entre dos ramas del mismo linaje.

Y es que en estas luchas intestinas entre hermanos siempre fueron los mismos los vencedores; aquellos ricoshombres que no tuvieron ningún tipo de pudor en situarse de un lado o de otro, siempre en pro de su riqueza y sus privilegios.

Es de suponer que estas conspiraciones y deslealtades tan viejas como el mundo siguieron rigiendo por encima de reyes, estirpes o linajes y ejemplo de ello fue el reinado de Juan II, biznieto de Enrique de Trastámara y padre entre otros de Enrique IV e Isabel “la Católica”, cuyo valido, Álvaro de Luna, condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago, sufrió en sus propias carnes el arbitrario descrédito y la pérdida de confianza de un rey voluble e indolente, mal e intencionadamente aconsejado por envidiosos cortesanos ávidos de poder para  los que el privilegiado  había caído en desgracia.

fue el propio Juan II quien ordenó la detención y ejecución de su valido en 1453, acusándole de usurpación del poder y apropiación de rentas reales, después de casi cuatro décadas a su servicio. No le perdonaron sus enemigos al valido el poder casi absoluto que acumuló durante el reinado del monarca ni la dependencia que este tenía de Luna, y movieron los hilos hasta conseguir que el rey ordenara su detención y fuera juzgado en un proceso que más que un juicio fue una farsa. Le cortaron la cabeza en Valladolid el 2 de junio de1453 siendo su cadáver decapitado enterrado en la Iglesia de San Andrés de Burgos, donde se daba sepultura a los criminales.

Su patrimonio fue objeto de rapiña y su memoria defenestrada por terribles coplillas como esta:

 

Pues aquel gran condestable

maestre que tuvimos tan privado,

No cumple que de él se hable

sino sólo que le vimos degollado.

 Sus infinitos tesoros,

sus villas y lugares,

su mandar.

¿Qué le fueron sino lloros?

¿Qué fueron sino pesares al dejar?


Sólo el tiempo se encargó de devolver la honra a su memoria cuando sus restos fueron trasladados a Toledo y enterrados en la Capilla del Condestable.

Juan II de Castilla consumido por los remordimientos sobrevivió apenas un año a su amigo y consejero, elevando con su muerte al trono a su hijo el inconstante y errático Enrique IV.

Pero esa historia ya la he contado.





 

 


domingo, 24 de agosto de 2025

TRAICIONES Y VENGANZAS EN LA CASTILLA DE LA EDAD MEDIA, ¿UN JUEGO DE TRONOS MEDIEVAL?


PARTE I



No es difícil imaginar lo acontecido en aquellos reinos españoles en la época medieval en los que el poder lo era todo hasta el punto de que matar a sangre fría a tu hermano o conspirar contra tu padre podría estar justificado, si ello implicaba heredar la Corona o ascender a los más altos escalafones de la Nobleza.

Buen ejemplo de ello fue Castilla donde personajes como Enrique de Trastámara, Pedro I o Álvaro de Luna pusieron al reino castellano en el pico más alto de conspiraciones, deslealtades e intereses enfrentados entre miembros del mismo linaje, y por lo tanto de la misma sangre.

Pero no hemos de olvidar que esta historia tuvo un comienzo que bien pudiera ser, o no, el conflicto por la sucesión al trono y el rechazo a las decisiones paternales de Alfonso X y su hijo Sancho.

En 1274 el rey Alfonso había señalado a su primogénito el infante Fernando de la Cerda como sucesor al trono, pero este muere prematuramente en 1275 en la actual Ciudad Real a la edad de veinte años, generando con ello un tremendo conflicto sucesorio.

Su padre, el rey Sabio, había puesto en marcha un plan unificador y codificador de leyes a través de un cuerpo normativo que culminaría en sus célebres Siete Partidas, y estas modificaban la línea sucesoria establecida hasta ese momento.

Consuetudinariamente en Castilla si moría el primogénito era su hermano mayor de edad el aspirante al trono, pero con la entrada en vigor de Las Partidas estos derechos sucesorios pasaban a corresponder a los hijos del fallecido, es decir a los hijos del infante de la Cerda, dejando sin posibilidades de reinar a su hermano Sancho al que en un primer momento su padre había señalado como su sucesor en caso de fallecimiento del primogénito.

Ni que decir tiene que el "desentronado" Sancho entabló una furibunda lucha contra su progenitor para defender lo que entendía como su legítimo derecho; pero el rey de Francia, Felipe III, tío de los hijos del infante de la Cerda, presionó al rey castellano para que cumpliera con lo establecido en Las Partidas, y ante la rebelión de su hijo Sancho optó por desheredarlo.

A gran parte de la nobleza castellana esta drástica decisión le pareció injusta y apoyaron a Sancho, quedándose el rey Alfonso apoyado únicamente por Murcia, Badajoz y Sevilla y aunque durante el resto de su reinado recuperó parte de los apoyos perdidos, a su muerte en 1284, y sin respetar su voluntad, Sancho fue coronado como Sancho IV de Castilla en Toledo.

El reinado de Alfonso XI, nieto de Sancho IV, también fue paradigma de lo que aquí se narra.

Nacido el monarca en la ciudad de Salamanca en 1311, ya hubo de sufrir apenas con un año de vida la extraña muerte de su padre, Fernando IV “el Emplazado”, debiendo tomar por ello las riendas de la regencia su abuela María de Molina hasta su ascenso al trono al alcanzar la mayoría de edad, que entonces era a los catorce años, en 1325.

