sábado, 25 de octubre de 2025

LA PROMISCUIDAD DE LA MONARQUIA ESPAÑOLA

 

HISTORIAS DE LA DOBLE MORAL REAL


Es atávica la imperiosa necesidad que ha tenido la monarquía desde que el mundo es mundo de perpetuar su dinastía proporcionando lo antes posible un heredero a La Corona, pero quizás esta no sea razón suficiente para justificar el “peregrinar de cama en cama” de algunos reyes españoles, porque no en todos los casos ha sido por verse inmersos en matrimonios de conveniencia. No olvidemos que cuando el resto de los mortales debía mantener un “código moral” la monarquía se levantaba sin pudor sus reales faldas ajena totalmente al mismo.

Si empezamos a hacer una crónica anterior a la dinastía Trastámara, sabremos que Pedro I de Castilla, hermanastro de Enrique II, fue un rey mujeriego que tuvo numerosas amantes destacando entre todas ellas María Padilla. Su medio hermano Enrique, fundador de la Casa Trastámara, sin embargo pasaría a la Historia más por su ambición que por su promiscuidad, aunque tuvo varias esposas y amantes, y es que la vida amorosa de este linaje no tuvo especial relevancia hasta llegar a Enrique IV, hijo de Juan II de Castilla y nieto de Enrique III que a su vez era nieto de Enrique II.

Pues bien, nuestro Enrique IV, siendo aún príncipe de Asturias, se casó a la edad de 15 años con Blanca de Navarra y pronto empezó a correr el rumor de que era impotente, aunque algunas prostitutas segovianas afirmaron que esto no era cierto, provocado este probablemente por su incapacidad para dejar a su esposa embarazada después de tres años de matrimonio.

No hubo duda, Blanca fue repudiada por el rey que ya había puesto los ojos en Juana de Portugal, catorce años menor que él, pero aun así sus detractores cuestionaron la paternidad de su hija Juana más por los rumores de la homosexualidad del monarca que por una posible impotencia, llegando el cronista Alonso de Palencia a afirmar que la inclinación sexual del soberano había sido heredada de su padre Juan II de Castilla, y que tanto el rey Enrique como su hija eran hijos ilegítimos.

Su medio hermana Isabel, también hija de Juan de II de Castilla, que con el tiempo y mucha tenacidad llegaría a reinar como “Isabel la Católica”, contrajo nupcias con Fernando II de Aragón que lo haría como “Fernando el Católico”; pero muy católico no es que fuera nuestro atractivo rey y aunque en este matrimonio no sólo hubiera política y también hubiera amor, quizás no fue el suficiente para evitar las infidelidades que estoicamente hubo de soportar la reina. Dicen que muerta Isabel víctima de lo que pudo ser un cáncer de útero en 1504, Fernando no tardo en casarse con Germana de Foix, treinta y seis años menor que él, lo que le obligó a emplearse a fondo en “los quehaceres conyugales”; tanto que empezó a abusar de un afrodisíaco conocido como “cantárida” que tuvo nefastas consecuencias para su salud.

Su yerno Felipe “El hermoso”, duque de Borgoña, se casó con su hija Juana pero este matrimonio no hizo sentar la cabeza al tarambana y promiscuo Felipe de Habsburgo que sometió a su mujer al mismo calvario ya sufrido por su madre, la reina “Católica”, aunque con peores consecuencias porque Juana sufrió tremendos arrebatos de ira ante tanta infidelidad que la llevaron incluso a agredir a una de sus damas de compañía o a acechar a su marido en una fiesta de la Corte estando en avanzado estado de gestación, lo que propició que diera a luz en un retrete al futuro emperador Carlos V.

No perdió la afición al sexo Felipe a pesar de este incidente y la mantuvo intacta hasta su muerte, que se produjo en 1506, dicen que por una indigestión, aunque hubo quien sostuvo que fue víctima de un envenenamiento propiciado por su suegro. A la reina Juana, conocida por estos arrobamientos como “La Loca”, esta repentina muerte le provocó un estado de enajenación mental de tal envergadura que no permitió que enterraran a su amado y pasó toda la noche del duelo paseando, o más bien arrastrando, el cadáver de su esposo por las habitaciones de palacio gritando que ya había perdonado a su amado Felipe por tanta humillación y que no se creía capaz de vivir sin su compañía. No sabía Juana que estaba embarazada de la que sería la hija póstuma de Felipe, Catalina de Aragón.

Siguieron los miembros varones de la dinastía Habsburgo dando muestras de satiriasis y prueba de ello fue la hipersexualidad del rey Felipe IV, “El rey Pasmado” para Torrente Ballester” que lo hizo desde muy pequeño.

El príncipe desarrolló una gran obsesión por el sexo en la pubertad que lo llevó a visitar de incógnito muchos de los teatros de Madrid en los que tuvo gran cantidad de furtivos y ardientes encuentros con las actrices del momento y entre ellas su preferida fue María Calderón, conocida por “La Calderona”, cantante y actriz en el teatro de comedias El Corral de la Cruz. El fruto de esa relación fue el bastardo real Juan José de Austria. Dijeron las malas lenguas que a la vez que con María también se entendía con Juana, su hermana.