Durante su infancia se había buscado entre las niñas de la nobleza castellana e incluso de la realeza portuguesa una candidata idónea. Resultó ser Constanza Manuel de Villena y Barcelona hija del poderoso infante don Juan Manuel, autor de “El Conde Lucanor”, que contaba tan solo con nueve años cuando las Cortes de Valladolid ratificaron el matrimonio, el novio apenas había cumplido los catorce.

A pesar de su juventud el rey Alfonso XI daba claras muestras de autoritarismo, vehemencia y promiscuidad y no le tembló el pulso a la hora de poner fin a las tretas de algunos nobles levantiscos que pretendieron hacer saltar la Corona de Castilla por los aires. Entendía que para mantenerse en el trono debía establecer lazos más robustos con Portugal y para ello no dudó un momento en proponerle matrimonio a la hija del rey luso Alfonso IV y de la reina Beatriz de Castilla, después de repudiar a la joven e inocente Constanza alegando que no se había llegado a consumar el matrimonio, consiguiendo con ello que este enlace fuese anulado por la Iglesia.

Poco le importó despertar con ello las iras del infante don Juan Manuel, que no parecieron arredrar al joven monarca, porque se negó a entregar a la repudiada esposa a su progenitor.

En 1328 contrae nuevas nupcias con María de Portugal y de este enlace nacerán dos hijos y de entre ellos el futuro rey Pedro I, conocido por sus detractores como “el Cruel”, y a pesar de ello pronto se cansará de su segunda esposa y empezará a marginarla en favor de la joven y guapa Leonor de Guzmán, cuya belleza y personalidad harán enloquecer al monarca castellano. No preocupó mucho al soberano incrementar su lista de suegros agraviados con ganas de venganza.

La fascinante Leonor era además bastante fértil y dio a luz una decena de vástagos, no todos sobrevivieron pero los que lo hicieron entablarían posteriormente encarnizadas luchas por el trono castellano con el descendiente legítimo Pedro; tal es el caso de su hermanastro Enrique II que fue el fundador de la Casa Trastámara.

También demostró la taimada Leonor ser inteligente porque no quiso enfrentarse a la repudiada María, incluso fingió no conocer ese repudio, pero fue situando a sus hijos en lugares preferentes a la hora de aspirar al trono, demostrando gran perspicacia y habilidad política, convirtiéndose con ello en una de las mujeres más poderosas e influyentes de Europa.

Sin embargo, y a pesar de la marginación sufrida, María de Portugal también encontró la manera de mover los hilos de forma determinante en favor de su hijo y futuro rey Pedro I.

Era de esperar que, a pesar de la discreta postura de Leonor, cuando murió Alfonso XI en el asedio y sitio de Gibraltar, en 1350, víctima de la peste, la reina María “levantase sus armas” contra Leonor en defensa de los derechos dinásticos de su hijo Pedro, declarándola su enemiga acérrima, y junto a su favorito Juan Alfonso de Alburquerque ejerció una verdadera regencia en los primeros años de reinado de su hijo, intentando durante todo este tiempo apartar de todo atisbo de poder a los hijos de su rival.

Leonor intentaba mover sus fichas con destreza en esta intrincada partida de ajedrez con María de Portugal, y maniobró astutamente para casar a su hijo Enrique con Juana Manuel de Villena, otra de las hijas del poderoso infante don Juan Manuel. Sin embargo, no estuvo sagaz a la hora de calibrar hasta qué punto iba a irritar a la reina madre este movimiento, y acabó encarcelada en el Castillo de Carmona y posteriormente en el de Talavera de la Reina donde sería ejecutada en 1351, a la edad de treinta y un años. Aunque nunca pudo probarse, es más que probable que la orden de ejecución saliera de los labios de la reina María.

Después de tan terrible acontecimiento, y como era de prever, se desata la guerra entre los partidarios del rey Pedro I y los de su hermanastro Enrique, por lo que para afianzar en el reinado al nuevo rey la reina madre y su valido, apoyados por el papa Clemente VI, entienden necesarios reforzar los lazos con Francia y acuerdan un matrimonio de conveniencia entre Pedro I y Blanca de Borbón, hija del segundo duque de Borbón, cuya dote matrimonial quedaría fijada en trescientos mil florines.

El 3 de junio de 1353 se celebra el matrimonio en Valladolid después de no pocas dilaciones de sus Cortes, que no acababan de estar de acuerdo con el enlace, aunque la razón económica fue determinante para la obtención de la sanción final. Poco duraría esta unión de conveniencia debido fundamentalmente a la falta de interés de los contrayentes, pero también fue relevante el que Francia no cumpliera con el pago de la dote de la novia.

El monarca empezó a mostrar interés por una joven, María de Padilla, hija de un noble castellano cuya influencia determinó que el soberano apoyara a la baja nobleza castellana en detrimento de los de más alta alcurnia a cuya cabeza se encontraba el valido Alburquerque, que empezaba a caer en desgracia y había perdido gran parte de su antiguo poder. Esta determinación del rey de situarse al lado de la baja nobleza provocó una revuelta de aquellos otros altos nobles descontentos con sus innovadoras reformas, que acaba por elevarlos de nuevo al poder, pero que proporciona al monarca un nuevo sobrenombre, el de “el Justiciero”, entre sus defensores a pesar de no haber obtenido los ansiados objetivos.

Y sin embargo y pese a la pasión que María Padilla había despertado en el impetuoso monarca, Pedro I se casa dos años después de haber conocido a esta con Juana de Castro.


Pero esta historia bien vale una segunda parte.