La dinastía cambia de Austrias a Borbones con Felipe V, pero no la afición al sexo de los soberanos españoles. Las dotes amatorias y la obsesión por los placeres sexuales del primer monarca Borbón pronto pasaron a estar en boca de todos, llegándose a comentar que el rey obligó a su primera mujer, Maria Luisa de Saboya, a cumplir con sus “obligaciones conyugales” estando enferma de tuberculosis y prácticamente moribunda, hecho que desató en él unos terribles remordimientos “a posteriori” que lo arrastraban desolado al confesionario del que “salía” eufórico al ser absuelto de sus pecados, y esta euforia volvía a provocarle unas terribles ganas de practicar sexo sometiendo a su segunda mujer, la parmigiana Isabel de Farnesio, a inacabables sesiones de lujuria que la llevaban al paroxismo llegando a poner en peligro su salud mental. Tan largas llegaron a ser algunas de estas sesiones que hubo de convocar algún Consejo de ministros en su alcoba.

Carlos IV, hijo de Carlos III y María Amalia de Sajonia, no fue un rey promiscuo pero su esposa sí. Dijeron que el rey pasaba la mayor parte de su tiempo cazando, pues era un gran aficionado, y su mujer, María Luisa de Parma, también; y mientras él se encargaba de adornar el pabellón de caza de palacio con espléndidas cuernas de venados, su mujer le adornaba la cabeza con no menores cuernos que los que lucían en su pabellón. Todos en palacio, y fuera de él, eran conocedores de las “dotes amatorias” de la reina. Todos menos él, que no alcanzó a ver el indecoroso parecido del infante Francisco de Paula con el bien parecido Manuel Godoy, su mano derecha, porque estaba demasiado ocupado regateando el tamaño de las astas de sus último trofeos, mientras todos en la Corte regateaban el tamaño de las suyas.

Su hijo, el rey Fernando VII, también fue célebre por sus capacidades amatorias y su adicción al sexo, pero lo fue más por el tamaño de su miembro viril, padecía macrosomía genital. Tal era el tamaño de este que se cuenta que su tercera esposa, Maria Josefa de Sajonia, huyó aterrorizada de la alcoba real la noche de bodas y se negó a yacer con su marido. Hubo de intervenir el papa ante la obstinada cerrazón de la reina para recordarle sus “obligaciones maritales”.

Pero la que “se llevó la palma” en lo que a promiscuidad se refiere fue la hija de este monarca y de María Cristina de Borbón Dos Sicilias, la reina Isabel II conocida como “La reina Castiza” por sus “populares” aficiones. De ella se dijo que tuvo doce hijos sin consumar su matrimonio porque se casó con su primo Francisco de Asís y Borbón, aunque ninguno de los dos quería, conocido como “la Paquita”, “Paquita natillas” o “Paquito Mariquito” por su evidente homosexualidad aderezada con una no menos evidente “pluma” y su gusto por los perfumes y las joyas.

—¿Qué se puede esperar de alguien que llevaba más encajes que yo la noche de bodas?

Exclamó sin pudor la reina en alguna ocasión ante sus íntimos.

La paternidad de los doce hijos de la reina fue asumida con docilidad por Francisco de Asís que era plenamente conocedor de la ninfomanía de su mujer, y parece ser que la aceptaba con alivio.

Él era más discreto en sus andanzas amorosas, pero esto no evitó, a pesar de ello, el ser objeto de cotilleos, pasquines y versos satíricos como aquellos en los que de él se mofaban cruelmente cuando decían:

“Gran problema es en la Corte

averiguar si el Consorte

cuando acude al escusado

mea de pie o mea sentado”.

También hubo cánticos crueles:

“Paco Natillas

es de pasta y es de flora,

y mea de cuclillas

como una señora”.

El gran y discreto amor de Francisco de Asís de Borbón fue el aristócrata Antonio Ramón Meneses, que fue su amigo, su amante y la única pareja que se le conoció, pero “la reina Castiza” no supo agradecer su silencio y su discreta mansedumbre y lo castigó permanentemente con su impertinencia y su sátira, llegando a pronunciar frases tan hirientes ante su hijo, el que habría de ser el futuro rey Alfonso XII, como:

¡Hijo, por tus venas la única sangre Borbón que corre es la mía!

Que la desprestigiaban más a ella que a su esposo.

Por último, y para no entrar en “andanzas” de Borbones posteriores, llegamos a Alfonso XIII, bisabuelo del actual rey Felipe VI, que fue un monarca de talante “liberal” y también muy aficionado al sexo.

Aunque sólo se casó una vez, con la inglesa Victoria Eugenia de Battenberg, no escatimó en amantes y entre otras fueron célebres Celia Gámez, Carolina Otero, “la bella Otero” o Carmen Ruiz Moragas. Se dice que tuvo al menos doce hijos, siete dentro del matrimonio y otros cinco fuera de él, sufriendo dos de los legítimos la herencia de la hemofilia por vía materna, circunstancia que marcó de manera trágica sus vidas y las de sus padres.

El último monarca antes de la democracia, quiso ir más allá más en lo que a fantasías sexuales se refiere y financió tres películas pornográficas, “El ministro”, “El confesor” y “Consultorio de señoras” que fueron dirigidas por los hermanos Baños, convirtiéndose con ello en el primer promotor del cine pornográfico en España por lo que fue conocido con el sobrenombre de “el rey playboy”.

Para finalizar este breve pero jocoso recorrido por las “correrías” sexuales de la monarquía española creo que es justo afirmar que podremos declararnos monárquicos o republicanos, pero tratándose de la realeza todos prestamos oídos y “levantamos la ceja” ante sus “peculiaridades” mientras saboreamos una copa de vino.

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